¿Quién se atreve todavía a predecir?

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Duración lectura: 5m. 43s.

El comienzo de un nuevo año lleva a hacer predicciones, pero la experiencia indica que los cambios más importantes nunca se prevén, como recuerda André Fontaine a propósito de la política en un artículo publicado en Le Monde (22-XII-98).

André Fontaine comienza recordando una cita que se atribuye a distintos autores: “Es arriesgado hacer predicciones, sobre todo cuando se refieren al porvenir”. Y pone varios ejemplos de hechos que nadie supo prever, entre ellos, el hundimiento de la Unión Soviética. Hoy todo el mundo dice que era “inevitable”, pero antes nadie se atrevía a decirlo. “Los comunistas, entonces convencidos de que habían descubierto ‘el sentido de la historia’, no eran los únicos que creían que los ‘rojos’ tenían todas las oportunidades de ganar. Muchos políticos y observadores, que no compartían en absoluto su ideología, estimaban que la ausencia de contestación interna y la posibilidad de dedicar a sus gastos estratégicos una proporción de recursos impensable en una democracia, les aseguraban una ventaja decisiva”. (…)

“Pocos eran los que creían en la reunificación de Alemania. Menos aún los que la deseaban: ¿acaso ese gigante no pesaba demasiado en el continente? ¿No trastocaría las fronteras heredadas de la II Guerra Mundial? ¿Quién imaginaba que un día la República Federal Alemana absorbería pacíficamente a su rival del Este?” (…)

“El persistente marasmo japonés, la derrota de varios ‘tigres asiáticos’ que parecían querer devorar todo van en el mismo sentido: nos dicen una y otra vez que el espíritu humano debe resistirse a seguir su inclinación natural a creer que lo que es va a durar y, por lo tanto, a prolongar indefinidamente las curvas”.

Fontaine se pregunta si la previsión es un arte demasiado aleatorio para que valga la pena, y responde que aun así es inevitable. “No se puede vivir sin hacer proyectos, y por lo tanto sin tratar de prever. Por otra parte, no han faltado en el pasado autores que han sabido leer en el porvenir con clarividencia: pensemos en lo que dijeron Tocqueville, Napoleón y otros sobre la emergencia de América y de Rusia; Marx, de la mundialización; Keynes y Bainville, de las consecuencias del tratado de Versalles; De Gaulle, en 1940, de la victoria que vendría o, en 1959, de la ruptura inevitable entre Moscú y Pekín”.

(…) “La mayoría [de los que acertaron] eran más bien generalistas que expertos. Lo cual contribuye quizá a explicar esto. Con frecuencia, los expertos están tan familiarizados con el terreno que pisan que tienden a subestimar los factores de cambio: ‘son todos expertos en el pasado’, decía Ben Gurion. ¿Cuántos de ellos esperaban el pacto germano-soviético, la riña entre Stalin y Mao, entre Jrushchov y el mismo Mao? La mayoría de los kremlinólogos se resistían a creer que la llegada de Gorbachov al poder cambiaría la suerte de la URSS y de su imperio” (…)

“La tendencia creciente en todas las disciplinas a especializarse cada vez más entraña el riesgo de desdeñar el peso de las fuerzas que se manifiestan fuera del campo de observación habitual (…) Razón de más para pedir una gran humildad a los que se dedican a la prospectiva; para estimular, en la enseñanza, la cultura general y el espíritu de síntesis; para tratar de establecer todas las pasarelas posibles entre los buenos conocedores de un tema determinado y los que se apasionan por buscar en una situación dada los signos precursores, a menudo modestos, del cambio…”

Floyd Norris dice algo similar sobre las predicciones económicas (New York Times, 30-XII-98).

Ha llegado la temporada de los pronósticos. Se abre con fervor todas las décadas, en los años terminados en 9. Parece que ese número tiene algo que provoca predicciones.

Esta vez, por supuesto, muchos pronósticos irán más allá de la próxima década. Algunos se referirán a todo el siglo próximo, y otros pretenderán cartografiar el milenio que viene. En cierto modo, tal vez sea más sensato hacer predicciones para un siglo o para un milenio. Así, al menos, el pronosticador ya no estará aquí para ser desmentido. Pero muchos de los que intentan predecir la próxima década estarán vivos -y humillados- en el 2010.

Recordemos el caso de las dos últimas décadas. (…) En 1979, los precios de las materias primas estaban en alza, y casi todo el mundo esperaba que continuarían así. El debate en torno al precio del petróleo no era si subiría, sino cuánto y cuán de prisa. Lo que preocupaba era que los productores de petróleo acabaran adueñándose del mundo, que no se pudiera detener la inflación y que un crecimiento raquítico era lo mejor que la economía podía esperar.

En cuanto a las inversiones, Business Week resumió la convicción general. Ante los años 80, decía, la cuestión era si la Bolsa “puede recuperar su puesto de principal lugar para invertir, el que tuvo durante un cuarto de siglo después de la II Guerra Mundial. La respuesta es, casi con seguridad, no”. Tampoco la deuda pública se consideraba buena inversión. En cambio, se recomendaba invertir en recursos energéticos, sobre todo en nuevas tecnologías, que se harían cada vez más competitivas ante la continua subida del petróleo.

En realidad, acciones y deuda pública fueron magníficas inversiones en los años 80, y la energía resultó ser un agujero negro que no hizo más que ir a peor en los 90.

En 1989, el panorama económico nacional parecía menos claro. La Bolsa había tenido una gran década (…). Pero el recuerdo del crash de 1987 estaba bastante reciente, y algunos pronosticadores -incluido quien esto escribe- dieron por supuesto que en los años 90 las acciones no irían tan bien como en los 80. Nos equivocamos. (…)

El mayor error de los pronósticos de 1989 fue con respecto a Japón, cuya economía estaba considerada la más formidable del mundo. Algunos creían que las acciones japonesas estaban sobrevaloradas, pero casi nadie preveía problemas para la maquinaria económica japonesa.

(…) En realidad, la Bolsa de Japón ha bajado más del 60% en los años 90. En este periodo, el crecimiento económico japonés ha sido modesto, a lo sumo, y ahora el país se encuentra en una grave recesión. (…)

¿Qué enseñan estos tristes precedentes sobre los pronósticos de este año? Enseñan a desconfiar de las predicciones casi universalmente tenidas por acertadas. (…)

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