Los límites del reparto del trabajo

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El reparto del trabajo como arma para combatir el paro sigue siendo motivo de polémica. Armand Laferrère señala en Commentaire (París, nº 76, invierno 1996-97) algunos límites económicos de esta experiencia.

1. Una reducción de la jornada laboral sólo disminuirá de modo duradero el paro si el trabajo en cuestión puede ser hecho igualmente bien por dos personas o por una. Si la naturaleza del trabajo exige acordarse por la tarde de lo que se ha hecho por la mañana, si hay que poder adaptarse permanentemente o conocer a fondo un tema cambiante, entonces una sola persona será siempre más eficaz que dos. El reparto del trabajo pierde toda eficacia cuando cada relevo provoca la pérdida de informaciones útiles. En síntesis, se puede repartir el trabajo de obreros no cualificados, de barrenderos, de telefonistas, de algunos de los atienden una ventanilla. No se puede en el caso de los cuadros, los técnicos cualificados, las secretarias de dirección.

2. La reducción de la duración del trabajo sólo puede ser un medio para luchar contra el paro cuando la empresa tiene la talla suficiente para contratar en la misma medida en que se disminuye el tiempo de trabajo. En el mejor de los casos, una reducción del 10% de la duración del trabajo no permitirá contratar parados más que en las empresas que cuentan al menos con diez asalariados en actividades bastante indiferenciadas.

De ahí resulta evidentemente que no puede imponerse una reducción general de la duración del trabajo en una economía donde las pequeñas empresas representan una parte importante del empleo total. Si una empresa se encuentra por debajo del nivel que le permitiría contratar nuevos asalariados en contrapartida de una reducción del trabajo de los otros, habrá una pérdida neta de riqueza para la economía nacional. (…)

3. Sólo puede preverse una reducción de la duración del trabajo si no supone un aumento de los costes unitarios. Si una empresa produce siete toneladas de clavos por semana gracias a 35 obreros que trabajan 40 horas, puede tratar de producirlos igualmente con 40 obreros que trabajen 35 horas. Pero el coste de producción de la tonelada de clavos no debe aumentar. Si no, la empresa tendrá que aumentar sus precios o reducir sus programas de inversión. En los dos casos, pronto será menos competitiva y perderá cuotas de mercado.

En suma, la remuneración de cada uno de los 40 trabajadores deberá ser generalmente menor de lo que cobraba antes cada uno de los 35 (…). La baja de la remuneración deberá ser más o menos proporcional a la del tiempo de trabajo, a reserva de dos efectos contrarios. De una parte, uno se fatiga menos con 35 horas de trabajo que con 40, lo que provoca que la productividad por hora de cada trabajador crezca, permitiendo así un aumento del salario por hora.

Pero, por otra parte, habrá que tener en cuenta los costes laborales fijos, que son independientes del número de horas trabajadas: gastos de transporte, permisos de enfermedad o maternidad, de ropa de trabajo… Si se tuvieran en cuenta sólo estos costes fijos, la reducción del salario por hora debería ser más que proporcional.

La remuneración de cada uno sólo podría mantenerse invariable si una inversión previa o una reorganización de los métodos de trabajo permitiera que la producción no bajara. Algunas veces es posible, y esta es la principal explicación de algunos éxitos en la reducción del tiempo de trabajo. (…) Es verdad que la duración del trabajo en la industria ha disminuido en el último siglo, mientras que la remuneración media aumentaba; (…) pero lo que se ha hecho a lo largo del tiempo y gracias al progreso técnico no puede ser realizado en la precipitación y por decreto.

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