El feminismo vuelve los ojos a la familia

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Duración lectura: 6m. 32s.

Para conectar con la mujer real

En Estados Unidos y en otros países, cada vez más mujeres, aunque hacen suyos muchos de los objetivos que impulsaron el feminismo, no se consideran feministas. ¿Por qué ocurre esto, a pesar de que siguen aspirando a una mayor independencia? A esta pregunta intenta responder Elizabeth Fox-Genovese, profesora universitaria, después de hablar con una variada representación de mujeres que afirman: “Feminism is not the story of my life”, frase que da título a su libro (1). La obra ha sido saludada en Estados Unidos como una contribución importante para un feminismo renovado.

Esta profesora americana de la Universidad de Emory, experta en Historia y Humanidades, ha publicado varios libros sobre el pensamiento de las mujeres, entre ellos Feminism Without Illusions. En su nuevo libro aborda cuáles son las claves del pensamiento feminista actual en Estados Unidos y plantea la necesidad de reorientar sus objetivos. En su opinión, formada después de tres décadas de militancia en el feminismo y múltiples encuentros con mujeres de distintos orígenes y culturas, “el mayor error del feminismo no estriba tanto en las medidas políticas y en los análisis económicos que realiza, sino en considerar a la mujer como un agente independiente, sin tener en cuenta que se trata de un miembro de una familia”.

Elitismo feminista

El feminismo oficial no conecta con las demandas reales de muchas mujeres de finales de los 90. Las líderes de las distintas organizaciones feministas se han atrincherado en la defensa de unos principios que, al margen de las necesidades básicas de una gran mayoría de madres y esposas, parecen atender únicamente a una elite de mujeres bien situadas profesional y económicamente.

Si ninguna mujer dudaría en defender la igualdad de derechos con el hombre, la misma retribución por el mismo trabajo o incluso la necesidad de poner medidas para frenar los abusos sexuales -demandas típicamente feministas-, no se da, en cambio, el mismo consenso en otros puntos tradicionales del programa de este movimiento. No todas comparten la oportunidad de emprender acciones de discriminación positiva para favorecer la llegada de las mujeres a determinados sectores de la vida laboral -o si la admiten, lo hacen sólo para algunos grupos marginales-; tampoco hay coincidencia en la fijación de cuotas o porcentajes de puestos que, no se sabe por qué motivo, habría que dejar en manos femeninas, y desean aún menos el establecimiento de objetivos económicos y sociales para el colectivo de mujeres.

Sin espacio para la familia

En temas de mayor calado, las diferencias entre el planteamiento feminista y la realidad social se agudizan. Para la mujer de finales de los noventa, el hombre no es un enemigo al que haya que combatir. Puede ser un compañero, un padre, un esposo, un amigo… con el que se construye la sociedad, pero no el contrincante en una lucha por el poder.

El modo de considerar la familia es el punto que ha provocado, según Fox-Genovese, la mayor división entre las feministas y es en el que mejor se aprecia la distancia de estas organizaciones con la mujer normal, que sigue aspirando a la estabilidad familiar y no renuncia a la maternidad. Para las feministas más radicales, “cualquiera que hable de valores familiares está defendiendo necesariamente derechos religiosos”. Aquí la autora recuerda el intento fallido de la legendaria Betty Friedan -autora de obras clásicas para el movimiento feminista- de reintroducir la familia en el núcleo de los programas feministas, a través de su obra La segunda fase.

En el feminismo no hay espacio para los valedores de la familia. El dogmatismo con el que se defiende la diversidad de género, raza y clase -apunta Fox-Genovese- no permite reconocer, en cambio, las diferencias que, de hecho, se dan en la vida y las necesidades de las mujeres, y mucho menos las que responden a criterios de filosofía política o valores religiosos y morales.

Así, los problemas de la doble jornada para las madres, la posibilidad de ayuda para atender a los hijos o la flexibilidad en los períodos de maternidad resultan prácticamente indiferentes para el feminismo radical y no hay ninguna colaboración con las mujeres que deciden dar prioridad, al menos temporalmente, a la familia frente al trabajo.

En todo este planteamiento, a juicio de la autora, los grandes perdedores son los hijos. Las ayudas para el cuidado de los niños sólo se conciben en el caso de madres solteras. Y la lucha por hacer compatible el trabajo con la atención a la familia se ha convertido en un desafío para cada mujer, en un momento en que la revolución económica de las tres últimas décadas hace impensable el que la familia media se mantenga con un solo sueldo.

La resaca de la revolución sexual

Tampoco está resuelto, en opinión de Fox-Genovese, el debate sobre el aborto. Este asunto, al que la autora dedica una buena parte de su libro, genera, en sus propias palabras, una gran “confusión” en la sociedad americana. Para esta profesora, acostumbrada a enseñar a generaciones jóvenes, la revolución sexual que comenzó en Estados Unidos en los años 60 y que ha proporcionado al feminismo “la mayor parte de su publicidad y de su dramatismo”, ha distorsionado las bases de los valores morales y ha generado una especie de hecatombe social.

Tras el bombardeo que las organizaciones feministas han dirigido durante años contra las objeciones morales al derecho al aborto, la sociedad americana se encuentra en un cruce de caminos. Cuando los motivos morales no son suficientemente sólidos, en el debate sobre la ampliación del aborto entran en juego los intereses económicos. En los años 90, las decisiones a favor o en contra de las restricciones al aborto se toman en clave mercantilista. Los conservadores, según Fox-Genovese, no ven en este debate más que una cuestión de presupuesto, en la que lo decisivo es el coste de las ayudas sociales: “Si la madre puede permitirse el lujo de mantener un hijo, el feto es una vida; pero si ella no puede y nosotros tampoco podemos permitirnos mantener a ambos, entonces el feto es claramente un inconveniente”.

En este tema, el tono equilibrado que reina a lo largo del libro alcanza su punto de inflexión y se vuelve apasionado. La falta de una formación sólida en los padres, unida al afán de guardar las apariencias, ha estropeado la vida de jóvenes que buscaron y no encontraron orientación en circunstancias difíciles. Fox-Genovese describe -cambiando nombres y lugares- el sufrimiento y perplejidad de algunas chicas que se han enfrentado a una escalada de abortos -en el caso más dramático, se alcanza la cifra de cinco- hasta alcanzar la madurez y llegar al matrimonio.

A la vez que pone en evidencia algunos de los errores del viejo feminismo, Fox-Genovese esboza por dónde debería marchar la renovación de este movimiento, que ella misma ha compartido. Propone superar la falsa retórica y dejar de mirar insistentemente hacia las elites: aquellas mujeres que hoy ocupan puestos relevantes en la sociedad, han renunciado a la maternidad por su carrera y son prácticamente las únicas que apoyan el viejo discurso.

Sin la armonización de la vida familiar y laboral, sin la cooperación de hombres y mujeres en un mismo proyecto, asegura, “el feminismo no conseguirá convertirse en el sueño de casi ninguna mujer”.

M. Ángeles Burguera_________________________(1) Elizabeth Fox-Genovese. “Feminism Is Not the Story of My Life”. Doubleday. New York (1996). 298 págs. 23,95 dólares USA.

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