Una historia de Dios

Paidós.
Barcelona (1995).
521 págs.
4.500 ptas.

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email

Karen Armstrong fue monja católica durante siete años. Ahora es profesora en el Leo Barck College for Study of Judaism y miembro honorario de la Association of Muslim Social Scientists. Abandonó su orden religiosa en 1969, según dice ella misma, tras una crisis de fe respecto a la divinidad de Jesucristo, y sobre todo por no saber si “la doctrina de la Trinidad, al igual que otros muchos artículos de la fe, fuera un producto de varios siglos de teología después de la muerte de Cristo en Jerusalén” o algo “enseñado en el Nuevo Testamento”.

Este planteamiento subyace a la orientación del libro y la explica. Armstrong describe la formación del concepto de Dios en las tres grandes religiones monoteístas (el judaísmo, el cristianismo y el islam). Lo hace en su desarrollo aparentemente histórico y desde las distintas facultades humanas: la razón, la imaginación y el sentimiento.

Sostiene que Dios no puede demostrarse por medio de argumentos –la razón–, sino sólo captarse mediante la oración y la contemplación. Más que “un hecho objetivo”, “una noción intelectual”, Dios es “una experiencia subjetiva”, interior, a la cual “hay que acercarse desde la imaginación”, como hacen los místicos.

Armstrong apunta que el hombre concibe a Dios de maneras diversas, de acuerdo con su formación y su entorno socio-cultural. Pero de ahí pasa a una visión dominada por el relativismo histórico. Las ideas sobre Dios no son sacrosantas, sino provisionales, reformables… en evolución permanente, dependientes del contexto personal e histórico. Así, la Trinidad, afirma, es una helenización del concepto bíblico de Dios, operada en el siglo IV. Por tanto, la supervivencia de un concepto determinado de la divinidad y de una creencia en Dios depende de su “utilidad” y de su adaptación a la mentalidad de cada época histórica. Y en la nuestra, “parece que la idea de un Dios personal es cada vez más inaceptable”.

Es indiscutible la erudición de la autora, si bien a veces su superficialidad resulta casi inexplicable, por ejemplo en el concepto totalmente equivocado del duhkha budista (p. 30). Dentro de su tendencia a acentuar lo común a todas las religiones, se nota una especie de alergia hacia lo cristiano y cierta predilección hacia el islamismo. Esto le lleva a hacer afirmaciones como la de que en el islamismo hay más igualdad entre hombre y mujer que en el cristianismo; o a subrayar la supuesta desconfianza del cristianismo ante los avances científicos, mientras que los musulmanes nunca habrían considerado las ciencias naturales como un peligro para la religión. Lo cual hace bastante misterioso que la ciencia moderna haya surgido y se haya desarrollado precisamente en la civilización de matriz judeo-cristiana.

La autora tiene razón cuando afirma que la idea de Dios que se hacen los hombres depende de su cultura. No la tiene cuando da por supuesto que el conocimiento analógico, racional, es completamente inadecuado aunque sea oscuro, y que ese es el único modo de acceso a la divinidad, silenciando del todo la revelación sobrenatural. A la pregunta ¿cómo es Dios?, el cristiano tiene una respuesta clara: Jesucristo.

newsletter
cabecera_aceprensa

Reciba semanalmente por correo electrónico nuestros titulares