Etnia y Estado en Africa

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La paradoja del tribalismo global
Nairobi. Mientras se habla de economía y hasta de política global, los prejuicios étnicos, nacionales y tribales son origen de graves conflictos en el mundo de hoy. En la mayoría de los Estados africanos, donde diversas tribus conviven dentro de las mismas fronteras, se sigue buscando el sistema para que las diferencias étnicas no se conviertan en luchas políticas. Un problema que adquiere perfiles nuevos con los intentos de democracia pluripartidista.

Cuenta Herodoto que los persas pensaban que ellos eran el mejor pueblo del mundo; a sus vecinos los consideraban los segundos por orden de excelencia; a los pueblos fronterizos de sus vecinos, terceros, y así sucesivamente en círculos concéntricos. Los que no han perdido de vista la realidad llamada naturaleza humana, saben que el etnocentrismo ha sido siempre, y sigue siendo, universal. Sería muy divertido, amén de instructivo, hacer un catálogo de términos peyorativos con los cuales los pueblos del mundo se apodan unos a otros. Hace menos de cincuenta años que los chinos dejaron de llamar “perros” a sus minorías no chinas. Y esto para los que vivían dentro de sus fronteras. El término goyim, con que los judíos apodan al resto del mundo, no es más halagüeño: quiere decir, lisa y llanamente, “sementera de animal”. Para los somalíes, “africanos” serán los otros, no ellos.

¿Por qué tribu y no nación?

A quien no vive en Africa puede chocar que los africanos distingan entre “muy negros”, “normales” (es decir, negros), “marrones”, “marroncitos”… Pero los que allí viven no se extrañan en absoluto de oír a uno comentar que no se casaría nunca con una chica “de tez tan oscura”, o de que un jardinero se niegue rotundamente a trabajar “para estos negros” por un sueldo de miseria.

En Africa, como en todos los continentes, hay rasgos antropológicos -faciales, lingüísticos, culturales, etc.- que permiten distinguir a una etnia de otra. Pero cuanto más lejos de ellas viva uno, tanto menos los puede apreciar. En Europa -no digamos ya en América- se tiene una visión bastante borrosa de la realidad africana. Y al revés: los africanos tienen ideas muy vagas sobre las diferencias entre latinos, germanos, celtas, eslavos, etc., y se extrañan de que haya “razas” entre los “blancos”.

La confusión se debe, más que a cualquier otro factor, al mal uso de las palabras, que han consagrado unas categorías inexistentes.

La palabra “tribu”, que Tito Livio usó por primera vez con connotación puramente fiscal, o sea, un pueblo lo bastante numeroso como para pagar “tributo” a Roma, misteriosamente ha llegado a significar un pueblecito de chozas en medio de la selva.

La política colonial de antaño optó por llamar “tribus” a las naciones de Africa, y la costumbre ya está profundamente arraigada. Sin embargo, mirando a la realidad sin anteojos coloniales, no hay razón alguna para apodar, digamos, a los 30 millones de ibos de Nigeria “tribu”, y a los 4 millones de noruegos, “nación”.

En Africa, sólo Swazilandia, Lesotho y Botswana son Estados-naciones de hecho. Los demás responden más bien a lo que antes era la fórmula imperial, es decir, un grupo de pueblos culturalmente diferentes pero bajo la misma autoridad política.

Somalia es un caso aparte. Se trata de una nación verdadera, pero en la cual las lealtades más fuertes se dan a nivel de clanes. Un somalí no entiende por qué tiene que haber una “capital” en Mogadishu, desde donde un señor que no es de su clan tenga que mandarle a él. Y los que han tenido trato con ellos saben de sobra que lo único que les hace entrar en razones es una fuerza mayor.

Las manchas del leopardo

Un modo de hacer convivir naciones distintas bajo una autoridad común ha sido lo que podríamos llamar el estilo Rey Madero, de la fábula de Esopo: sin meterse en los asuntos de la sociedad, pero encargándose de que las naciones bajo su autoridad no se peleen entre ellas. Esto lo lograron las potencias coloniales europeas en Africa.

Cuando Rey Madero pierde el poder ante Rey Culebra, éste impone un gobierno necesariamente perteneciente a una de las naciones que antaño estaban bajo una autoridad común pero neutral. Cuando esto ocurre, se enciende una mecha más o menos larga, pero que inexorablemente llega a la pólvora.

Entre tanto, los sabios “expertos” fabrican ilusiones. Por ejemplo, Jean-Loup Amselle y Elikia M’Bokolo, autores de Ethnie, Tribalisme et État en Afrique, pretenden acabar, dicen, con la idea de “pureza étnica”. Su pretensión de desmontar la noción misma de etnia equivale a intentar quitar las manchas del leopardo con una buena dosis de detergente. Es verdad, como ellos afirman, que las etnias en Africa son realidades “dinámicas” y no fijas; pero de ahí no sigue, como ellos concluyen, que las hayan inventado los etnólogos y colonialistas, como tampoco los zoólogos han inventado las manchas del leopardo.

Una cita de uno de los colaboradores de este libro es significativa. Para Jean Pierre Chrétien, “la coartada étnica” usada para explicar la oposición sangrienta entre hutus y tutsis, que no se distinguen ni por el idioma, ni por la cultura, ni por la historia, ni por el espacio geográfico que ocupan, se debería a “fantasmas pegados por los etnógrafos occidentales sobre el mundo consuetudinario”.

Es verdad que hutus y tutsis no se distinguen por ninguno de esos aspectos, pero se distinguen ¡y cómo! por su raza. Los tutsis son nilóticos, los hutus, bantúes. Curiosamente, los que perdieron su identidad cultural, lingüística, etc., fueron los tutsis. Pero, a pesar de ser siempre minoría, nunca perdieron su conciencia de superioridad racial y, por lo tanto, del derecho a mandar. Lo hicieron durante siglos hasta la llegada de la democracia, según la cual hubieran tenido que ceder el poder a los hutus, mayoritarios. Pero, como era de esperar, se negaron. De ahí las matanzas periódicas entre unos y otros.

Etnias y fronteras

Los somalíes se consideran un caso aparte por la misma razón. Ellos no son ni bantúes ni nilóticos, sino cushitas, junto con la mayoría de etíopes, que también tienen sus divisiones nacionales y raciales en el seno de un mismo Estado. Por eso Haile Selassie descendía de una antiquísima línea de monarcas que se hacían llamar sin ambages “emperadores”.

Una realidad tan compleja se desenmaraña más fácilmente atendiendo a la realidad de las cosas más que al nombre. Los que se llaman tutsis en Ruanda y Burundi, se llaman banyamulenges en el Congo, pero se trata de la misma nación. Ellos han sido la punta de lanza en la rebelión contra Kabila, sostenida por Museveni, de quien se sospecha que es también tutsi, aunque se hiciera pasar por miembro de una oscura tribu de Uganda cuando conquistó el poder en aquel país.

Ahora hay dos Congos, el uno a la orilla izquierda y el otro a la derecha del gran río homónimo. Ya en tiempos de Mobutu, que gobernaba en su propio provecho, la selva se había comido más de 30.000 kilómetros de carreteras por falta de mantenimiento. Es muy difícil que un país tan desarticulado geográfica y étnicamente se vaya a sentir unido en un futuro, próximo o lejano.

Una tribu, un partido

Agrupaciones tribales minoritarias afincadas en tierras de tribus mayoritarias eran antaño inocuas. Estas tribus, de espíritu más emprendedor, habían formado “colonias” en territorios tradicionalmente pertenecientes a otras. Miembros de las dos tribus se habían ido casando entre sí, la riqueza iba en aumento por haber más población y por ende más servicios.

El intento de democracia a través del pluripartidismo lo cambió todo. Contrariamente a lo que ocurre en Europa, los partidos políticos africanos no tienen ideologías ni programas. Simplemente, el representante de una tribu se erige en candidato a presidente, y los miembros de su tribu le votan, sea cual sea su convicción política. En Africa los partidos políticos se alinean según la tribu del jefe y en la campaña electoral, aun sin haber guerra, a veces puede haber muertos de verdad. Si es el gobierno a quien no le gusta que haya un mitin, simplemente envía la policía con porras y bombas lacrimógenas; si es otro partido, puede enviar un individuo que suelta una culebra entre la multitud, o un brujo que empieza a entonar ensalmos y hacer conjuros ante los cuales la masa se volatiliza.

A llegar la democracia, algunas tribus minoritarias asentadas en tierras de otras tribus, siguiendo a sus jefes, se pasaron a la oposición. Esto ponía en peligro el poder constituido, que, no queriendo perder la mayoría, optó por la limpieza étnica. El método era siempre el mismo: unos camiones llenos de policías o de soldados disfrazados de “guerreros tribales” atacaban los asentamientos, “limpiando” toda la zona de los miembros de la etnia no deseada. El día siguiente los periódicos hablaban de “conflictos tribales”, y en las misiones católicas más cercanas se levantaban campos improvisados para alojar a millares de familias con las escasas posesiones que habían logrado salvar, tras dejar a algunos de sus miembros muertos en el campo de batalla.

Con este método, en Kenia han sido desplazadas un número impreciso de personas, que hacen el papel de “refugiados domésticos”, aunque no cuenten para las agencias de la ONU. Como toda investigación, científica, sociológica, etc. requiere permiso oficial, se deniega sistemáticamente a quienes lo piden con este fin.

Descentralizar el poder

¿Cómo resolver el acertijo de la unidad en medio de divisiones tribales? En Tanzania no existe tal problema por ser un país más homogéneo, con gran mayoría bantú. Es decir, la unidad racial natural impide que el pertenecer a una tribu o a otra pueda llegar a ser fuente de conflicto. En Uganda, Museveni intentó una solución: devolvió un mínimo de poderes a las monarquías tribales tradicionales, dejando claro que estos poderes no tenían que desbordarse en acción política. También prohibió los partidos políticos, pero permitió la elección individual de personas que quisieran promover una política de oposición. Pero esto no les gusta a los americanos, que no consideran “democracia” todo lo que no sea su modelo de partidos.

Si los gobiernos africanos se dedicaran a buscar el bien de la colectividad en vez de los intereses de unos individuos o de unas tribus, no tendrían inconveniente en descentralizar el poder hacia la municipalidad, el condado, la provincia, etc.

Si lo hicieran, favorecerían la amalgama de etnias, que podrían, con el tiempo, llegar a unirse en una sola nación. En los centros urbanos, especialmente los más desarrollados, ya ocurre esto. Gentes de variados orígenes étnicos trabajan juntas en las mismas profesiones y oficios.

Pero los gobiernos africanos, por ser débiles, no descentralizan el poder. En Kenia hay un Ministerio de Asuntos Locales cuya función parece ser la de frustrar cualquier intento de que una municipalidad rivalice con el gobierno central.

El muerto vuelve a casaLa convivencia de miembros de varias tribus en la misma ciudad suaviza diferencias, pero hasta cierto punto. Como caso paradigmático valga la institución del cementerio. En las aldeas la gente entierra a sus muertos en la finca paterna, y la Iglesia católica ha aceptado la costumbre, bendiciendo el lugar de la sepultura. En las ciudades hay cementerios, pero la gran mayoría de las tumbas son ocupadas, desde principios de siglo, por no africanos.

Hace más o menos veinte años los africanos empezaron a enterrarse en los cementerios. Pero también aquí se pueden notar las diferencias tribales. En una ciudad como Nairobi, donde conviven miembros de prácticamente todas las tribus de Kenia, los kikuyus han llegado antes al cementerio. Los luos, cuya región de origen es Nyanza (nombre indígena del lago Victoria), a unos cuatrocientos kilómetros de Nairobi, siguen llevando sus muertos a casa. No importa que a la familia le cueste una fortuna tanto el transporte como el gasto que supone invitar al funeral a todo vecino, que -perdiendo jornadas de trabajo- se afinca durante días en la propiedad del difunto, comiendo y bebiendo a expensas de la familia.

La tradición es tan fuerte que, en un caso ya famoso, los ancianos de la tribu luo consiguieron que un tribunal prohibiera a la viuda no luo de un abogado de esta tribu enterrar al marido en su propiedad en vez de en Nyanza. El cadáver del hombre se quedó en el tanatorio durante dieciocho meses a la espera de que el tribunal dictara sentencia.

Silvano Borruso

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