La crisis del café empobrece a Centroamérica

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Duración lectura: 12m. 15s.

Con la notable excepción del petróleo, las materias primas han perdido peso en la economía actual. Esto supone un grave problema para aquellos países en desarrollo cuyas exportaciones dependen mucho de un monocultivo. Un ejemplo es el café, que atraviesa una crisis iniciada hace quince años. Los principales perjudicados son los países productores de Centroamérica y África.

Como muestra el gráfico, el precio del café en el mercado internacional ha experimentado un fuerte y prolongado descenso. Sin embargo, los consumidores de Occidente no han notado una baja paralela en alivio de sus bolsillos. La explicación de la aparente paradoja es ilustrativa del retroceso de las materias primas como generadoras de riqueza. El costo de los granos de café adquiridos a los productores no representa más que el 2% de lo que se paga por una taza servida en un bar de un país industrializado.

La diferencia entre la materia prima y el producto listo para consumir se ha agrandado de modo espectacular. A principios de los años noventa, los ingresos que los países productores obtenían del café eran de 10.000 a 12.000 millones de dólares anuales, y el valor de las ventas al por menor, en su mayor parte en países industrializados, se cifraba en unos 30.000 millones de dólares. En la actualidad, el valor de las ventas al por menor excede los 70.000 millones de dólares, pero los países cafeteros ganan solo 5.500 millones. El precio del grano en el mercado mundial, que en la década de los ochenta alcanzaba un promedio de 1,20 dólares la libra, oscila ahora en torno a 50 centavos, el más bajo, en términos reales, en los cien últimos años.

Todo esto se debe, principalmente, a tres factores: el hundimiento del acuerdo que regulaba la producción y los precios, la reducción de la demanda y la inundación del mercado con café de inferior calidad.

La ruptura de la regulación

Desde 1962, el mercado estaba regulado por el Acuerdo Internacional del Café (ICA), que aglutinaba a 50 países productores y 24 consumidores. En virtud del ICA, gestionado por la Organización Internacional del Café (ICO), se asignaban cada año unas cuotas de exportación a los países productores, lo que permitía mantener los precios relativamente estables y altos, dentro de una banda fijada en 1,20-1,40 dólares la libra. Para evitar la superproducción, los países exportadores se comprometían a no sobrepasar sus cuotas, salvo que el precio subiera por encima del límite.

Pero en 1989, el desacuerdo entre los países firmantes y, en especial, la salida de Estados Unidos llevaron a la ruptura del ICA. Desde entonces no ha vuelto a haber regulación mundial del mercado del café, y el precio ha fluctuado libremente con marcada tendencia a la baja, a consecuencia de la superproducción. En los primeros años tras el colapso del ICA, el precio cayó en picado, incluso por debajo del coste medio de producción. La línea descendente se ha mantenido con solo dos excepciones, 1994 y 1997, años en que Brasil -primer productor mundial- perdió gran parte de sus cosechas a causa de reveses del clima.

Después de la ruptura del antiguo pacto, la ICO ha intentado crear nuevos marcos para organizar el mercado del café, pero sin poder volver a la regulación de los precios. El acuerdo actualmente vigente fue firmado en 2001 por 31 países exportadores y 14 importadores. Tiene un enfoque fundamentalmente administrativo y de promoción de la economía: producción sostenible, criterios para certificar el origen y la calidad del grano, normas para el comercio del café.

Vietnam y Brasil saturan el mercado

Desaparecidas las cuotas, el mercado se ha saturado. Las cosechas de café han ido aumentando a una media del 3,6% anual, mientras que la demanda solo ha subido un 1,5% al año. La producción total del año cafetero 2001-2002 fue de 119 millones de sacos (un saco equivale a 60 kilos), mientras que el consumo mundial es de unos 106 millones de sacos anuales. Además, las reservas mundiales suman alrededor de 40 millones de sacos. Los países que más contribuyen a la actual superproducción son Vietnam y Brasil.

Hace diez años, Vietnam, con apenas 1,5 millones de sacos, prácticamente ni aparecía en las estadísticas. Pero en los años noventa su economía agrícola se abrió al mercado mundial, y el gobierno estimuló con subsidios el cultivo de café. En 2000, Vietnam ya se había convertido en el segundo productor del mundo, desbancando a Colombia, con 15 millones de sacos, producidos básicamente en minifundios. En diez años plantó más de 400.000 hectáreas de cafetales y ha acabado por inundar el mercado con un café de inferior calidad (de la variedad robusta) y mucho más barato.

Brasil siempre ha ostentado la mayor producción mundial, pero desde el fin del ICA la ha doblado, hasta llegar a 11 millones de sacos en 2002. Este salto se debe sobre todo a una fuerte subida del rendimiento, lograda gracias a la mayor mecanización, a métodos de cultivo intensivo y al traslado de los cafetales a zonas de clima más propicio.

En cuanto a la demanda, ha crecido mucho en Japón, que hace dos decenios importaba muy poco café y ahora se ha convertido en el tercer consumidor mundial. Pero en otras partes la tendencia es la contraria. En particular, los números uno y dos, Estados Unidos y Francia, registran un descenso del consumo de café, que contrasta con la subida de los refrescos y de un tradicional competidor del café, el té. En la década de los setenta, Estados Unidos consumía 136 litros de café y 87 litros de refrescos por persona y año; en 2000, había pasado a 64 litros de café y 200 de refrescos.

Baja la calidad

La baja en la calidad del producto es un buen ejemplo de un efecto de la crisis que a su vez se convierte en causa. Cuando los precios bajan, se intenta vender más cantidad a menor costo, en perjuicio de la calidad del producto. Y el descenso de la calidad arrastra los precios hacia abajo.

El proceso de recolección del café requiere bastante tiempo para cosechar los mejores granos. En condiciones normales, un cultivador paga a los recolectores para que repasen tres veces los cafetos en la temporada de cosecha y recojan los frutos maduros. Pero con unos precios tan bajos como los actuales, para ahorrar en sueldos y tener más cantidad de café en menos tiempo, los envía una vez nada más, con lo cual se recogen frutos inmaduros y pasados junto con los maduros.

Otro fenómeno influye en la calidad del café. La variedad arábica suave, la más apreciada, tiene mayores costos de producción que la arábica natural o la robusta, y por ello va en disminución la proporción de la primera que entra en las mezclas.

Desempleo en los países productores

La crisis ha provocado graves problemas económicos y sociales en muchos países productores con una fuerte dependencia de las ventas de café.

Es en Centroamérica donde la crisis ha tenido peores consecuencias, con la pérdida de más de 1,5 millones de empleos, directos o indirectos. Los sueldos también bajan a medida que descienden los ingresos de las explotaciones cafeteras y aumenta la oferta de mano de obra. En Guatemala se han quedado sin trabajo unos 250.000 trabajadores del café, el 30% del total. En consecuencia, casi la mitad de la población dependiente de esos salarios perdidos ha tenido que cambiar de trabajo o marchar a la ciudad. En El Salvador, donde el índice medio de malnutrición infantil es del 23%, la crisis ha duplicado esa cifra en las regiones cafetaleras.

En conjunto, los países centroamericanos han sufrido una baja del 44% de los ingresos por exportaciones de café en un solo año: de 1.700 millones de dólares en la temporada 1999-2000 a 938 millones en 2000-2001. El descenso ha continuado, hasta unos 700 millones de dólares en la temporada siguiente. La deuda del sector cafetalero y los préstamos morosos afectan a las entidades crediticias, limitando la actividad bancaria y el financiamiento de otros sectores económicos.

Otra consecuencia es que en no pocas zonas las plantaciones de café se están sustituyendo por cultivos de droga, como la coca o el kat (planta de la que se obtiene la droga del mismo nombre). En Etiopía las exportaciones de café han pasado del 70% al 35% del total, mientras que las de kat han subido de un 6% al 13%. Los campesinos de este país reciben 86 centavos de dólar por una libra de café, cuando antes cobraban 3 dólares. En Perú, para ganar 3 dólares por libra hay que plantar coca; el café se paga a 65 centavos.

Crear marcas de calidad

Para remediar la situación, no cabe hoy esperar en la vuelta al antiguo cartel de productores e importadores. Se emprenden más bien otras medidas en torno a la oferta y a la demanda, sin pretender regular el mercado.

Por el lado de la demanda, se intenta ahora ampliar los mercados para el café, en países que no han sido tradicionalmente grandes consumidores y, sobre todo, en los que se están abriendo actualmente al comercio internacional, como los de Europa del este.

Pero recuperar el terreno perdido en los mayores y más antiguos mercados exigirá hacer más atractiva la oferta. Por este lado, prácticamente todas las partes involucradas coinciden en que lo primero es mejorar la calidad del café. La OIC lanzó en octubre de 2002 un programa mundial de calidad que establece unos requisitos mínimos para el café destinado a la exportación. Los productores que los cumplen se benefician de certificaciones de la calidad, origen y método de cultivo del grano, lo que les facilita vender a precios más altos. Otros proyectos ya en marcha se dirigen a proporcionar a los cultivadores semillas de variedades más productivas y de mejor calidad, o medios para financiar la mejora de las explotaciones. También se promueve la retirada de excedentes de calidad inferior.

Una iniciativa más es crear marcas especiales de café, que permiten vender el grano a precios notablemente superiores a los del mercado. Los productores distinguen estos cafés por su origen y sus características particulares, por haber sido cultivados con procedimientos ecológicos o por el respeto a las prácticas de Comercio Justo. Por ejemplo, Jamaica ofrece su marca de café “Blue Mountain” y la India, su “Monsooned Malabar”, ambas muy apreciadas. El uso de marcas presenta la ventaja adicional de que facilita prescindir de intermediarios y así exportar directamente a las compañías que elaboran el grano.

También ayudan los acuerdos de Comercio Justo, que comprometen a los importadores pagar precios que permitan a los agricultores cubrir costes y que sean estables. Para ello, los compradores financian parcialmente los pedidos por adelantado, de modo que las organizaciones de pequeños cultivadores no tengan que contraer deudas y puedan planificar la producción a largo plazo. Los productores, por su parte, se comprometen a cumplir unas condiciones laborales y ecológicas mínimas. Estos acuerdos solo afectan de momento a una pequeña parte -unas 25.000 toneladas anuales- de la producción mundial de café.

El café solo, un riesgo económico

Pero las marcas y el Comercio Justo no bastan para acabar con la crisis del café. Estos procedimientos, en la medida en que se basan en la diferenciación, no son un remedio general. Aparte de que los mercados siempre demandarán buenas provisiones de grano barato y de calidad modesta para el consumo masivo o para elaborar cafés solubles.

En el fondo, la dura realidad es que el café, como muchas otras materias primas, ha perdido valor relativo en la economía mundial. Cultivar café difícilmente puede volver a ser, en general, tan rentable como en tiempos pasados. El extinto ICA no era sino una forma artificial de sostener los precios, cosa que la globalización torna cada vez más impracticable. Cierto que el mundo industrializado debería tomarse la globalización más en serio, y dejar de ser una fortaleza arancelaria para las exportaciones -agrícolas y textiles, sobre todo- de los países en desarrollo. Pero estos, a su vez, necesitan diversificar sus economías: hoy es demasiado peligroso depender del café, del cacao, del azúcar o de otros productos que tienden a depreciarse en los mercados.

Del campo a la cafetería

Cuatro factores principales contribuyen a fijar el precio del café.

Productores. Suelen ser pequeños agricultores que dependen casi exclusivamente de este producto. El 70% del café mundial se cultiva en explotaciones de menos de 10 hectáreas, y la mayor parte de ellas no superan las 5 hectáreas. Esto hace que la mayoría de los productores tengan una posición débil para negociar el precio.

Variedades. El tipo de café también interviene en el precio. Hay dos variedades principales: arábica y robusta. La primera representa aproximadamente el 70% de la producción mundial de café y está considerada la de mejor calidad, por lo que generalmente es más cara. Se cultiva en América Central, Sudamérica y en países africanos como Etiopía, Tanzania y Kenia. La variedad robusta, de peor calidad, menos sabrosa y aromática, es muy usada para elaborar café instantáneo y otros cafés más baratos. Crece en África Central, el sureste de Asia y algunas partes de Sudamérica.

Mercados. Los precios se determinan en los dos grandes mercados de futuros de Londres y Nueva York. El mercado de Londres es el punto de referencia para el café robusta y el de Nueva York para la variedad arábica. El precio viene influido por el enorme número de contratos de café negociados, que excede con mucho la cantidad física de café que cambia de manos.

Multinacionales. Cinco compañías acaparan casi la mitad de las existencias mundiales de café: Kraft, Nestlé, Procter & Gamble, Sara Lee y la japonesa Tchibo. Son grandes empresas con muchas líneas de productos, de las que el café es solo una más. Su participación en la cadena del café es muy importante, pues son las que compran el café al por mayor a los intermediarios y exportadores, con lo que al final influyen decisivamente en el precio.

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