EE.UU.: ¿un poder en solitario o contando con los otros?

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El hecho de que Estados Unidos sea hoy la única superpotencia le obliga a plantearse con qué política va a encauzar ese poder: con una acción unilateral, como en el caso de la guerra de Irak, o dentro del sistema multilateralista. También dentro de EE.UU. hay voces contrapuestas.

Un franco partidario de que EE.UU. actúe de modo unilateral es Robert Kagan, uno de los principales ideólogos de la actual política exterior norteamericana, autor del libro Poder y debilidad. En un diálogo con Daniel Cohn-Bendit, publicado en Der Spiegel y traducido en España por El País (23 marzo 2003), Kagan contrapone la postura europea y la de EE.UU.

“Los europeos viven en la ilusión de que se puede hacer política internacional sin militares ni poder. Pero ya en Kosovo necesitaron a EE.UU. y sus conocimientos para parar el genocidio”. “Europa es débil”, añade, y ha vivido libre de preocupaciones durante la Guerra Fría, “cuando los estadounidenses garantizaban la seguridad de Europa”. “Ahora, finalizada la Guerra Fría, cree poder solucionar todos los conflictos con una especie de política de negociación posthistórica y multilateral”.

En cambio, “EE.UU. ejerce el poder en un mundo hobbesiano, en el que todos luchan contra todos y no se pueden fiar de reglas internacionales ni del derecho internacional público”. De acuerdo con esta visión, entiende que “desde el punto de vista estadounidense, un orden internacional solo puede tener un centro, EE.UU., y no el Consejo de Seguridad de la ONU”.

Pero dentro de EE.UU. otros piensan que la única superpotencia no puede actuar en solitario. Es el caso de Joseph S. Nye, decano de la Kennedy School of Government de la Universidad de Harvard, que fue subsecretario de Defensa con el presidente Clinton, y es autor de La paradoja del poder norteamericano (Taurus). En un artículo publicado en diversos medios (The Economist, 23 marzo; El País, 24 marzo), donde recoge párrafos de su libro, Nye advierte “el peligro de una política exterior que combina el unilateralismo, la arrogancia y el provincialismo”.

Según Nye, la distribución del poder entre los países recuerda un complejo juego de ajedrez con tres tableros. En el tablero superior, “el poder militar es en gran medida unipolar”, ya que EE.UU. es el único país con armas intercontinentales y fuerzas capaces de un despliegue mundial. En el tablero intermedio, “el poder económico es multipolar”, y en él Estados Unidos, Europa y Japón representan las dos terceras partes del producto mundial, y el crecimiento económico de China hace prever que se convertirá en el cuarto actor mundial. “En este tablero económico no tiene sentido hablar de hegemonía estadounidense, y EE.UU. debe aceptar la igualdad con Europa”. El tercer tablero es el ámbito de relaciones transnacionales que se sitúan fuera del control estatal, donde actúan desde banqueros que transfieren dinero a terroristas que transfieren armas o piratas informáticos. “En este tercer tablero, el poder está ampliamente disperso, y no tiene sentido hablar de unipolaridad, multipolaridad ni hegemonía”.

La revolución de la información está creando comunidades y redes virtuales que sobrepasan las fronteras, y “la tecnología está difuminando el poder de los gobiernos y permitiendo a los individuos y a los grupos desempeñar una función en la política mundial -incluida la de sembrar la destrucción masiva- que en otro tiempo estaba reservada a los Estados”.

Esta distribución de poder más compleja hace que haya más aspectos que escapan al control hasta del Estado más poderoso. “Por ejemplo -dice Nye-, la estabilidad financiera internacional es vital para la prosperidad de los estadounidenses, pero Estados Unidos necesita la cooperación de otros para garantizarla. El cambio climático planetario afectará también a la calidad de vida estadounidense, pero Estados Unidos no puede solucionar el problema por sí solo. Y en un mundo en el que las fronteras se están volviendo más porosas que nunca a todo tipo de elementos, desde las drogas a las enfermedades infecciosas, pasando por el terrorismo, Estados Unidos debe movilizar coaliciones internacionales para afrontar las amenazas y los desafíos comunes”.

Sin duda, dice Nye, hay extremistas que odian todo lo que supone EE.UU. Pero es improbable que esas semillas de odio contagien a otros a no ser que EE.UU. establezca políticas arrogantes. “Aquellos que miran la hegemonía norteamericana, ven un imperio y propugnan el unilateralismo, corren el riesgo de alienar con su arrogancia a los amigos de EE.UU.”. “Es cierto que los países más pequeños pueden utilizar el multilateralismo para atar a los EE.UU., como le sucedió a Gulliver entre los liliputienses, pero esto no quiere decir que un planteamiento multilateral no beneficie generalmente a los intereses estadounidenses. Encuadrando sus políticas en un marco multilateral, EE.UU. puede hacer que su poder desproporcionado sea más legítimo y aceptable para otros. Ninguna gran potencia puede permitirse ser puramente multilateralista, pero ese debería ser el punto de partida de su política”.

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