Yo escogí la libertad

Ciudadela. Madrid (2008). 491 págs. 21,50 €.

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Yo escogí la libertad ofrece una lección de intrahistoria desde la perspectiva de un cargo político del régimen soviético, un auténtico superviviente. Ciudadela ha acertado al reeditar este libro, que fue publicado en 1946 después de que Kravchenko obtuviera asilo político en Estados Unidos, donde trabajaba como agregado comercial en la embajada soviética en Washington, cuando ambos países eran todavía aliados.

De manera autobiográfica el autor recoge las terribles consecuencias de la revolución soviética. Lejos de centrarse en remover las cloacas del poder, por las que pasa casi de puntillas, Kravchenko toma el hilo de su vida para ofrecernos una perspectiva única del comunista con cargo, y beneficios, que mantiene un pie en la realidad a través de su familia, sus amigos, y un sentido crítico que se va afilando con el tiempo.

Veinticinco años de historia van pasando por los ojos del lector con un realismo inusitado. Se construye así un libro imprescindible para conocer las entrañas de la maquinaria del régimen soviético, con extensas revelaciones sobre los dramas de la colectivización, el Gulag y los trabajos forzados, las purgas en el partido y, en general, el terror bajo Stalin. Son rasgos hoy sabidos, pero que en 1946 supusieron una auténtica primicia. Hasta el punto de que la maquinaria de propaganda soviética y de los partidos comunistas occidentales dirigieron sus tiros contra Kravchenko, lo que dio lugar en Francia en 1949 a un célebre juicio que ganó el disidente,

Por el testimonio del autor, podemos deducir una dramática evolución en revolucionarios como Kravchenko: a la ilusión inicial suele seguir el desconcierto, a continuación la huida de la realidad y la propaganda, y más adelante un periodo en el que conviven la rebeldía con el miedo, aderezado todo por el instinto de supervivencia, propio y de las personas cercanas, ante la continua amenaza de cárcel y de muerte. Al final la única manera de mantener un régimen político totalitario es a través del terror, que tiene como única condición la de aumentar su brutalidad proporcionalmente al malestar de la población para evitar cualquier amago de rebelión o simple revuelta.

En estas páginas quizás algunos encuentren alguna respuesta, parcial, al perpetuo interrogante histórico que plantean los grandes sistemas totalitarios y sus atrocidades: cómo es posible tanto mal, cómo arraiga la deshumanización en toda una nación.

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