Algo se mueve en China

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Duración lectura: 10m. 15s.

China da titulares todo el tiempo, algunos ciertamente más llamativos que otros, como cuando en el verano de 2015 se desplomaron las bolsas del país y se cernió la incertidumbre sobre las inversiones de 90 millones de accionistas , muchos de ellos legos en temas financieros. Últimamente, noticias recientes parecen indicar desequilibrios en el rápido crecimiento económico, que el gobierno quiere mantener a toda costa para no dar motivos a que se ponga en cuestión su monopolio del poder.

Además de en lo económico, el país es y será por mucho tiempo una mina informativa en lo político, lo social, lo territorial… Un repaso al acontecer chino, de la mano de varias fuentes –algunas de ellas, protagónicas– puede servir para constatar que el gigante asiático “se mueve” en varias direcciones en su particular experimento de comunismo neomaoísta con capitalismo dickensiano.

El camarada Xi

En octubre pasado, durante la conferencia anual del Partido Comunista, el presidente Xi Jinping recibió un nuevo título: “Líder-núcleo”, que es como han traducido varios medios occidentales el término mandarín hexin. Ya tenía otros que le venían por razón de sus muchas responsabilidades: comandante en jefe, secretario general del Partido, jefe de la comisión militar central, etc. Pero el de hexin implica mucho más en la política china, según The Economist, pues las palabras, en ese país, pueden ser más significativas que los hechos.

Los partidos democráticos de Hong Kong tienen un tercio de los escaños en el Consejo Legislativo, con lo que pueden tumbar propuestas de Pekín

El título ya había sido utilizado por Deng Xiaoping y Jiang Zeming (a Mao también se le designó “líder-núcleo”, aunque póstumamente), mientras que Hu Jintao, más discreto, declinó aceptarlo. En el caso de Xi, a inicios de este año varios jerarcas provinciales estuvieron sondeando qué tal le quedaría el título. Y alguien ha decidido que le queda bien.

Las implicaciones, sin embargo, van más allá del protocolo. Señala el semanario británico que el nuevo apelativo confiere estatus, que allí es más importante que la autoridad formal. En segundo lugar, constituye un mensaje a los funcionarios de nivel más bajo acerca de cuál es la voz que deben seguir, dado que las indicaciones de Xi –sobre todo en materia económica– se han visto solapadas en algunos momentos por las del primer ministro Li Keqiang.

Por último, el término mejora la posición del presidente en las venideras batallas por los nombramientos de la nueva generación de altos funcionarios del Partido. En el congreso que se celebrará en 2017, Xi piensa sustituir a unos 200 miembros del Comité Central y colocar en sus puestos a militantes que le son más fieles. ¿Alguien se atreverá a negarle este deseo al “núcleo”?

Lo paradójico es que el presidente, que se sabe dotado de mayor poder, desea seguir siendo visto como un ciudadano común. “Llámenme camarada”, pide a sus correligionarios, pese a que ese trato –tan propio de los sistemas comunistas, donde el mito es que no hay más clase que la clase obrera– ha sido sustituido por el de “señor” o “señora”.

Tan en desuso ha caído que, según el New York Times, a día de hoy los chinos utilizan tongzhi, camarada, para referirse exclusivamente a… los homosexuales.

Crecer, crecer, “y después ya veremos”

El camarada Xi, aunque primus inter pares, es más primus que par en cuanto a decisiones económicas. China está ante el reto de modificar su modelo económico para que privilegie el consumo interno sobre la exportación, y eso es algo que lleva tiempo. Pero tiempo es lo que no le sobra a la clase dirigente, que ha aparcado las necesarias reformas. Lo urgente, según estiman en Pekín, es garantizar que el crecimiento se mantenga en sus ritmos habituales –hasta 2020, se espera lograr nada menos que un 6,5% anual–, de manera que el PIB se duplique respecto al de la pasada década.

El Partido Comunista garantiza al pueblo ciertos niveles de bienestar material, a cambio de que no cuestione su monopolio en lo político

Por ello, Xi se quita de en medio cualquier elemento que suponga retardo o mesura. Es así que el ministro de Finanzas, Lou Jiwei, ha sido apartado del cargo a principios de noviembre. Según el perfil que traza de él The Wall Street Journal, Lou, un experto de probada competencia, apostaba por remodelar el chirriante sistema fiscal y por sentar las bases de un crecimiento más sostenido y apegado a la economía real.

En tal sentido, en octubre de 2014, el ministro estableció que las empresas patrocinadas por los gobiernos regionales, que se habían gastado miles de millones de dólares en faraónicos proyectos de infraestructura, no podían contraer nuevas deudas. Relata el WSJ que, a principios de 2015, los funcionarios locales se quejaron por la abrupta caída de la inversión en edificios, fábricas y otras instalaciones. En mayo, Pekín volvió a abrir el grifo y Lou siguió en su oficina, pero es de suponer que su expediente quedó marcado por ese asunto.

Lo curioso es que, pese al reclamo de políticos y empresarios públicos, buena parte del crédito no está fluyendo precisamente hacia la creación de más riqueza y bienestar material. “Quedan muy pocos sitios en los que invertir en la economía real, por lo que el dinero está yendo a parar a la denominada economía virtual”, dice al periódico estadounidense Yang Delong, economista jefe del First Seafront Fund Management Co.

De los peligros que entraña esta alegre e incontrolada concesión de créditos destinados a la inversión especulativa –una dinámica en la que están atrapados muchísimos bancos chinos–, una “fuente autorizada” advirtió en mayo al Diario del Pueblo que el crédito excesivo, mal manejado, puede acabar provocando una crisis financiera sistémica, una recesión y la destrucción de los ahorros.

La paz social, tan frágil…

Respecto a lo que no se va en especulación, sino en inversiones en las empresas públicas –por más que estas sean poco competitivas–, estaríamos ante una traducción al mandarín del panem et circenses: habría que mantenerlas funcionando y seguir pagando salarios para evitar que un diluvio de despidos provoque un estallido social.

“Quedan muy pocos sitios en los que invertir en la economía real. El dinero está yendo a parar a la economía virtual”

Un hecho es cierto: en la primera mitad de 2016, a medida que la economía nacional se desaceleraba, el número de huelgas repuntaba. Cifras acopiadas por el Financial Times hasta el 30 de junio de este año muestran que habían tenido lugar 1.456 manifestaciones de protesta por parte de los trabajadores, un 19% más que en el primer semestre de 2015.

La cuestión, para Xi et al., es que ese número no siga escalando. Existe una suerte de pacto tácito entre el régimen y el pueblo, en virtud del cual el primero garantiza que la economía marche bien y que haya empleo y ciertos niveles de bienestar material, a cambio de lo cual las grandes masas no plantean problemas al monopolio del Partido en lo político y se abstienen, además, de organizar huelgas y de militar en sindicatos díscolos.

La ralentización económica, sin embargo, puede afectar ese equilibrio. Así lo constató el New York Times en una visita a Hegang (noreste). La zona se ha dedicado tradicionalmente a la minería del carbón, pero una empresa estatal ha tenido que despedir a cientos de mineros y rebajar a la mitad los salarios de los que aún se mantiene en nómina. Ha habido conatos de protesta.

“Hay señales evidentes de graves problemas económicos –escriben los reporteros–. Los carteles de ‘Se vende’ cuelgan de las fachadas de restaurantes que atraen a muy pocos clientes. Los robos aumentan; los móviles y las tapas de alcantarilla son objetivos de los ladrones. Una mujer dice que ha dejado de llevar joyas, por miedo a ser asaltada”.

Se entiende, pues, que para evitar que la situación siga deteriorándose el gobierno pise el acelerador de las soluciones inmediatas, aunque se lleve por delante “señales” como los objetivos de reducción de emisiones de carbono. Al proponerse una mayor inversión en infraestructuras como vía para relanzar la economía, se necesitará más energía, que provendrá de nuevas centrales eléctricas a partir de carbón. Los cálculos gubernamentales hablan de un incremento del 19% en esa modalidad de generación hacia 2020.

Hong Kong, ya sin paraguas

Ahora bien, si las autoridades chinas están maniobrando para que la masa no se soliviante, lo tienen crudo en otro sitio donde la masa viene soliviantada de fábrica: Hong Kong. En ese peñasco rebelde, que se rige por el principio de “un país, dos sistemas”, Pekín ha estado tratando de atar corto a los militantes del movimiento prodemocracia, que en 2014 organizaron la campaña Occupy Central with Love and Peace para rechazar la decisión del Partido Comunista de introducir reformas interesadas en la legislación electoral del territorio. Fue la “Revolución de los Paraguas”.

En aquellos días, Aceprensa contactó con el cardenal Joseph Zen, quien ahora nos actualiza sobre cómo ha evolucionado la situación: “Tras acabar Occupy Central quedó un profundo sentimiento de frustración. El gobierno no hizo nada para reparar el daño. Las fuerzas democráticas se dividieron, y así también las organizaciones estudiantiles”.

En el próximo congreso del Partido Comunista, Xi piensa sustituir a 200 miembros del Comité Central por militantes que le son más fieles

Señala, no obstante, algún logro: “La propuesta del gobierno, que implicaba unas elecciones generales fraudulentas, fue derrotada, aunque extrañamente nadie asumió responsabilidad por ello. Además, en la reciente elección al Consejo Legislativo, los partidos democráticos obtuvieron un tercio de los escaños, con lo que tienen capacidad para tumbar propuestas gubernamentales cruciales”.

Respecto a un suceso más reciente, la obtención de dos asientos en el Consejo Legislativo por parte de una fuerza separatista, Youngspiration, Zen refiere que los jóvenes elegidos perdieron sus escaños al pretender a tomar posesión de estos con una fórmula claramente independentista, que dio motivos al gobierno central para descalificarlos como legisladores. El gesto ha sido criticado además por algunos votantes de Youngspiration, que ven esfumarse toda posibilidad de que el independentismo tenga voz en las instituciones.

Uno de los dos jóvenes es Baggio Leung, quien nos contó las razones de su actuación: “Tras el fracaso de la Revolución de los Paraguas, los esfuerzos del pueblo de Hong Kong se fueron por el desagüe y el movimiento democrático se estancó. La gente comenzó así a considerar cuál era nuestra identidad y a mostrar descontento con la violación de la autonomía de Hong Kong por parte de Pekín. Además, dado que la Ley Básica establece que nuestra forma de vida ‘permanecerá inalterable por 50 años’ desde 1997, ello tendrá un final en 2047. Al constatar las irrespetuosas maniobras de Pekín, nuestro pueblo ha empezado a pensar en su futuro más allá de 2047. Los activistas a favor de la autodeterminación hemos entrado en escena y abierto el debate sobre el futuro del territorio”.

Sobre el impedimento para que él y la otra diputada, Yau Wai-ching, accedieran a sus escaños, señala que “la interpretación de la Ley Básica [por parte del gobierno chino] es un golpe al sistema legal de Hong Kong y es una muestra de que Pekín está estrechando su control. Es de esperar que los valores centrales de nuestra sociedad, que van de la libertad de expresión al imperio de la ley, se disipen”.