El enemigo está dentro

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Duración lectura: 2m. 12s.

El movimiento en favor de los derechos civiles de los negros norteamericanos se ha centrado tradicionalmente en la reclamación de igualdad de oportunidades y la lucha contra el racismo. Ahora han disminuido las agresiones exteriores y el principal enemigo está dentro. Un número creciente de jóvenes negros sucumben a la violencia, la droga, el SIDA, la delincuencia, la desintegración familiar. El líder negro Jesse Jackson ha dado la voz de alarma y ha emprendido una campaña nacional para que la comunidad de color reaccione contra esta situación.

En Estados Unidos los negros, que son el 12% de la población, constituyen casi la mitad de los muertos por homicidio. No se trata de un resurgimiento del Ku Klux Klan: el 94% de esas víctimas mueren a manos de otros negros (datos de 1992). Los negros son también una parte desproporcionadamente grande de la población carcelaria. En la raíz de estas anomalías se encuentra el grave deterioro de las familias negras, que se refleja en las estadísticas: hoy el 68% de los nacimientos de niños de color son ilegítimos (en 1970 eran el 37,5%), porcentaje muy superior al de la población total (29,5%).

En la campaña de Jackson participan su propia organización, -la National Rainbow Coalition- y otras -entre ellas la de los congresistas negros-, que convocaron el mes pasado en Washington una conferencia con el lema “detener la violencia y salvar a los niños”. No se han sumado algunos importantes grupos, que, aun reconociendo el problema, temen que la campaña predisponga a la opinión pública en contra de la población negra.

Jackson prefiere correr ese riesgo con tal de combatir la principal amenaza que pesa sobre la comunidad negra: han pasado los tiempos, dice, en que la violencia venía de fuera; ahora, las primeras causas de muerte para los negros son “el homicidio -el fratricidio- y el SIDA”.

En consecuencia, Jackson apunta en su mensaje a los problemas morales básicos que afectan a la población negra: la desintegración familiar, la pérdida de los valores religiosos, la pasividad ante la violencia y la difusión de la droga. Se dirige especialmente a los jóvenes, para que se rebelen. En sus visitas a escuelas frecuentadas mayoritariamente por chicos negros les incita a romper “la ley del silencio” que les paraliza, atreviéndose a delatar a los compañeros que llevan armas o trafican con droga. “Los males a que hoy nos enfrentamos son evitables -dijo a los alumnos de una escuela de Nueva York-. Está en nuestras manos cambiar de conducta”.

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