¿Habrá bastante para que comamos todos?

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Duración lectura: 13m. 9s.

Aunque la alimentación mundial mejora, los pesimistas anuncian un futuro sombrío
“Ser profeta de calamidades es a menudo una postura gratificante. Calamidades las sigue habiendo. Sin embargo, resulta difícil mantener que el mundo está peor que hace cincuenta o cien años. Por poner un ejemplo: gracias a la innovación tecnológica, con la misma superficie de tierra cultivada hemos sido capaces de alimentar a una población mundial que se ha duplicado desde 1950”. Louise Fresco, holandesa, directora de investigación de la FAO y catedrática de agricultura, analizó en la reciente Conferencia Huizinga (1) las corrientes actuales de pensamiento respecto a los recursos naturales alimentarios. Frente a los indiscutibles avances, un sentimiento de crisis es transmitido por actitudes que implican una visión pesimista de la tecnología o una sublimación irracional de la naturaleza. Ofrecemos un resumen de la conferencia.

Recuerdo un cuadro del pintor cubano Julio Breff Guilarte, bajo el título: “Llegan mutantes extraterrestres con la ayuda alimentaria de la ONU”. Dos monstruos gigantes, cruce de gallina y mujer, acaban de poner un huevo de dinosaurio. Un campesino y su hijito observan lo ocurrido y la escena es registrada por cámaras de TV.

El mensaje de esta pintura es claro: la ayuda alimentaria es un símbolo de dependencia no deseada. Además, el hombre contempla y registra indefenso la invasión de la tecnología. Y todo ello pintado sobre un fondo bucólico de colores caribeños. Pero el mensaje no agota la crítica. El cuadro es también una metáfora de una serie de miedos colectivos del Tercer Mundo: temor a productos agrícolas nuevos; a las mutantes que proceden de la nueva ciencia, además con rasgos femeninos. Y, por último, el contraste entre el ambiente rural tradicional y el cambio impuesto por la ciencia y el mecanismo de mercado que pide cada vez más.

Llenos de temores

Este miedo no es exclusivo de Cuba. Los temores que despiertan las técnicas biológicas modernas o el peligro de destrucción del paisaje o de la vida rural se extienden también hoy día en el norte o el sur de Europa, de la misma manera que en los países del Tercer Mundo. A principios de año la revista The New Scientist publicaba un artículo titulado: “¿Hay algo seguro que se pueda comer? En 1997 se envenenaron con la comida más británicos que nunca”. El artículo presentaba una visión alarmante del envenenamiento a causa de la salmonella y otras infecciones, y se preocupaba porque los británicos volvían a comer huevos crudos.

Pero los supuestos peligros no se limitan a la alimentación. En círculos agrarios y ecológicos críticos cunde el pánico por la pérdida de comunidades de campesinos, de lenguas y culturas autóctonas, lo que se considera una erosión del capital cultural a escala masiva. La pérdida de biodiversidad y conocimientos tradicionales se equipara con una catástrofe nuclear. James Lovelock, padre de la conocida “Teoría Gea”, compara los efectos de la agricultura con cicatrices de quemaduras sufridas por la Tierra. A su juicio, la destrucción del paisaje inglés en la historia contemporánea es de un vandalismo sin precedentes. Hemos perdido la brújula y el futuro amenaza más sombrío que nunca. Lester Brown, director del Worldwatch Institute, aseguraba hace unos años que en el 2050 China necesitaría importar 400 millones de toneladas de cereales, más de lo que hoy día se dispone en el mercado mundial.

También el Tercer Mundo mejora

Desde todos los puntos cardinales nos llegan ese tipo de opiniones sembradoras de inquietud sobre la cantidad y la calidad de los alimentos, la imparable destrucción del paisaje y la cultura, la acción demoledora de la tecnología moderna. Aunque se trata de visiones contradictorias, en el fondo tienen en común un profundo pesimismo frente al progreso. El hombre ha envenenado a la mitad de la humanidad y hace pasar hambre a la otra mitad.

La paradoja de nuestra época es que, a pesar de estas visiones fantasmagóricas, nunca le ha ido a la humanidad tan bien como ahora. Basta mirar a nuestro alrededor. Sólo hace cinco o seis generaciones, 9 de cada 10 de nuestros vecinos vivían por debajo del nivel de pobreza, ya fuera campesino, arrendatario, jornalero u obrero. Desde 1750 el bienestar humano, en cualquier sector que se considere -salud, alimentación, educación, ingresos- ha mejorado. Y esto ha ocurrido en todo el planeta, también en el Tercer Mundo, donde la esperanza de vida ha pasado de 40 años en la década de los cincuenta, a 72 años actualmente, frente a los 79 en países occidentales. La industria alimentaria de hoy ha mejorado cuantitativa y cualitativamente y está capacitada para producir lo suficiente para una población mundial que es casi el doble que hace 40 años.

Este es uno de los mayores y menos valorados logros de la segunda mitad del siglo XX. Un habitante de un país en vías de desarrollo consume hoy casi un 30% más de calorías y casi un 50% más de productos animales que la generación de sus padres. Y la producción de alimentos necesaria para ello tiene lugar en una superficie cultivada más o menos de igual extensión que antes. Este ahorro significa que no hay que roturar más tierra y que pueden mantenerse los ecosistemas que en ella se dan. Y esto mismo ocurre en China, donde se cultiva la misma extensión de tierra para cereales que en 1960, lo que no hubiese sido posible si los rendimientos de las cosechas no hubiesen aumentado.

La razón esencial de este éxito es la tecnología agrícola: un cincuenta por ciento gracias a la moderna genética, es decir, a la mejora de plantas y animales, y el resto a la optimización de abonos, piensos, regadío, mecanización y lucha contra las plagas. En grandes líneas, no habría que temer que la población mundial se llegase a duplicar en el próximo milenio. En China, por ejemplo, se está preparando una variedad de arroz super-híbrido que produce 13 toneladas por hectárea en 130 días.

Pensadores sombríos

A pesar de estos éxitos, domina en muchos sectores una especie de sentimiento de crisis, que lleva no sólo a negar los logros, sino también a darles otra interpretación.

Los neomaltusianos, por ejemplo, representados en los EE.UU. por Paul Ehrlich, David Pimentel y Lester Brown, afirman con superabundancia de estadísticas que la producción de alimentos va a resultar escasa para abastecer a la población mundial. Motivos del pesimismo: el aumento de producción ha causado erosión y agotamiento de fuentes, desertización, la producción disminuirá a causa de la lluvia ácida, habrá cambios climáticos, el aumento de núcleos urbanos hará disminuir la tierra de cultivo, etc. De ahí concluyen que la situación es dramática e insostenible: hemos agotado la Tierra y esto sólo puede ir a peor.

Junto a esta categoría se pueden alinear también los ecológicamente esquivos. No les preocupa la alimentación, sino que hayamos desequilibrado el ecosistema natural del planeta. La industria, el tráfico y la agricultura son los culpables principales. Rachel Carson, James Lovelock y el canadiense Pat Mooney representan este modo de pensar.

Otro subgrupo son los temerosos de la bioingeniería que han inventado el término ‘biopiratería’ y no aceptan cambios genéticos ni cuando aportan mejoras a la agricultura.

Y, por último, están aquellos individualistas a los que ni les importa el hambre en el mundo ni les inquieta el planeta Tierra, lo único que les obsesiona es que la humanidad va camino de envenenarse. Estos últimos son los que creen que la criminalidad desaparecería si los jóvenes ingiriesen alimentos biológicos, sin aditivos, hormonas ni colorantes.

En el peor escenario imaginable

Desde el informe del Club de Roma en 1972, Los límites del crecimiento, existe este modo de pensar pesimista. Pero ¿hay motivos para ello? Quizá el hecho más doloroso es que, a pesar de todo el desarrollo ya citado, no hemos erradicado ni el hambre ni la pobreza. Pero los datos negativos son sólo una parte del todo. Amenazas de los años 70 como la posible catástrofe nuclear no han desaparecido, pero ya no vivimos bajo el temor de decisiones de este tipo por parte de las grandes potencias. Los problemas de contaminación han mejorado gracias a una buena política, y cunde el ejemplo de ahorro energético con resultados bien distintos de los que nos profetizaron hace unas décadas.

Si se puede sacar una enseñanza a propósito del informe del Club de Roma, es que los pensamientos rígidos y las predicciones mecanicistas del futuro no son de fiar y políticamente resultan contraproducentes.

La mayor objección que se puede hacer a los pensadores sombríos es que definen una crisis sin tener en cuenta el concepto realista y matizado que ofrecen las posibilidades técnicas. Nos obligan a vivir en el peor escenario imaginable. Sienten nostalgia de cuando todo era controlable y piensan que el hombre es un juguete de poderes que están fuera de su dominio. Han creado así un sentimiento antitecnológico que además va parejo con el miedo al crecimiento de la población. La tecnología sugiere anonimato y la naturaleza, una situación paradisíaca donde cada uno recibe un trato individualizado.

Buscadores de luz

Los buscadores de luz son los hermanos de los pensadores sombríos. Existe una relación entre la visión pesimista sobre la marcha de la naturaleza, la alimentación y la agricultura, y la reacción personal del consumidor en busca de un nuevo patrón alimentario, de un nuevo estilo de vida. Así como el pensamiento sombrío está arraigado en un pesimismo tecnológico, los buscadores de luz fundamentan su actitud en un utopismo romántico de larga tradición, en un ansia de pureza y en la nostalgia de un pasado virgen.

Existe todo un pasto ideológico New Age que relega la ciencia a temas lejanos del acontecer cotidiano del individuo. En la naturaleza encontramos la pureza de la que el hombre moderno carece. Nunca se han vendido tantos discos con sonidos de rompeolas, canto de pájaros o del correr del agua en el arroyo. Se trata de entrar en diálogo con la naturaleza, con la que formamos una familia.

Este modo de pensar se está convirtiendo en políticamente correcto, hasta tal punto que se desconfía de cada nuevo paso del progreso tecnológico o del pensamiento racional. Existe en esta línea toda una revolución bio-orgánica respecto a las costumbres alimentarias: countercuisine (contracocina), dietas vegetarianas, tiendas de productos naturales… Aquí cabe citar también el método Montignac, o el evangelio de los hidratos de carbono y las grasas.

Todavía no he encontrado, sin embargo, ningún estudio científico que demuestre seriamente que los productos orgánicos o biológicos son mejores para la salud. Sí se puede destacar que tienen menos residuos de pesticidas, porque usan menos, pero esto no dice nada de su intrínseco valor alimenticio, excepto que los campesinos que los producen utilizan a menudo razas más antiguas con un sabor más apreciado.

Un modo de superstición

¿Se trata de preocupaciones de lujo entre gente que sólo tiene que pensar en su carrera, en el destino de las próximas vacaciones y a quienes lo único que les inquieta es la propia muerte? Huelga decir que sí.

Resulta tentador calificar a los buscadores de luz de supersticiosos, aplicándoles una de las agudas citas de Huizinga: “Un renacimiento de la superstición es muy propio en una época en la que las normas de la ciencia y el juicio se sacrifican fácilmente en aras de un estilo de vida. La superstición, además de ser siempre viva y excitante, tiene la curiosa cualidad de ponerse de moda en tiempos de confusión de los espíritus. Se le otorga entonces durante un tiempo una especie de distinción, mantiene la imaginación agradablemente ocupada y nos consuela sobre nuestra limitada capacidad de conocer y comprender”.

New Age no habla de la naturaleza sino de una idealización, de una situación semirreligiosa paradisíaca. Es una expresión de temor ante la tecnología moderna, el susto ante un posible mundo de cemento.

Nuevo contrato entre ciencia y sociedad

A pesar de todas las objeciones, algunas serias, sobre pesimistas e iluminados, sería erróneo considerarlos como simples tipos extraños. Sus actitudes representan modos de pensar muy extendidos en la sociedad. El moralismo de ambas corrientes ofrece puntos de apoyo para transformar conductas y actitudes. Aunque las políticas juegan un papel en el control de calidad de los productos, el patrón alimenticio es una elección individual hecha según unos principios. Estos pueden estar relacionados con cuestiones de salud, medioambiente, alimenta ción mundial o el papel sociocultural de la alimentación y la agricultura.

A no ser que nos ocurra una insospechada catástrofe, las sombras del mañana no serán la carencia de alimentos por la incapacidad para aumentar la producción al ritmo del crecimiento de la población mundial. Nuestra primera preocupación deberá ser la desventaja en cuanto al crecimiento de producción de los países en vías de desarrollo. Y junto a ello, el deterioro del paisaje y la contaminación del suelo y de las aguas.

El problema más incontrolable es la inseguridad del crecimiento de producción como consecuencia de variantes y cambios estructurales del clima y en la biosfera.

Pero sobre todo, las sombras del mañana tienen que ver con el acceso de países pobres a la tecnología moderna, más que la tecnología en sí. El crecimiento de la producción no erradica por sí solo la pobreza: después de un decenio de crecimiento inigualado de las exportaciones agrarias, el 95% del sector rural boliviano sigue viviendo por debajo del nivel de pobreza. Nada sustituye a la responsabilidad pública frente a grupos de población vulnerables.

Si las previsiones agrícolas constituyen una muestra de los desafíos científicos y sociales del próximo milenio, habrá que pensar en un nuevo contrato entre la ciencia y la sociedad. La nostalgia de un mundo pre-tecnológico y armonioso, haya existido o no, no nos debe conducir al cínico egoísmo o a la indiferencia frente al mundo. Paralelamente, puede servir de inspiración para pensar el futuro, mientras no suponga una idealización errónea del pasado. Citando de nuevo a Huizinga: “…esto sabemos: no existe una vuelta absoluta. Sólo hay avance, aunque sintamos el vértigo de profundidades y lejanías desconocidas.”

Louise O. Fresco es directora de investigación de recursos naturales de la FAO (Roma) y catedrática de la Universidad de Agronomía de Wageningen (Países Bajos)._________________________(1) La Conferencia Huizinga tuvo lugar el pasado 18 de diciembre en la Universidad de Leiden. Se trata de un acontecimiento anual, organizado por dicha universidad, la Sociedad de Literatura Holandesa y el diario NRC Handelsblad.El texto completo ha sido publicado: Louise O. Fresco, Schaduwdenkers en Lichtzoekers, Huizinga-Lezing, Editorial Bert Bakker, Amsterdam (1998).

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