Cobran fuerza las tendencias separatistas en Nigeria

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Duración lectura: 4m. 40s.

Lagos. La inesperada muerte de Moshood Abiola, ocurrida el 7 de julio en extrañas circunstancias, cuando parecía a punto de ser liberado, deja a Nigeria sin el político civil más popular, cuya intervención se preveía clave para la normalización del país. Abiola había obtenido votos de todas las regiones y etnias de Nigeria en las elecciones presidenciales de 1993, anuladas por los militares cuando los datos provisionales del escrutinio lo señalaban como ganador. Su desaparición ha dado lugar a que se manifiesten las profundas divisiones étnicas de Nigeria.

La noticia de la muerte de Abiola desencadenó disturbios, que fueron especialmente graves en Lagos, la ciudad más grande del país, donde turbas de la tribu yoruba -a la que pertenecía Abiola- atacaron a hausas. Los yorubas son del oeste, cristianos en gran parte, y guardan viejos resentimientos contra los hausas, la tribu musulmana del norte, que siempre ha tenido el poder desde la independencia. Los desórdenes, que duraron dos días y resultaron en unos cuarenta muertos, fueron motivados por la creencia de que el gobierno había asesinado a Abiola para eliminar al único yoruba -aunque musulmán- que podía desafiarlo.

Días antes de morir, Abiola recibió la visita del secretario general de la ONU, Kofi Annan. A la salida, Annan declaró que Abiola estaba dispuesto a renunciar a la presidencia y retirarse de la política. Esto no convenció a muchos nigerianos, que interpretaron la visita como un ardid del gobierno para conseguir precisamente que Abiola desapareciera de la escena. Así que la intervención de Annan, considerada positiva fuera de Nigeria, fue mal vista por gran parte de los de dentro.

Unidos por el petróleo

La muerte de Abiola está sacando a la superficie cuestiones fundamentales que estaban latentes. Las elecciones de 1993 fueron las primeras en la historia de Nigeria en que el norte, el este, el sur y el oeste coincidieron en votar a un occidental, Abiola. Para el oeste, deseoso de tener parte en el poder tras varios decenios de dominio norteño, el éxito electoral de Abiola ha sido lo más cerca que ha estado nunca de gobernar. La muerte de Abiola ha dejado a esta aspiración sin una personalidad capaz de unir las fuerzas necesarias. Abiola lo era no por su autoridad moral -se había enriquecido de forma sospechosa- ni por su independencia -era conocido como aliado de los militares hasta que la facción del anterior presidente, general Sani Abacha, lo metió en la cárcel-, sino más bien a falta de mejor candidato en las elecciones de 1993.

Así que muchos nigerianos han empezado a plantear una cuestión que antes casi nadie osaba decir en voz alta: ¿puede Nigeria, con más de 250 grupos heterogéneos, seguir siendo una nación? Aquí muchos siempre han considerado que su propio país es una construcción puramente artificial, en que se juntó a gentes y regiones muy distintas en idioma, religión y cultura.

¿Por qué, entonces, la división del país ha sido un tema tabú? Se ha dicho que la razón es el petróleo, del que Nigeria es uno de los mayores productores del mundo. El petróleo se extrae en el sur, en la zona del delta, donde viven los ogonis, tribu que desde hace tiempo reclama la autodeterminación. El petróleo es la principal fuente de ingresos para Nigeria, y los del norte no se hacen a la idea de quedarse sin él.

Por otro lado, si el país se dividiera, es de temer que los cristianos -bastante numerosos- que viven en el norte serían oprimidos por los musulmanes, que aspiran a un gobierno islámico. Además, el problema con la división del país es que no tendría fin. Cada grupo podría reclamar su propio Estado. Lo que no dejaría de originar tensiones: por ejemplo, las aspiraciones de los ogonis a la independencia encontrarían resistencia por parte de las otras regiones, no sólo el norte, a causa de los yacimientos petrolíferos del delta. Por eso, algunos nigerianos piden un gobierno descentralizado: un “auténtico federalismo”, dicen, con sistemas judiciales y órganos ejecutivos autónomos.

Toda posible solución está pendiente ahora del retorno a un régimen civil, previsto para el próximo 1 de octubre, según la promesa de Abacha. La mayoría de la gente consideraba fraudulento el programa diseñado por Abacha para la transición, y al cierre de esta edición, el nuevo presidente, general Abdulsalam Abubakar, todavía no había desvelado el suyo. Abubakar ha mantenido conversaciones con el movimiento democrático, en especial con la National Democratic Coalition (NADECO), el grupo más importante. NADECO reclama elecciones libres, pero no organizadas por la junta militar. Primero, dice, habría que formar un gobierno de unidad nacional, que sería el encargado de convocar los comicios. Pero antes habría que iniciar un diálogo constitucional para contestar las siguientes cuestiones: ¿hay que mantener la unidad nacional? y, si se mantiene, ¿en qué condiciones? Para NADECO, la respuesta obvia a la primera pregunta es sí, pero a condición de que el norte comparta el poder con el sur.

En el país reina ahora una tensa calma. Hay indicios de que, más tarde o más temprano, se producirá un estallido. Está por ver si será una explosión general o se reducirá a algunas bolsas de resistencia.

Eugene Agboifo Ohu

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