Veo a Satán caer como el relámpago

Anagrama.
Madrid (2002).
248 págs.
13,80 €.
Traducción: Francisco Díez del Corral.

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El libro se inscribe en el género ensayístico y su temática sui generis pertenece a la antropología cultural. Sin embargo, no es una obra al uso, pues lo que pretende reiteradamente es probar una tesis: que el origen de los mitos está en la ocultación de la violencia mimética y que sólo la Sagrada Escritura la ha desvelado, poniendo de manifiesto su engaño intrínseco.

El mito consiste en personificar los acontecimientos naturales y las fuerzas del mal (las Furias, Zeus tonante, Edipo que trae la peste a Tebas…), creando así unanimidad colectiva por contagio, primero en contra y luego a favor de la primitiva víctima, a la que se sacraliza como un héroe o como un dios. El mismo mecanismo actúa cuando se busca un chivo expiatorio que aglutine a las colectividades, como ocurrió en el caso Dreyfus y en el antisemitismo subsiguiente. Condición para que el mito surta este efecto vinculante es que el apasionamiento mimético no aparezca como tal, originándose una extraña simbiosis entre la víctima y el verdugo.

En contraste con ello, en la Revelación bíblica aparece la verdad de la culpa y la verdad de la víctima, sin confusiones. No hay ocultamiento de ningún proceso colectivo, sino que “en lugar de escamotear una vez más el secreto del mecanismo victimario, los cuatro relatos de la Pasión lo propagan por los cuatro rincones del mundo y le dan una gigantesca publicidad” (p. 193).

El autor encuentra en Satán las mismas características de los mitos: ser mentiroso, homicida, príncipe de este mundo…, sólo vencido por la verdad de la Cruz que él mismo contribuye a instaurar. Dios ha triunfado desde el instrumento de condena urdido por sus verdugos. Este poder incólume es inherente a la representación de la verdad: pues en él no es la violencia ciega la que hace aparecer una verdad ilusoria, sino que es la verdad la que desenmascara las ilusiones que provoca la violencia ciega. Consecuencia de ello es que, frente al consenso sin fisuras en la persecución de las víctimas, el judaísmo y el cristianismo la desautorizan, provocando el disenso.

A la anterior exégesis del diablo le sigue una exégesis del Anticristo, el cual estaría presente en las formas paganas contemporáneas que pretenden hacer suya la preocupación por las víctimas que es originaria del cristianismo.

Cabe objetar a Girard su simplificación, al querer explicar desde los mitos la cohesión de las sociedades entendida al modo durkheimiano y al dar una única explicación -desde la violencia- de la formación de los mitos. Es sintomática la escasez de ejemplos históricos de lo que con alcance general quiere probar (se podría aquí decir lo de que qui nimis probat, nihil probat). Por otro lado, la exégesis que se hace de Satán es a veces incompatible con su realidad personal de ángel creado, aunque acierte en aspectos parciales.

Urbano Ferrer