Temblores de aire: en las fuentes del terror

Pre-Textos.

Valencia (2003).

140 págs.

12 €.

Traducción: Germán Cano Cuenca.

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Peter Sloterdijk (Karlsruhe, 1947) es un filósofo alemán que ha alcanzado notable fama -en comparación con la mayoría de sus colegas- con libros como Esferas, Extrañamiento del mundo o Crítica de la razón cínica. En Temblores de aire, su singular propósito es exponer “la conexión dialéctica o genético-temática entre terrorismo y explicación del contexto”. Aquí ya se aprecia la típica estrategia de ensayista: tratar sobre temas sacados de la actualidad periodística con un discurso tomado de la corriente filosófica de turno para presentar una supuesta comprensión profunda de la época contemporánea.

Sloterdijk parte del supuesto de que “en lo que te mueves, eso tú no lo sabes”: esa idea, siempre asociada a Goethe y Heidegger, de que el hombre no es consciente de lo que le resulta lo más inmediato, precisamente porque le es lo más inmediato, de modo que, para llegar a conocerlo, le es preciso establecer una distancia, una mediación. Al elemento o medio ambiente donde uno desenvuelve espontáneamente su vida se lo puede llamar “contexto”. Ahora ya sabemos a qué llama Solterdijk “explicación del contexto”: hacer expreso, a través de una mediación, el elemento o el medio en el que el hombre lleva espontáneamente su vida.

Hasta aquí no se ha dicho nada que no se haya archirrepetido en las más dispares variaciones. Pero Sloterdijk pasará a la historia de las ocurrencias y entrará en el Walhalla de los pensadores originales por sostener que eso, evidenciar lo inmediato a través de una mediación, es la función principal de… ¡el terrorismo! En virtud de esta “explicación del contexto”, “el terrorista comprende a sus víctimas mejor de lo que ellas se comprenden a sí mismas”.

He aquí la tesis del ensayo. El elemento más inmediato en el que el hombre se mueve es el aire, que, precisamente por eso, es el más inaprehensible e imperceptible, pero también el más necesario. El terrorismo por antonomasia es el que atenta contra el aire, y para él tiene Sloterdijk también la palabra certera: “atmoterrorismo”. Evidentemente, como “en la medida en que uno se comprende a la luz de este violento potencial de explicitud (…), no tiene más remedio que admitir su disposición a participar en los procesos de la Modernidad”, el atmoterrorismo es la forma moderna del terrorismo.

Para identificar un acto como terrorista, según Sloterdijk es esencial que el acto no se dirija directamente contra la víctima, lo cual sería algo todavía demasiado implícito y acontextual, sino contra las condiciones de vida medioambientales. ¿Y qué sucede con atentados terroristas por disparo directo? Supongo que, para Sloterdijk, serán formas retrógradas y acontemporáneas de terrorismo.

Que la tesis de este ensayo sea falsa, es ya lo de menos. Lo más grave es trivializar el terrorismo de esta manera, reduciéndolo de la forma más estrafalaria a mera técnica hermenéutica, y desdefiniéndolo de modo que, a partir de esta publicación, cualquier acción encaminada a hacer ver algo podrá ser calificada de terrorista. Quien realmente quiera leer un auténtico estudio del terrorismo en toda su hondura, primero como tragedia humana -tanto para la víctima como para el propio terrorista-, y luego como fenómeno contemporáneo con el señalamiento de sus fuentes, hará mejor leyendo Los demonios, de Dostoievski.

Alberto Ciria