Un instante de silencio en el paredón

TÍTULO ORIGINALA gondolatny csend, amig a kivégzöosztag ujratölt

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Herder. Barcelona (1999). 143 págs. 1600 ptas. Traducción: Adan Kovacsics.

Imre Kertész fue deportado, como tantos miles de judíos húngaros, a los campos de exterminio nazis. Estuvo en Auschwitz en 1944, experiencia que relató en su novela autobiográfica Sin destino (ver servicio 84/96). Sin embargo, sus negativas experiencias de la vida no terminan ahí. Después de la Segunda Guerra Mundial, y durante más de cuarenta años, Hungría sufrió los desmanes de un comunismo que, con unas tácticas distintas a las de los nazis, volvió a despreciar al hombre concreto en beneficio de una causa colectiva y supranacional. Hablando de los años del comunismo, se refiere a ellos como los de su “exilio interior”.

El trágico resultado de estas dos experiencias han hecho mella en su espíritu, como se puede comprobar en Un instante de silencio en el paredón, conjunto de conferencias, cartas y artículos escritos en la década de los 90, precisamente cuando su país ha recuperado la ansiada libertad. En estos textos, desde su condición de judío no practicante ni nacionalista, explica las consecuencias que estos totalitarismos han tenido para su propia vida y la de su país. Uno de los objetivos de este libro es precisamente hacer lo posible para que el pueblo húngaro no olvide su pasado, aunque esto suponga realizar una complicada catarsis colectiva. Para Kertész, lo sucedido en los campos de exterminio no puede reducirse a un simple enfrentamiento entre nazis y judíos; se trata de “un asunto traumático de la civilización occidental”, que “demostró que debemos cambiar de forma radical la visión del hombre creada por el humanismo de los siglos XVIII y XIX”, que condujo a estos desvaríos totalitarios.

A Kertész le espanta la facilidad con que los regímenes totalitarios se hicieron con un poder absoluto, provocando oleadas de populismo acrítico y de irracional agresividad. Las patéticas vivencias de estos acontecimientos históricos le han provocado una natural repulsa política hacia las masas, hacia “la manera en que se las suele dirigir, tener a raya y divertir”. Para Kertész, la desconfianza de los totalitarismos hacia el hombre concreto era y es enfermiza. Por eso, los resultados artísticos de estos años fueron totalmente nulos: “De hecho, no conozco una obra verdaderamente importante y creíble, concebida en el mundo totalitario de la cruz gamada o de la hoz y el martillo o dedicada a él, que no lo describa por fuera desde su lado absurdo o por dentro desde la perspectiva de las víctimas”.

Adolfo Torrecilla

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