Reflexiones sobre la violencia

TÍTULO ORIGINALReflections on Violence

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Alianza. Madrid (2000). 166 págs. 1.650 ptas.Traducción: Pepa Linares.

En el discurso político oficial sigue plenamente vigente una idea del racionalismo del siglo XVIII y sobre todo del pensamiento kantiano: la implantación de instituciones adecuadas debe traer automáticamente la paz y el bienestar social. Pero la persistencia de la violencia niega el optimismo de quienes conciben el orden social en función de una organización jurídica racional. John Keane pone de manifiesto que ni la teoría política ni los políticos han reflexionado sobre la violencia y ésta se ha convertido en coto casi exclusivo de los estudios de psicología, psiquiatría o criminología. Pese a todo, la legitimación de la violencia en la construcción de un nuevo orden social ha ido perdiendo terreno en las sociedades democráticas al tiempo que se ha idealizado la sociedad civil.

La concepción actual de la sociedad civil hunde sus raíces en los ideales humanistas del Renacimiento y la Ilustración. Sociedad civil equivale a civilización, civilización es sinónimo de refinamiento y, en consecuencia, se ha creído que los hombres “refinados” nunca utilizarán la violencia contra el prójimo. Por tanto, la instauración de sociedades civiles modernas reduciría al mínimo el problema de la violencia.

Este optimismo ingenuo sigue presente en muchas de las teorizaciones actuales sobre la sociedad civil. Es cierto que en las sociedades civiles occidentales triunfan los discursos pacifistas y contrarios a cualquier violencia. Se diría que todo confirma la tesis de Kant de que una sociedad civil tiene tendencia a la paz perpetua, pero esto no puede hacer olvidar la realidad de la existencia de tendencias violentas: un estadio de fútbol o un vagón de metro pueden convertirse en improvisado campo de batalla.

Estamos ante una cuestión ética, pese a que algunos no quieran reconocerlo. El propio Keane rechaza que determinadas actitudes sociales puedan ser etiquetadas de maldad o egoísmo. Prefiere buscar, como tantos otros, las causas en presiones derivadas de conflictos entre familia, sociedad y trabajo o en carencias afectivas e intelectuales. Y es que la reflexión política suele rechazar cualquier explicación prepolítica. Por tanto, las propuestas para una educación cívica tendrán mucho ver con las correspondientes dotaciones presupuestarias: incrementar las ayudas estatales para criar a los hijos, aumentar los bajos ingresos de la mujer que ha sido abandonada por el hombre… Pero no se pueden confundir instrumentos y fines. Si la ética no está presente en la política y la sociedad civil, la violencia seguirá campando por sus respetos.

Antonio R. Rubio

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