Todo lo que hay que saber a los siete años

TÍTULO ORIGINALWeltwissen der Siebenjährigen

GÉNERO

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Destino. Barcelona (2004). 267 págs. 18 €. Traducción: Nuria Villagrasa.

Este libro ha tenido una gran difusión en Alemania, su país de origen; su contenido es fruto de la investigación durante tres años sobre la educación en ese país, en el tramo de edad inferior a los siete años.

En primer término se plantea la cuestión que da origen a la obra: ¿qué debe saber un niño al llegar a los siete años? 150 alemanes respondieron a las preguntas de un cuestionario preparado por la autora, que aporta inicialmente el balance del proyecto desarrollado por Comenius en el siglo XVII para elaborar una síntesis completa y coherente del mundo que debía conocer un niño.

La autora parte del apriori según el cual los niños que ahora tienen cinco años,cuando lleguen a la madurez vivirán en un mundo donde no existirán ni la familia estable ni el trabajo fijo. Partiendo de esa premisa: ¿cómo preparar a un niño actual para ese mundo? En todo caso, Elschenbroich postula que el niño necesita adquirir algunos hábitos: “la naturaleza humana no resiste tener que encontrar todos los días razones para lavarse los dientes”.

El contenido de la encuesta es de calidad muy desigual, tanto en las preguntas como en las respuestas. El carácter abierto y heterogéneo de las cuestiones planteadas dificulta el orden y la sistemática. Las respuestas, en función de la edad y otras circunstancias de los encuestados, reflejan bien los vaivenes pedagógicos que ha sufrido Occidente desde mayo del 68 hasta el momento actual. Hace pensar la entrevista con el matrimonio De Mello (pg.143-146) que manifiesta las expectativas de una familia de inmigrantes indios.

En la tercera parte, se reúnen distintas tesis sobre la cuestión bajo el título “estampas educativas”: junto a propuestas interesantes se recogen otras de escaso interés. Se cierra la obra con la valoración de la autora sobre la calidad de la educación preescolar en unos pocos países. El panorama que presenta de ese tramo educativo en EE.UU. es desolador: la mayoría de los niños están atendidos por un personal muy poco cualificado. En Inglaterra, en los últimos años, se está tratando de implicar más a los padres en el proceso que no podemos llamar de educación sino de instrucción. En Japón, la infancia es la época dorada de la permisividad, antes de integrarse en un sistema educativo y social muy rígido. Sin embargo, el alto prestigio social de los profesores de preescolar en Japón facilita una educación de calidad. Hungría sigue teniendo un alto nivel educativo en su tradicional punto fuerte: la educación musical.

El libro es un reflejo de la pobreza antropológica de parte de la sociedad alemana. Al hablar de la educación religiosa todos los entrevistados reconocen unánimemente su necesidad, aunque algunos muestran su confusión doctrinal a la hora de narrar sus experiencias.

Se echa en falta una referencia a la primera necesidad que se percibe al entrar en contacto con la infancia: la importancia de fortalecer la familia como factor decisivo para el éxito de cualquier política educativa; esto último ya lo señaló hace años el Informe Coleman, pero seguimos ignorando sus consecuencias.

José Manuel Mañú