Salvemos la comunicación

Gedisa. Barcelona (2006). 202 págs. 16,80 €. Traducción: Margarita Polo.

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No es modesto el objetivo del autor del libro: “Salvar la comunicación es, ante todo, preservar su dimensión humanista: lo esencial de la comunicación no son las técnicas, los usos o los mercados, sino la capacidad de vincular herramientas cada vez más eficaces a valores democráticos, como hemos visto en el inmenso movimiento de solidaridad mundial que se generó a raíz del tsunami que se produjo, en diciembre de 2004, en Asia meridional”.

Wolton, estudioso francés de los medios de comunicación, hace un repaso de los fenómenos comunicativos de este siglo y de sus enemigos, con amplia bibliografía para cada capítulo y un glosario final muy útil.

Analiza también la creciente falta de legitimidad del periodista: la banalización, la inmediatez, la espectacularización de la información son las lacras que Wolton, con acierto, critica. En su repaso de la situación de la comunicación denuncia la generalización de las ideas blandas que constituyen lo políticamente correcto, lo preconcebido y nunca cuestionado.

En principio todos podemos estar de acuerdo con estos enunciados, que, sin embargo, ya anuncian la mayor limitación del libro y que más adelante queda clara: “Salvar la comunicación es pensar una teoría de la comunicación como teoría política. O más exactamente, subrayar las implicaciones de una teoría de la comunicación en sus relaciones con la democracia”.

Wolton mantiene la creencia en el modelo ilustrado, que tantas limitaciones ha mostrado, y que de modo especial en el siglo XX ha producido lo contrario de lo que pretendía alcanzar. En vez de una paz universal nos encontramos con el siglo de las tiranías y las guerras mundiales. Por ello, el libro se muestra demasiado vinculado a un mundo que ya se siente caduco. El autor cree que el reconocimiento del individuo y la libertad comienzan en el siglo XVII y mantiene una concepción corta de la libertad que identifica con independencia.

Wolton centra de modo excesivo la atención en la sociedad europea y en lo que él llama “el laboratorio de la francofonía” y de la Francia multicultural. Vincula así demasiado a su modelo político y cultural una cuestión tan universal y atemporal como es la comunicación.

El libro, por tanto, es muy enriquecedor en algunos aspectos, mientras que sus limitaciones también ayudan a entender el fracaso de una teoría de la comunicación demasiado vinculada a la sociología.

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