Un modelo para la filosofía desde la música. La interpretación adorniana de la música de Schönberg

David Armendáriz Moreno

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EUNSA. Colección “Cátedra Félix Huarte”. Pamplona (2003). 320 págs. 18 €.

A David Armendáriz le agradecíamos ya una de las publicaciones pioneras de la Cátedra Félix Huarte, Una conversación con Cristóbal Halffter (2001), notoria no sólo porque aproxima al lector profano, de modo vivo y al hilo de experiencias biográficas, la comprensión de la necesidad de donde nace el arte, sino también porque recupera uno de los géneros filosóficos por antonomasia, el diálogo. Un modelo para la filosofía desde la música, segundo libro de Armendáriz, es admirable por su plan: está articulado según una estructura nítida, de modo que el lector sabe en cada momento en qué punto del recorrido se encuentra, lo cual a su vez testimonia la claridad con que el autor ha comprendido un planteamiento que en sí es muy complejo.

Theodor Adorno (1903-1969) encontró en la música de Arnold Schönberg (1874-1951) un modelo musical que luego transfirió a la filosofía para elaborar su propio pensamiento. Adorno ve que en lo singular hay un anhelo real de universalidad. Lo singular no es un individuo aislado e incomunicable, abocado al “dolor y la soledad”, sino que en él hay una tensión real hacia lo universal, en lo cual se encuentra con los otros individuos. Pero a su vez, esta universalidad no existe fuera de la realización de tal anhelo. Por ejemplo, el hecho histórico de la autoproclamación de Napoleón como emperador significa la absolutización del sujeto moderno, pero no porque meramente la represente o la simbolice, sino porque la funda. Napoleón no actúa con arreglo a una noción, sino que su acción (concreta) crea el significado (universal).

Como en una universalidad tal, entendida como realización del anhelo real de los singulares, los singulares se encuentran, Adorno la llama también paz. Esta paz se encuentra más allá de opuestos excluyentes: tanto de una naturaleza hipostasiada como esencia inmutable -hay que desmitificar la naturaleza, dirá Adorno-, como de una historia entendida como el despliegue de un plan racional que va desechando progresivamente lo particular por innecesario. Pero la paz está también más allá tanto de una naturaleza como de una historia entendidas como mera contingencia.

En el dolor de un sujeto que ya no puede reconocerse en estas alternativas excluyentes y parciales, y en la necesidad de superarlo, Adorno ubica sus interpretaciones de los cuatro músicos que guían su pensamiento: el último Beethoven, Mahler, Wagner y Schönberg. El dodecafonismo tiene su génesis en el rechazo de la unidad formal como un marco previo dentro del cual se produce el despliegue de los elementos singulares sometidos a esa forma previa -así interpretaba Adorno la forma sonata-, y en dejar que la unidad fuera surgiendo a partir del propio dinamismo de los singulares. Sin embargo, Schönberg, según la crítica de Adorno, acabó sucumbiendo a la incomunicabilidad de lo singular. Y Adorno, así termina la interpretación de Armendáriz, también.

Alberto Ciria

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