Qué nos hace humanos

TÍTULO ORIGINALNature Via Nurture, Genes, Experience, and What Makes Us Human

GÉNERO

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Taurus. Madrid (2004). 363 págs. 22 €. Traducción: Teresa Carretero e Irene Cifuentes.

Con un estilo divulgativo y ameno, Matt Ridley se pregunta en este ensayo por la influencia de la herencia genética y del ambiente en el comportamiento humano. ¿Somos esclavos de nuestros genes o meros productos del medio en que vivimos? ¿Es la naturaleza lo que determina nuestro carácter o, por el contrario, influye exclusivamente el entorno? Se trata de un debate clásico, que el autor retoma ahora a la luz de los últimos datos científicos sobre el genoma humano. Ridley demostró ya su talento para la divulgación científica en “Genoma” (cfr. Aceprensa 66/01).

Ridley resuelve la controversia optando por una vía intermedia: ni sólo la herencia-genes ni sólo el ambiente-experiencia. La realidad es que el hombre es el resultado de la interacción entre los dos. A juicio de Ridley, la relación entre genes y ambiente es compleja y no se puede generalizar. Según los casos influye más una cosa que otra y, además, en cada individuo esa relación es distinta.

Para defender su postura, Ridley recurre -entre otros ejemplos- al estudio comparativo de gemelos criados de forma separada. Según los estudios, pueden extraerse las siguientes conclusiones: un 40% es genético, un 10% es debido al ambiente compartido, un 25% al ambiente específico y un 25% al error de medida. Las conclusiones son confusas, por lo que parece difícil generalizar. Aquí no tiene mucho sentido hacer medias matemáticas para predecir los comportamientos.

De ahí que Ridley defienda que el debate genes “versus” ambiente no puede abordarse desde posiciones extremas (o lo uno o lo otro), sino desde una postura conciliadora. “Los genes son los que permiten que la mente aprenda, recuerde, imite, cree lazos afectivos, absorba cultura y exprese instintos (…). En cierto modo los partidarios del ‘entorno’ se han asustado absurdamente a la vista del poder y la inevitabilidad de los genes y se les ha escapado la mayor lección de todas: los genes están de su parte”.

Ridley recurre a los descubrimientos de la genética contemporánea. Sin embargo, hay bastantes lucubraciones en el libro que se apoyan en pocos datos. Es cierto que pueden ser datos exactos, pero hoy por hoy son insuficientes para formarnos una visión completa de la interpretación del funcionamiento del genoma.

Para Ridley, el hombre es una especie más en la historia de la evolución. Gracias a un cambio genético repentino, a un “cambio en el cableado” del cerebro, “de repente” éste pudo albergar pensamientos simbólicos y abstractos. Llama la atención que ni siquiera mencione como posibilidad la creación de un componente espiritual que se añadiera “de repente” al ser humano. Ni una palabra acerca de algo que caracteriza a los restos arqueológicos del ser humano desde los primeros tiempos: su religiosidad, el culto a los muertos, los enterramientos, etc.

Cuando Ridley aborda temas con implicaciones filosóficas, queda al descubierto su antropología reduccionista. El hombre, según esta idea, no tiene más que dos componentes: genes y ambiente. Pero si el hombre puede sustraerse -a diferencia de los animales- a la química heredada es porque tiene otro elemento distinto de la materia: el espíritu. Al afirmar que “no existe un yo dentro del cerebro”, Ridley está tratando la mente humana como un producto del cerebro. Y así, como propugnan algunas filosofías materialistas, el cerebro produce ideas como el hígado la bilis.

En resumen, Ridley solo consigue aclarar en parte las relaciones entre la genética y el ambiente. Pero su explicación de lo que nos hace humanos está condicionada por su idea del hombre. Según la experiencia vital de cada uno, es fácil llegar a la conclusión de que lo que nos hace humanos no es nuestra materia, sino nuestra parte incomunicable e inmaterial, nuestro pensamiento y nuestra autoconciencia.

Julio Coll

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