La sociedad de Obama

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No sólo por la novedad que él mismo representa es por lo que puede considerarse que la América de Obama lleva el signo del cambio: también la sociedad del país más poderoso del mundo experimenta transformaciones clave en los más diversos órdenes. Desde una nueva composición demográfica hasta formas heterodoxas de asumir la religiosidad, los estadounidenses se redefinen en virtud de una serie de factores a los que no son ajenas las condiciones de vida que traerá la crisis económica, y que amenazan también con alterar la dinámica movilidad social propia del American dream.

Newsweek ha dedicado todo un número (el del 26 de enero) a inventariar el conglomerado humano que tanto espera de su recién encargado presidente. Exhibiendo datos estadísticos, el semanario americano llama la atención sobre el modo en que la población adquiere una nueva conformación bajo el insoslayable influjo de comunidades de origen inmigrante, llamadas, según todas las previsiones, a constituir en 2050 una “minoría mayoritaria”.

Transformación demográfica

Para uno de los articulistas, Joe Meacham, el nuevo color del poder y la sociedad sobre la que ha de gobernar se significan mutuamente: “En un país como el nuestro (producto, en buena parte, de la visión de Madison, la energía de Jackson y el genio de Lincoln), el presidente es a la vez artífice y espejo de las costumbres y de los principios del electorado”, explica.

Aunque Estados Unidos ha sido siempre un país receptor de población extranjera, la paleta multiétnica comenzó a forjarse en 1965, con la Ley de Inmigración y Nacionalidad promovida por el gobierno de Lyndon B. Johnson. Ya para entonces la inmigración proveniente de Europa, que había sido mayoritaria en las primeras décadas del siglo, había pasado a constituir sólo un 10%. Los datos actuales sobre el censo de la población estiman que de los cerca de 40 millones de personas nacidas en el extranjero que habitan en Estados Unidos, los porcentajes más amplios proceden de México, China, Filipinas, India y Vietnam.

Los sondeos publicados por Newsweek llaman la atención sobre el hecho de que en los albores de la recesión de 1991-92 el sentimiento antiinmigrante se disparó hasta el 60%, con sólo un 29% que consideraba que la acogida de extranjeros era un fenómeno positivo. Ahora, en cambio, la distribución es equitativa, de 44% contra 44%. El porcentaje de personas según las cuales llegaba demasiada gente de África ha caído, en el mismo período, del 47% al 21%. La aprobación de los matrimonios interraciales -como el de los padres de Obama- creció de modo notorio en el último decenio, pasando de un 54% en 1995 a un 80% hoy en día.

Según la Oficina del Censo, la cifra de matrimonios interraciales se ha incrementado de modo notable: de 65.000 en 1970 a 422.000 en 2005, para el caso de uniones entre blancos y negros. Michael Rosenfeld, sociólogo de la Universidad de Stanford, calcula que, tomando en cuenta todas las combinaciones de razas, más del 7% de los 59 millones de parejas casadas en Estados Unidos eran interraciales en 2005, en comparación con menos del 2% en 1970. Sin embargo, un estudio publicado en febrero de 2007 en la American Sociological Review y a cargo de Zhenchao Qian, profesor de sociología en la Ohio State University, ha dado cuenta de un aumento en los matrimonios intraétnicos del creciente colectivo de inmigrantes hispanos y asiáticos, y de una disminución, en cambio, en la cifra de uniones entre miembros de esos grupos y blancos.

La juventud también es un factor decisivo, en vista de la relación proporcional que parece tener con la capacidad de asimilar los nuevos contextos. Sobre todo, comenta la revista, los 75 millones que componen en Estados Unidos la llamada “generación del milenio”, nacida entre 1980 y 2000, para la cual algunos de los acontecimientos más emblemáticos del imaginario estadounidense tradicional resultan ya demasiado lejanos.

Según el Pew Research Center, el evento electoral de 2008 reflejó una distancia entre jóvenes y mayores más grande que cualquier otro desde que comenzaron a hacerse encuestas a pie de urna en 1972. En la población con edades entre 18 y 29 años Obama obtuvo un favor del 66%, 12 puntos por encima de lo que sacó John Kerry en 2004. El retrato que da Newsweek de esta nueva generación la describe como “más diversa que el conjunto de la población, más femenina, más secular, menos conservadora socialmente y con más disposición a pintarse a sí misma como liberal”. El 20% de este grupo tan decisivo está conformado por hijos de inmigrantes.

De acuerdo con las proyecciones del Pew, la población norteamericana pasará de 296 millones que tenía en 2005 a 438 millones en 2050, y nada menos que el 80% de este incremento se deberá a los inmigrantes llegados después de 2005 y a sus descendientes. Así las cosas, el porcentaje que representarán los blancos, un 47%, supondrá el fin de varios siglos de mayoría caucásica en Estados Unidos.

Nuevas actitudes ante la religión

La brecha entre generaciones viene asimismo ilustrada en Newsweek mediante la aproximación al caso de Doug Paul, un joven virginiano de 27 años cuyo apoyo a Obama parece formar parte de una transformación vital que no sólo lo ha apartado de la tradición política de su familia -comprometidamente republicana-, sino también de la ortodoxa observancia con que sus padres vivían la religión.

La decisión de Doug, al separarse de la comunidad evangélica a la que pertenecía y fundar su propia congregación, sintoniza con el mismo fenómeno que se ha dejado ver entre la llamada Joshua Generation, la organización de jóvenes cristianos fundada en 2003 que fue contada como voto seguro para Obama en la campaña electoral. Y, ciertamente, la cuota de votantes cristianos a favor del Partido Demócrata se incrementó desde 2004 del 16% al 29% en la franja de edades comprendidas entre los 18 y los 29 años; sin embargo, tomando en cuenta todas las generaciones que conforman aquella comunidad de electores -los evangélicos-, el incremento fue bastante menos visible: del 21%, en tiempos de Kerry, al 24% que se inclinó por Obama.

En su relación con la fe, estos jóvenes dicen estar más interesados por temas como la pobreza, la justicia social y los derechos humanos. Para trazar una diferencia con la generación de sus padres es frecuente el argumento de que intentan superar la “obsesión” por temas como el aborto. Sin embargo, los estudios de Pew Center dejan claro que los menores de 29 años no se muestran en este aspecto demasiado lejanos de sus mayores: el 70% piensa que el aborto debe mantenerse penalizado en la mayoría o en todos los casos. Distinto es lo que ocurre a propósito del matrimonio homosexual, aprobado por el 26% de los evangélicos blancos entre 18 y 29 años, frente a un 9% de los que tienen más de 30.

“Precisamente porque somos pro-vida debemos hablar de la pobreza, de la contaminación del agua, del sida, del medio ambiente. Sería contradictorio hablar de dar voz al oprimido y no ocuparse de los que ya habitan este mundo”, dice Doug Paul. El pastor de la comunidad de sus padres, por su parte, plantea el asunto en términos más escuetos: “Mi fe en Dios produce una cierta base lógica. ¿Tiene sentido matar a un bebé? No. ¿Tiene sentido el matrimonio homosexual? No”.

Menor movilidad social

Pero aunque el triunfo de Obama suponga un avance a favor de la igualdad racial, Joel Kotkin observa en otro apartado del especial de Newsweek que la distancia entre pobres y ricos, en cambio, se ha agrandado. Algo que, según dice, transciende la raza, pues si bien es cierto que los afroamericanos y los latinos pueden tender, en promedio, a ser más pobres que los blancos o los asiáticos, el estancamiento o incluso la disminución de los ingresos afecta a todos los grupos étnicos (tomando en cuenta el hecho de que, por ejemplo, la mayoría de las empleadas del servicio doméstico son blancas, y lo mismo en otros oficios de bajo salario).

El articulista explica que, a diferencia de lo que sucedía entre la década del 40 y la del 70, cuando la clase media americana disfrutó de un sólido incremento de ingresos capaz de acercarla a los estratos más acomodados, en años posteriores los salarios de la mayoría de los trabajadores se han quedado rezagados. Así, el número relativamente reducido de estadounidenses cuyos sueldos superaban siete veces el umbral de la pobreza ha concentrado casi todas las ganancias de los últimos tiempos. La tasa de movilidad social se ha quedado detenida, lo que significa que ya no es tan fácil salir de la pobreza como treinta años antes.

En datos recogidos por Citigroup se evidencia que el 1% de los hogares norteamericanos representa en el total de la riqueza nacional el mismo porcentaje que en 1913 (un 7%), cuando eran frecuentes las prácticas del monopolio. Por otro lado, el 20% de los principales contribuyentes obtuvo casi tres cuartos de todas sus ganancias entre 1979 y 2000.

Además de esto, Kotkin alude al resquebrajamiento de otra de las bases de la sociedad americana: el “pacto implícito” según el cual con educación y esfuerzo todo el mundo puede subir. Desde 2000, la caída del poder adquisitivo afecta también a los profesionales, excepción hecha de los que proceden de universidades de elite. La crisis económica, además, tiende a profundizar esta situación: una encuesta de la Asociación Nacional de Universitarios y Empleadores ha revelado que la mitad de las empresas piensan recortar este año el número de ofertas para jóvenes graduados. Ya antes de la crisis, en 2006, un sondeo de Zogby mostraba que casi dos tercios de los adultos americanos no creían que la vida fuera a resultar más fácil para sus hijos.

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