Luces y sombras de la China emergente

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La conjunción de la crisis económica y las Olimpiadas de Beijing hizo de China uno de los grandes protagonistas de 2008. El mundo occidental se pregunta si finalmente habrá llegado la hora de que se cumpla la profecía napoleónica sobre el “gigante dormido”, mientras las fuerzas de la globalización van haciendo cada vez más necesario descubrir este país. Alberto Serna, que dirigía una empresa de publicaciones en Hong Kong y trabajó en Asia para varias ONG, escribió poco antes de morir una panorámica sobre China, publicada en la colección de “Cuadernos de Empresa y Humanismo”. Seleccionamos algunos pasajes.

Al final de la era de Mao despunta ya la idea de la necesidad de las Cuatro Modernizaciones que Deng Xiaoping impulsará con gran energía a partir de 1978. Se trata sobre todo de la modernización de cuatro sectores clave de la vida económica china: agricultura, industria, ciencia y tecnología, y defensa. El objetivo era hacer de China una potencia económica importante en el siglo XXI y la estrategia consistía en modernizar los medios y métodos de producción (modernizar la maquinaria, adquirir tecnología de vanguardia, y aprender nuevos métodos de gestión) y abrir el mercado a inversiones extranjeras que hicieran de catalizador de un crecimiento económico basado en las exportaciones.

Liberalización económica, no política

Por los años 1980, los observadores expertos en China conjeturaban sobre la irreversibilidad del proceso económico que comenzaba. Y tenían razón. También aseguraban que no sería posible liberalizar la economía sin liberalizar la vida política. Y en esto no tenían razón. Aunque podría haber sido de otro modo si, en la encrucijada crítica de Tiananmen 1989, la balanza de la decisión se hubiera inclinado por el lado de los líderes que propugnaban la tolerancia y las concesiones políticas.

En cualquier caso, desde entonces el proceso de modernización económica y social de China ha ido en constante aceleración, entrando plenamente en esa modernidad de la que las Olimpiadas de Beijing 2008 han sido el mejor exponente.

Confucio regresa a China

Durante unos años el Estado chino proscribió a Confucio y se empeñó en hacer una nueva China. Pero en los últimos tiempos, los medios de comunicación se han hecho eco de que, “en un golpe de pragmatismo, el Gobierno del presidente Hu Jintao ha decidido rehabilitar al más influyente y famoso de los pensadores chinos, con objeto de utilizar su filosofía para insuflar un poco de ética y moralidad a una sociedad que desde hace tres décadas vive bajo el único credo de hacerse rico es glorioso, dictado por Deng Xiaoping”.

Todo el mundo sabe que la ideología del Partido Comunista Chino (PCC) está en una crisis profunda; en este momento el PCC no es ya un partido revolucionario sino una aristocracia política que reclama el monopolio del poder para dirigir ordenadamente los destinos de una China compleja, abocada a un desarrollo económico y una transformación social sin precedentes, y decidida a ocupar un puesto principal entre las naciones; ni dentro ni fuera de China se consideran seriamente alternativas políticas que no sean dejar hacer a esa aristocracia política.

Pocos desean correr el riesgo del caos político de los años republicanos de China, con sus luchas fratricidas, la división del país en áreas controladas por los señores de la guerra, humillaciones en política exterior, pobreza y hambre, para culminar con la invasión japonesa y la guerra civil.

Esa aristocracia política que gobierna China se encuentra en este momento con dos grandes problemas: uno es de legitimidad ética, otro es de coherencia social. El Partido ha seguido durante años una línea pragmática en la que lo realmente importante ha sido crecer económicamente a un ritmo vertiginoso y hacerse respetar cada vez más en el mundo. Pero esto ha creado un serio problema de coherencia ética interna dentro del Partido. Ese vacío ideológico llama a una legitimación ética, que el mismo Partido busca cada vez más en el confucianismo.

Su propio modelo

Probablemente China tendrá que elaborar su propio modelo político, en el que no faltarán sin duda las constantes confucianas: concepción fuerte de la autoridad; jerarquización; decisiones políticas consensuadas dentro de cada nivel jerárquico; aristocracia política y meritocracia social. Dentro de este modelo cabría un cierto nivel de representación política de los ciudadanos, especialmente a nivel local, e incluso el sufragio universal, pero lo más probable es que el poder político quede firmemente en las manos de esa aristocracia política que seguirá llamándose Partido Comunista Chino, al menos durante los próximos cinco o seis decenios.

Una cosa parece clara: China no admitirá que Occidente le imponga un modelo político democrático, ni aceptará presiones diplomáticas, militares o económicas para configurar su espacio político interno. Confucio dijo: “estudia el pasado para definir el futuro”. La conciencia nacional china tiene casi una obsesión con el siglo de humillaciones e imposiciones extranjeras que van de 1842 (Tratado de Nanking por el que cede Hong Kong a Gran Bretaña) hasta 1949 (proclamación de la República Popular China).

En política exterior, China ha mostrado en los últimos años una gran moderación, ha defendido el multilateralismo y ha desarrollado una “ofensiva de simpatía”, afirmando que esto es parte de su contribución al bien común del concierto de naciones, y que desea ser un elemento de estabilidad en el mundo.

Pero hay voces críticas que consideran que mientras China asegura ser un ciudadano altruista del mundo, esa ofensiva de simpatía es un engaño calculado para desplazar geopolíticamente a los que percibe como competidores globales, principalmente los Estados Unidos.

La modernización de la familia

La institución familiar ha sido siempre la base y fundamento de la estructura social en China. La familia tradicional estaba basada en el matrimonio, y en una serie de costumbres que articulaban la institución de una forma peculiarmente china. Muchas de esas costumbres y prácticas estaban reñidas con la modernidad. Un primer objetivo de la Revolución de 1949 fue eliminarlas en la nueva Constitución y en sucesivas leyes de la familia. Como todas las revoluciones, la de los comunistas chinos es una explosión que mueve montañas y allana valles; produce desastres de magnitud histórica, pero también arregla males que la historia no había corregido hasta entonces.

Se puede decir que las leyes sobre la familia después de 1949 consolidan en China las nociones occidentales de la familia y la dignidad de la persona, de raíz cristiana, aunque lleguen a China envueltas en ideología marxista y con un pedigrí ilustrado. También introducen las premisas ideológicas del marxismo y de la Ilustración.

Veamos algunas de las características menos positivas de la familia china tradicional y cómo las leyes de la familia en la República Popular China (RPC) han contribuido a una modernización.

El matrimonio en la China tradicional se hacía por acuerdo entre las familias, unas veces directamente, cuando se conocían bien, otras veces por un intermediario que buscaba que hubiera un equilibrio de bienes de fortuna y estatus entre las dos familias. En consecuencia, los novios no se trataban ni tenían mucho que decir en todo el proceso. Esto ha desaparecido. Con pocas excepciones, los jóvenes deciden si desean casarse, cuándo y con quién. Las viejas restricciones comunistas que requerían permiso de la unidad de trabajo van también desapareciendo. La idea de matrimonio por amor era bastante desconocida en la realidad de la China tradicional.

La mujer tenía un papel importante dentro de la familia, pero en la vida profesional, pública y política su papel era casi nulo. En la RPC la mujer tiene una igualdad de oportunidades fuera del hogar similar a la mujer en Occidente.

Una vez casada, la mujer pasa a formar parte de la familia del marido. En particular, la sujeción a la suegra ha sido una fuente considerable de sufrimiento para muchas mujeres chinas. Aunque esta es todavía una tendencia en la RPC, cada vez se dan más casos de matrimonios matrilocales, es decir de recién casados que van a vivir a la casa de los padres de la mujer y no a la de los padres del marido. Esto indica un cambio notable en la práctica tradicional.

La familia tradicional china ha sido siempre muy asimétrica. El padre y esposo era el centro de autoridad, mientras que la esposa debía estar sujeta al marido y a la familia del marido. A ese deber de fidelidad de la mujer no correspondía un deber recíproco del esposo. De hecho, la institución del concubinato (tener varias mujeres, una principal, y varias concubinas) era aceptada y practicada en familias pudientes. Las leyes de la RPC han reafirmado la igualdad del hombre y la mujer en el matrimonio y la ilegalidad del concubinato.

En la actualidad, la familia china está institucionalizada de acuerdo con normas legales similares a las de cualquier país occidental. La excepción la constituye la política draconiana de control de la natalidad, que da al Estado unas prerrogativas tiránicas sobre la familia.

Política coactiva en la natalidad

La “política del hijo único”, que entró en vigor en 1979, consiste en limitar el número de hijos por pareja a sólo uno utilizando los medios coactivos del Estado. Se trata con ello de reducir drásticamente el crecimiento de la población china, algo que el gobierno de la era de Deng Xiaoping y subsiguientes veían como algo sumamente necesario para el desarrollo económico del país.

La aplicación actual de esa política es de hecho muy diferente en las distintas provincias y distritos. No obstante, la línea oficial insiste en que las familias urbanas pueden tener un solo hijo, mientras que las familias rurales pueden tener hasta dos, si el primero es una hija o un inválido. La llegada de hijos adicionales trae consigo una considerable carga financiera para la familia, en forma de una especie de impuesto de responsabilidad social (una fuerte multa por no seguir la política gubernamental, que supone entre la mitad y diez veces el ingreso medio anual de la zona donde vive la familia ), mayor coste en la atención médica, educación, etc.

La política es claramente coactiva, no solo por la presión monetaria en las familias que no la siguen, sino también por la presión moral que ejercen los comités locales, que a su vez están presionados por los funcionarios de control de la natalidad a nivel de condado o provincia. Hasta 2002 era legal incluso forzar físicamente a la madre para inducir un aborto o realizar una esterilización. Aunque la fuerza física está actualmente proscrita por ley, sigue siendo una realidad presente especialmente en los ambientes rurales.

El Fondo de las Naciones Unidas para la Población ha venido financiando la política del hijo único durante décadas. Los EE.UU. retiraron su parte de financiación a ese fondo, considerando que la coacción que implica esa política no es compatible con los derechos humanos.

Ajustes en la política del hijo único

Según las declaraciones hechas en marzo de 2008 por el Sr. Wu, un alto cargo de la RPC, es muy posible que la RPC se replantee pronto un cambio en la política del hijo único. A su juicio, esa política ha tenido tal éxito en las últimas tres décadas para detener el crecimiento de la población china que puede ya suavizarse de algún modo. Desde hace ya varios años bastantes de los responsables locales han tenido cierta flexibilidad para aplicarla con más o menos rigor.

Muchos observadores perciben que, de hecho, la crudeza de la ley se ha abandonado en gran medida, aunque el Gobierno ha preferido no hacer ningún cambio oficial, pues repudiar la política podría suponer aceptar tácitamente que ha sido algo nefasto para China. Algo nefasto en especial para la familia china, los derechos humanos, para las mujeres que han sido eliminadas en el vientre de sus madres, para los millones de hombres que no podrán encontrar esposa en China, y para la nueva generación de niños que crecerán como pequeños emperadores, mimados por los padres y los cuatro abuelos, pero sin hermanos, primos, ni tíos.

De hecho, esta política del hijo único ha sido ampliamente criticada en China, sobre todo en relación con la proporción numérica de 4 abuelos, 2 padres, y un hijo, que deja sobre ese hijo único la posible carga asistencial y económica de mantener a seis personas mayores, más los hijos de la siguiente generación. También se han citado los efectos negativos sobre la sociedad de toda una generación de “pequeños emperadores”. Finalmente, la preferencia tradicional por los niños en China hace que las familias procuren tener al menos un hijo varón. La verificación del sexo del feto por ecografía ha hecho posible que las familias elijan en ciertos casos abortar a la hija en el seno materno, sobre todo cuando saben que el Estado no les permitirá tener un segundo hijo.

Hombres sin mujer

Una consecuencia de esto es que, según datos oficiales (probablemente tan poco fiables como los demás datos demográficos procedentes de fuentes gubernamentales chinas), el año 2020 habrá 30 millones de hombres más que de mujeres. Es muy posible que la cifra esté más cercana a los 50 millones. Con cierta frecuencia esto se cita como uno de los problemas que la política del hijo único ha creado: una sociedad en la que un buen número de hombres no podrán encontrar mujer.

Aparte de que esta política acarreará graves problemas económicos y sociales a largo plazo, es fácil darse cuenta de la aberración que supone que el Estado se considere investido del derecho sobre la vida y la muerte de sus ciudadanos. Es este, sin duda, uno de los puntos más negros de la actual situación de la RPC. La gran riqueza de China son sus hombres y mujeres. Socialmente, los valores tradicionales de la familia china han sido la base inspiradora de su civilización y la fuente última de estabilidad y armonía. Es una gran pena que, precisamente ahora que el país está alcanzando unas cotas de desarrollo material nunca vistas en su historia, el Estado recurra a medios coactivos para evitar que esa riqueza crezca, lo que, inevitable y concurrentemente, causa la erosión de la familia.

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