El lado oscuro de los adultos emergentes

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Debido a una serie de transformaciones socioculturales, el paso de la juventud a la madurez se ha vuelto más complejo que antes. Procurar hacerse cargo de la amalgama de conflictos que viven los jóvenes es ya un primer paso para ayudarles a buscar un sentido vital.

Ante los dilemas éticos planteados por los investigadores, abundan las respuestas basadas en un subjetivismo sentimental que evita chocar con las opiniones de los demás

Cuando se habla de los “jóvenes de hoy”, algunos adultos tienden a quejarse de un retroceso respecto a los de la generación anterior (bien en lo académico o bien en terrenos más amplios como la cultura, el civismo o la moral). Los más optimistas suelen salvarles con el argumento “nada nuevo bajo el sol”.

Pero para Christian Smith, profesor de Sociología y director del departamento de investigación social de la Universidad de Notre Dame, este último argumento a veces esconde comodidad antes que optimismo.

Sería como decir: ya se sabe que, a su edad, todos hemos tenido dificultades. Pero cuando se incorporen al mundo laboral, formen una familia y afronten una hipoteca, entonces maduraran. En cualquier caso, no podemos hacer nada por ellos.

A juicio de Smith, el argumento “nada nuevo bajo el sol” olvida un dato básico: que los jóvenes de ahora son distintos a los de antes, pues las condiciones sociales, culturales, demográficas y económicas en que han crecido son diferentes.

Los jóvenes se han acostumbrado a pensar la ética en función de sus sentimientos, en lugar de elaborar sus posiciones a partir de principios objetivos

Seis tendencias que los hacen distintos

Smith es el investigador principal de Lost in Transition (1), un estudio recién publicado que combina técnicas cuantitativas y cualitativas para analizar cómo se comportan y cómo argumentan en el terreno moral los llamados “adultos emergentes”: o sea, jóvenes de 18 a 23 años. Una fuente de información muy valiosa en este estudio son las entrevistas en profundidad que hicieron Smith y su equipo en 2008 a una muestra de estos jóvenes, procedentes de distintos lugares de Estados Unidos.

Para comprender las dificultades que afrontan los jóvenes del siglo XXI, Smith y su equipo identifican seis cambios socioculturales que –junto a otros que no pueden abarcar– han dejado huella en esta generación.

El primero de ellos es la democratización de la universidad, un proceso que comenzó en la segunda mitad del siglo XX. Pero lo novedoso es que ahora un elevado número de alumnos –los que quieren estar mejor preparados y, por tanto, los que probablemente terminarán influyendo más en la cultura del país– tienden a alargar su formación académica hasta los 30 años mediante posgrados o masters.

Un segundo cambio, unido al anterior, es que se casan a edad más avanzada. Si bien es cierto que en esta decisión han influido factores económicos, también ha tenido mucho peso el miedo al compromiso.

Un tercer cambio podría formularse en forma de paradoja: nunca antes los jóvenes de EE.UU. (y, en general, de Occidente) habían gozado de tanta libertad y bienestar material, pero curiosamente nunca antes habían experimentado tanta “desorientación” y “ansiedad”; dos palabras que aparecen con frecuencia en el estudio.

El cuarto cambio es el hiperproteccionismo económico con que los padres envuelven a sus hijos universitarios. Aunque actúen con buena intención –que a sus hijos no les falte de nada para que aprovechen bien la carrera–, lo cierto es que esos recursos no siempre van destinados a comprar los últimos manuales.

Según las estimaciones de los autores, aparte del coste de la universidad, los padres norteamericanos gastan de media en sus hijos unos 38.340 dólares (28.560 euros) en el período que va de los 18 a los 34 años; dinero que éstos “destinan preferentemente a financiar su libertad durante el largo tiempo que transcurre hasta la madurez”.

El quinto cambio no aporta nada esencialmente novedoso al movimiento de la revolución sexual de los años sesenta y setenta. Fue entonces cuando la píldora facilitó separar sexualidad y procreación. Lo significativo de estas últimas décadas es que el permisivismo va en aumento.

Finalmente, en los años ochenta y noventa, las teorías postestructuralistas y postmodernistas tuvieron un gran impacto en la cultura norteamericana. Aunque muchos jóvenes quizá no conocen sus postulados, lo cierto es que algunas de estas ideas han calado en su manera de pensar. Por ejemplo: la pérdida de confianza en la razón; el auge del emotivismo; la idea de que cada cual puede construirse a sí mismo al margen de los lazos familiares y sociales e incluso de la biología; el relativismo moral, etc.

El subjetivismo sentimental confunde

De las conclusiones del estudio que más han llamado la atención a algunos comentaristas norteamericanos se encuentra la incapacidad –conceptual y lingüística– que tienen muchos jóvenes de 18 a 23 años para manejarse con soltura en las conversaciones sobre temas morales.

En general, ante los dilemas éticos planteados por los investigadores, abundan las respuestas basadas en un subjetivismo sentimental que evita chocar con las opiniones –más que convicciones– de los demás. Algunos ejemplos:

— “Eso es algo personal. Depende de cada uno. ¿Quién soy yo para juzgar?”

— “[En tal situación] haría lo que creo que me haría feliz o lo que me haría sentirme bien. No tengo otra forma de saber cómo actuar más que atender a cómo me siento”.

— “Supongo que lo que hace bueno a algo es cómo me siento yo respecto a eso. Pero entiendo que hay personas que pueden sentirse de forma diferente respecto a lo mismo; por tanto, no puedo decidir qué es bueno y qué es malo por los demás”.

Es significativo que, cuando los investigadores pidieron a los jóvenes que describieran un dilema moral al que se habían enfrentado, dos tercios no supieron responder o bien explicaron un dilema que no tenía nada que ver con la moral. Uno, por ejemplo, respondió que no tenía suficiente dinero para alquilar un apartamento.

Para Smith, la confusión de estos jóvenes se explica principalmente por dos motivos. Primero: porque se han acostumbrado a pensar la ética en función de sus sentimientos, en lugar de elaborar sus posiciones a partir de principios objetivos. Y segundo: porque, al no estar acostumbrados a leer ni a razonar sobre cuestiones éticas, les falta el vocabulario básico sobre estas materias.

El progresismo de unos lo pagan otros

Smith tiene clara una cosa: estos jóvenes no son unos inmorales. Pero necesitan más formación cultural y ética; algo que requiere dedicación por parte de los adultos. Más que nada porque estos problemas no afectan sólo a los jóvenes, sino que hunden sus raíces en la moderna cultura americana que éstos han heredado.

Esa dedicación –Smith la llama realistic care– exige, en primer lugar, abandonar el cómodo argumento “nada nuevo bajo el sol”. No es realista confiar en que los problemas de los jóvenes (su forma de pensar, los hábitos que han desarrollado durante años…) se arreglarán –así, de golpe y porrazo– sólo porque les caiga encima una hipoteca.

Además, una atención realista requiere abandonar el eje progresista-conservador para empezar a abordar la desorientación de los jóvenes. Se trata de afrontar sufrimientos concretos, no batallas ideológicas.

En este sentido, resulta elocuente un artículo de David Brooks en The New York Times a propósito de Lost in Transition. Después de comentar el estudio, se queja del poco caso que se ha hecho a pensadores rigurosos que llevan décadas advirtiendo sobre el deterioro de los valores compartidos y el auge del individualismo moral.

Autores como Allan Bloom, Gertrude Himmelfarb, Alasdair MacIntyre, Charles Taylor o James Davison Hunter han insistido –cada uno a su modo– en la insuficiencia de la experiencia subjetiva como fuente de sentido; son necesarios, además, los vínculos sociales que proporcionan la familia, la religión, la moral y la cultura.

El artículo de Brooks da pie para preguntarse si los experimentos sociales llevados a cabo a partir de los años sesenta en ámbitos como la protección de la vida, la familia, la educación o la sexualidad no se lo han puesto un poco más difícil a las generaciones siguientes.

A la vuelta de los años, parece que lo que las élites acomodadas del siglo XX consideraban signos preclaros de trasgresión y progresismo no eran más que fuentes de desorientación y ansiedad para unos jóvenes que, además, han de afrontar ahora una situación de inestabilidad económica y precariedad laboral.

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(1) Lost in Transition. The Dark Side of Emerging Adulthood. Christian Smith, Kari Christoffersen, Hilary Davidson y Patricia Snell Herzog. Oxford University Press. Nueva York. 2011. 296 págs. 27,95 $.

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