La familia africana, del campo a la ciudad

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Duración lectura: 13m. 48s.

Por qué la gente se apiña en la urbe
Nairobi. Aunque el fenómeno de la urbanización es global, la mayor parte de las grandes metrópolis se están formando hoy en el llamado Tercer Mundo. La gente procedente del campo se apiña en las ciudades en busca de oportunidades de trabajo y educación. Un país como Kenia es un buen observatorio para examinar cómo el proceso de urbanización induce cambios en la familia. ¿Hasta qué punto la solidaridad de la familia extensa, la poligamia o la situación de marido y mujer en el matrimonio resultan afectadas por el paso a la civilización urbana?

Si en los suburbios de Nairobi se pregunta a la gente por qué han abandonado el supuestamente idílico campo para trasladarse a donde tienen que pagar alquiler, servicios, además de vivir muchas veces en situaciones nada cómodas, la respuesta es unánime: dinero. En las ciudades hay dinero contante, en el campo no.

Donde hay dinero

Por una larga serie de razones, entre ellas la política del FMI, la actuación de los bancos y el papel de especuladores que se hacen pasar por “inversionistas”, los países del Tercer Mundo se encuentran en perenne penuria de dinero contante y la ciudad funciona como un imán financiero.

Entre todas estas rémoras, los que se apiñan en los suburbios de chabolas ganan, además de dinero, soltura y espíritu de trabajo. Los más educados llegan a hacer alarde de su anglosajonización, ya sea en la manera de vestir, de tratarse o de hablar.

Hay familias a las que el espíritu emprendedor les lleva a encontrar un mercado para rentabilizar unas cuantas actividades caseras, que llegan a ser una fuente de ingresos nada despreciable. Así, se abre una ventanilla en la valla de una casa privada que casualmente se encuentra frente a un colegio: ahí se vende todo tipo de comida barata y sabrosa, que los estudiantes aprovechan en los momentos de recreo. Una ama de casa con afición al bordado empieza a producir prendas exclusivas para niños y niñas, cuyos padres están dispuestos a contentar la vanidad comprándoselas. Un escolar con talento para arreglar televisores se hace un dinerillo en el vecindario, reparándolos por una fracción de lo que cobraría una tienda, etc. Son oportunidades de progreso que sólo pueden surgir en la ciudad.

Familia no tan extensa

Pero el traslado a la ciudad supone también muchas veces pérdidas. Lo primero que corre peligro es la unidad familiar. Es corriente que llegue a la ciudad uno solo de los padres, no la familia al completo. Entonces, la familia se separa de hecho, aunque no de derecho. La madre o el padre se quedan en el campo, con todo el riesgo de infidelidades y de desapariciones. A veces los hijos quedan atendidos por los abuelos, si éstos todavía viven.

Las viviendas que alquilan en Nairobi no están construidas para familias numerosas, sino al contrario. En tiempos coloniales, las autoridades hacían todo lo posible para impedir el asentamiento de africanos en la ciudad. Las dificultades han persistido, y la escasez de vivienda es una de ellas.

En una situación así se tambalea el sentido de solidaridad, primero con la propia familia extensa, luego con la comunidad de origen.

El concepto de familia extensa sigue en pie en la medida en que sigue manteniendo lazos con el mundo rural. Muchas familias urbanas se trasladan a su propiedad del campo durante el fin de semana, donde todos disfrutan con primos, abuelos, sobrinos y otros parientes.

Pero en la ciudad, donde cada cual tiene que defenderse para sobrevivir, es más difícil mantener contactos familiares, no hay ni tiempo ni ganas de ocuparse de los asuntos de los demás. A pesar de ello, el sentido de solidaridad no muere del todo: los periódicos a menudo publican historias de “buenos samaritanos” que han ayudado a las víctimas de un accidente o que han sacado a una persona de apuros financieros o de otra naturaleza.

Los emigrantes pierden también seguridad: quien llega a la ciudad sin amparo de familiares es presa fácil de ladrones, especialmente si se trata de un refugiado de otro país. Sin embargo, la inseguridad ciudadana logra devolver algo del sentido de solidaridad entre gente que vive en la misma zona. En cada barrio, para defenderse de atracos, robos nocturnos, etc., los vecinos han formado comités de familias, que recaudan dinero entre ellos para poner vallas, rejas y barreras, e impedir el paso a desconocidos y a posibles delincuentes. Si el Estado no garantiza la seguridad, la sociedad se organiza.

El sentido religioso sigue vigente

El traslado a la ciudad supone el abandono de la tierra que tenían en el campo. Pero una cosa es que la dejen atrás y otra que la vendan. El africano es muy reacio a vender su propiedad, lo que es un factor potente de estabilidad social. Él sabe que si le falla el trabajo en la ciudad, puede por lo menos sobrevivir volviendo a su tierra.

La ruptura con las propias raíces puede suponer a veces la pérdida del sentido religioso, fenómeno exclusivamente urbano. En las zonas rurales, por supuesto, el ateo no existe, aunque sí el brujo o bruja. En la ciudad los ateos son pocos, pero influyentes. Sin excepción, se trata de intelectuales que han perdido la fe tras su paso por universidades extranjeras, en su gran mayoría británicas o americanas. Muchos de estos, hoy profesores universitarios, se jactan de su irreligiosidad e influyen en los alumnos.

Pero no pasan de ser una minoría. El visitante que llega a Nairobi no puede menos que asombrarse al ver, en cualquier día laboral, la catedral católica abarrotada por más de mil personas oyendo misa de 7 antes de ir a su trabajo. Y no se trata de pobres y desamparados, sino de empleados del Estado, profesionales, estudiantes o, por la tarde, familias enteras que se reúnen allí también para volver a casa.

Cambios en la familia

La situación familiar cambia también con la emigración a la ciudad, para bien y para mal. En África, la institución familiar es ya débil por otras razones, pero la urbanización tiene un efecto evidente.

Entre los efectos positivos hay que subrayar que los jóvenes maduran antes, y, si tienen padres, maduran mejor de lo que lo harían en el ambiente rural. Frecuentan escuelas con electricidad, con laboratorios de ciencia y con buenos maestros, donde también aprenden a tratar con gente de otras tribus, países y culturas.

Esto no ocurría en Sudáfrica en la época del apartheid. El resultado es que en aquel país gente de razas distintas es reacia a tratarse, mientras que un joven crecido y educado en Kenia se porta muy naturalmente donde quiera que vaya. Y esto causa buena impresión. Por ejemplo, un equipo de rugby keniano fue invitado a un torneo en Sudáfrica a mediados de 1998. Jugaron y trataron a sus contrincantes como lo habían hecho siempre. Al final del torneo preguntaron cuánto tenían que abonar por los gastos de estancia. La respuesta los dejó sorprendidos: “No nos debéis nada. Nos habéis causado tan buena impresión que el recuerdo que dejáis es pago suficiente”.

Descenso de la natalidad

Por otro lado, la elevación del nivel educativo de las mujeres hasta la enseñanza secundaria y universitaria se ha reflejado tanto en el retroceso de la poligamia como en el descenso de la natalidad.

El descenso de la poligamia se debe a que una chica con un buen nivel de educación no está ya dispuesta a hacer de segunda esposa, como ocurría antaño.

La tasa de fertilidad neta ha bajado de seis hijos por mujer a poco más de tres, y sigue bajando. Simplemente ocurre que las chicas se casan más tarde. Hay economistas que lo habían previsto desde hace más de veinte años: educad a las mujeres, decían, y la tasa de natalidad va a bajar sin necesidad de promover anticonceptivos. A pesar de todo, la IPPF y varias agencias de la ONU siguen empeñándose en promoverlos.

El dinero de la IPPF sigue teniendo poder. Los promotores han forzado su presencia tanto en las agencias de la ONU como en el Ministerio de Educación. Bajo eufemismos como “educación para la vida familiar”, “higiene para adolescentes” o “el arte de planear la vida” imparten el tipo de educación sexual basada en la mera enseñanza fisiológica y la promoción de anticonceptivos, dirigiéndose a adolescentes desde los 9-10 años. En este momento tienen unos equipos de “expertos” que están llevando a cabo un proyecto piloto en algunas escuelas a espaldas de los padres.

Pero también hay resistencia a estas campañas. En julio de 1998 la Iglesia católica y las confesiones protestantes se dirigieron al gobierno pidiéndole que impidiera la introducción de lo que los promotores de estas campañas en las escuelas disfrazan como Family Life Education. Recientemente se ha extendido en el país un movimiento juvenil en favor de la castidad prematrimonial: True Love Waits (el Amor Verdadero Espera). Se han organizado grupos en varias ciudades, donde chicos y chicas se han dado cuenta de que la ayuda mutua es muy importante para afirmar la propia postura y resistir a las presiones de otros grupos.

Madres solteras y niños de la calle

La necesidad de fomentar una responsable conducta sexual se pone de relieve por dos fenómenos con graves repercusiones: el alto porcentaje de madres solteras y el número creciente de jóvenes que mueren de SIDA. Personal médico afirma que nueve de cada diez ingresados en la sección de incurables de un hospital son enfermos de SIDA.

El fenómeno de las madres solteras, a pesar de ser más llamativo en la ciudad que en el campo, no es sólo efecto de la urbanización, sino también del vacío legal. En la época colonial, en Kenia había una ley que obligaba a los padres de hijos engendrados fuera del matrimonio a hacerse cargo de ellos. Pero hace tiempo que los parlamentarios decidieron abrogar aquella ley, y muchos afirman que lo hicieron para librarse ellos mismos de la carga financiera que suponían sus propios hijos extramatrimoniales.

El resultado salta a la vista: decenas de millares de niños y niñas sin familia, sin comida y sin abrigo, que no han llegado a ser un peligro social debido al gran corazón de mucha gente que dedica sus escasos recursos a darles de comer, cobijarles y educarles.

Una de ellas es una señora, que ha aparecido varias veces en los periódicos, que dedica todos los beneficios de su negocio a dar comida y abrigo a una treintena de niños huérfanos y desamparados. Hay familias que han adoptado a algunos de estos niños, pero en la ciudad esto no es tan fácil como en el campo. Cuando ocurrió el desastre del lago Nyos en Camerún en 1986, que acabó con la vida de 1.700 personas, las agencias de socorro que querían hacerse cargo de huérfanos no encontraron ni uno. Habían sido todos adoptados por familias rurales sobrevivientes.

Y es que la familia tiene sus propios recursos naturales y una enorme capacidad para adaptarse. No es raro encontrarse con gente que, a pesar de haber sido “niños de la calle”, nacidos alrededor de chabolas, a los 30 años ha logrado éxito en los negocios y una posición social desahogada, aparte de haber formado familias sanas en las que el único recuerdo del duro pasado de los padres son las historias que ellos mismos cuentan a sus hijos.

Teleadictos e Internet

La aclimatación a la ciudad incluye también para muchos empezar a familiarizarse con fenómenos urbanos como la tarjeta de crédito, la televisión o Internet.

La primera es bastante rara en África. A muchas amas de casa que empiezan a usarla no se les explica suficientemente que por ser una tarjeta no quiere decir que se trate de una fuente inagotable de dinero. Así que muchas familias han tenido que prescindir de la tarjeta antes de que les hiciera caer en bancarrota.

La televisión actúa como en todo el mundo, aunque el choque que produce en familias recién llegadas del campo es más fuerte. Y como, en general, la capacidad crítica no es elevada entre quienes han crecido más familiarizados con la naturaleza que con la jungla de asfalto, se tragan todo lo que la televisión quiera. Entre los escolares hay mucho teleadicto, pero cabe decir que algunos logran desprenderse de la pantalla. Como los aparatos televisivos son una de las dianas preferidas de los ladrones, hay padres que cuando se les roba el televisor deciden que ya es la ocasión propicia para no comprar otro.

Internet es una recién llegada a Kenia, pero de momento se va estableciendo sólo en las grandes ciudades. La razón está en que la tarifa es la de una llamada local en Nairobi, mientras que en ciudades como Eldoret, Nakuru, Mombasa, etc., es la de una llamada internacional. Además, el monopolio estatal insiste en hacerla pagar como si la distancia tuviera algo que ver con el servicio. Uno de los resultados del servicio de correo electrónico ha sido el reencuentro de parientes y amigos que ni se veían ni se escribían desde hacía décadas. Ahora se envían mensajes. Ha sido otra manera de restablecer lazos, que, si no son tan solidarios como antes, por lo menos son lazos.

Y es que en la ciudad como en el campo, la familia demuestra un gran poder de adaptación para cumplir sus funciones.

Vida en las chabolasObservar directamente el mundillo de los suburbios de chabolas equivale a asistir a valiosísimas clases de economía, que permiten entender mucho más de lo que se aprendería en una universidad. Lo que ocurre por ahí va de lo pintoresco a lo espeluznante.

Por ejemplo, el guardia nocturno que de día se desdobla en usurero. Las cantidades que presta son tan pequeñas que un banco ni se molestaría en considerar el crédito. Pero la falta de liquidez es tal que él encuentra un número suficiente de clientes.

Otro es el pobre diablo que llega al hospital apaleado. Lo que ha ocurrido es que en un momento de descuido, por borrachera, no ha resistido a la tentación de jactarse del dinero que tenía. Y sus atracadores se lo han quitado. Otro, el chófer de autobús (factótum de escuela, jardinero o lo que sea), con una propiedad agraria considerable, que incluye casa de ladrillo, bomba de riego, etc., pero que no gana nada con el trabajo agrícola, y lo que ahorra de su sueldo lo invierte en su propiedad en el campo.

Un suburbio de estos parece estar sumido en el caos, pero no es así. Hay organizaciones, más o menos clandestinas, que lo controlan todo, desde la mendicidad hasta el transporte por medio de minibuses que se autodenominan “matatu”, del nombre de la calderilla que hace treinta años, en tiempos de su aparición, cobraban a sus clientes. Hoy la organización cobra a todos los que quieren entrar en el servicio, y no cobra poco: se trata de una mafia que castiga a todo el que no obedece sus órdenes.

En los suburbios se encuentra de todo, desde el último modelo de televisión (no necesariamente robado) hasta el AK 47 que usa el delincuente (a veces ex policía, o también uno fuera servicio) para robar bancos. El dinero en efectivo robado de un banco beneficia a la liquidez, a pesar de que la manera de incrementarla ha sido un crimen. A veces el robo no es violento: simplemente dos guardias jurados, dejados momentáneamente solos con la furgoneta llena de dinero, se fugan y desaparecen.

Silvano Borruso