Risa redentora

Peter Berger

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Kairós. Madrid (1999). 343 págs. 2.500 ptas.

Peter Berger (Viena, 1929) es un conocido profesor de sociología en la Universidad de Boston. Lo más sorprendente de este polifacético personaje es que también enseña teología en la misma Universidad, y que ha dedicado prácticamente la mitad de sus libros a temas religiosos. Para Berger una sociología del conocimiento (su especialidad) es imposible sin una sociología de la religión, pues la religión es el universo simbólico legitimador por excelencia. Y, a diferencia de otros mandarines universitarios, Berger no estudia la religión “desde fuera”, sino que se confiesa profundamente cristiano desde su juventud, cuando estudiaba en el Seminario Luterano de Filadelfia.

Los sociólogos conocen normalmente a Berger por el libro titulado La construcción social de la realidad, escrito en colaboración con Thomas Luckmann, cuya tesis central es que todo conocimiento (científico, moral, religioso, objetivo, subjetivo, etc.) depende de formas de organización social contingentes. Las instituciones sociales conforman nuestras mentes, y orientan nuestras posibilidades de conocer. Como se ve, la realidad es, para Berger, un fenómeno de construcción subjetiva, aunque no de tipo subjetivo-individual (como en Kant), sino subjetivo-social (como en Durkheim). Esta tesis se opone, claro está, a una visión metafísica de la realidad, según la cual es posible alcanzar verdades objetivas, válidas para todo tiempo y tipo de sociedad.

Otra consecuencia inevitable del sociologismo es la relativización de las instituciones. Esto lo expuso claramente Berger, con referencia a las instituciones religiosas, en un ensayo titulado Una gloria lejana. Las instituciones son necesarias, pues sin ellas se desvanecerían las experiencias religiosas de los individuos. Pero tienen dos aspectos negativos: son una barrera para reconocer la autenticidad de la experiencia de otros grupos, y a la larga terminan distorsionando la experiencia originaria y sometiéndola al interés de la propia supervivencia. No es de extrañar, por eso, que Una gloria lejana dejara sin resolver el problema de la elección de la confesión cristiana por parte de un sincero creyente. Según el autor, lo mejor sería buscar algo intermedio entre el catolicismo romano (que exige creer en demasiadas cosas) y el protestantismo liberal (que cree en demasiado pocas).

Risa redentora no contiene ninguna novedad en este aspecto. Pero, si dejamos al margen la cuestión institucional, se puede decir que es un loable intento de redescubrir lo sobrenatural por medio de cauces abiertos en el pensamiento contemporáneo. Al igual que han hecho el existencialismo y el humanismo religioso de nuestro siglo, Berger parte de la antropología para dar el paso a la teología. Intenta algo así como una formulación inductiva de la fe, a partir de experiencias empíricas sobre el hombre (en este caso, de la experiencia de lo cómico). Esta forma de llegar a lo divino por lo humano, que no es sino prosecución de lo que ya intentara Schleiermacher, puede parecer un poco endeble y heterodoxa. Pero estamos ante un esfuerzo por presentar el testimonio cristiano en el mundo de la sociología. Y ya sólo por esto merece respeto.

Risa redentora es un libro difícil de clasificar, pues se sitúa en la encrucijada de la teología, de la sociología y de la filosofía. Es decir, en esa tierra de nadie que, por su ecléctica formación y por su talante original, tanto le gusta a Berger. El profesor de Boston se siente distante de toda ortodoxia que pueda derivar en una opresión de su conciencia libre, pero tampoco se repliega en el ghetto individualista de esa conciencia. En definitiva, intenta no tomarse demasiado en serio las instituciones, sean religiosas o científicas. Y por eso se ríe un poco de todo: porque la experiencia de lo trascendente, piensa, le permite reír y jugar con las modestas proporciones de la existencia humana.

Gabriel Vilallonga

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