Stalin

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Palabra. Madrid (2003). 990 págs. 34 €. Traducción: Mercedes Villar.

Jean-Jacques Marie, director de la revista de historia Cahiers du Mouvement Ouvrier, ha dedicado cuatro décadas al estudio de la figura de Stalin, y fruto de ello es esta biografía editada originalmente en 2001. Marie acaba de publicar otra biografía de Lenin (2004), que se añade a la larga lista de obras sobre historia de Rusia y de la URSS que ha publicado desde 1968.

El autor mantiene desde la introducción que Stalin no era un revolucionario comunista. Marie se niega a “ver en la ideología el móvil de unas decisiones que en realidad obedecen a motivos económicos, sociales y políticos escondidos bajo ella”, decisiones adoptadas por alguien que actuaba “disimulando su auténtico rostro” y acusando a otros de hacer lo que él hacía. Esta pretensión de salvar la ideología “traicionada” es típica de quien escribe desde un punto de vista trotskista, pero tropieza siempre con el hecho de que solo podemos juzgar al comunismo por las transformaciones que realmente introdujo en el mundo.

Aún hay expedientes reservados en los fondos sobre Stalin en Moscú, pero lo ya conocido permite al autor realizar una biografía monumental. En particular, la documentación sobre su infancia, sobre sus últimos años y su intimidad aporta luces particulares. En el seminario de Tiflis, Iosiv Dzhugashvili dejó de creer en Dios, pero sobre todo dejó de creer en los hombres, y aprendió cómo engañarlos: aprendió a dominar (y ocultar) sus sentimientos, a evitar los enfrentamientos, a ganar influencia hasta imponerse sin piedad a sus enemigos. Sería aventurado afirmar que Stalin carecía de ideario, pues en su juventud le preocupó la situación de los obreros; pero si algún instinto privó en él fue el de supervivencia, hasta el punto de desconfiar de todo y de todos (incluidas las teorías de los intelectuales-ideólogos).

¿Cómo es posible que un personaje con pocas dotes intelectuales, agresivo pero tímido, se convierta en el mayor de los déspotas? Quizá por el ejemplo de Hitler, estamos demasiado acostumbrados a esperar de un dictador que haya sido un león rugiente, un formidable demagogo, y olvidamos que también los camaleones son depredadores. Stalin no toma parte en actos decisivos de la revolución rusa. No interviene en discusiones ideológicas, pero se mantiene dentro del aparato; no es popular, y sus decisiones militares en la guerra civil resultan desastrosas. Mientras tanto, acumula cargos de segunda fila pero cada vez más influyentes. El que no le ignora, le subestima, y nadie le teme. Tras la muerte de Lenin, conseguirá moldear el partido a su gusto, eliminando a los trotskistas.

Una vez dueño de las riendas del partido, Stalin impondrá la colectivización agrícola, al precio de siete millones de muertos, y realizará las purgas en el partido y el aparato del Estado: 685.000 personas serán fusiladas entre 1937 y 1940. Stalin murió sin que nadie se atreviera a gritar que el rey iba desnudo. El miedo había calado muy hondo. Sin embargo, su brutalidad había sido tan evidente que sus herederos no pudieron sino reconocerla. El propósito de Marie termina con la biografía de Stalin, su obra carece de conclusiones. Pero, sin duda, da al lector abundantes elementos de juicio.

Santiago Mata

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