Obediencia y desobediencia en la educación

Inmaculada Fernández-Quero

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PPC. Madrid (2004). 206 págs. 13 €.

La palabra “obediencia” tiene mala prensa; en todo caso, parece aplicable sólo a los niños. Pero tras una época en que cualquier llamada a la obediencia se confundía con el autoritarismo, ahora se oyen múltiples invitaciones a que la familia y la escuela vuelvan a tomar el timón, sepan imponer límites y exigir su cumplimiento. Por eso, resulta oportuno y original este ensayo sobre un tema poco frecuentado últimamente por la literatura educativa.

Inmaculada Fernández-Quero, licenciada en Filosofía, psicóloga, profesora del área de humanidades en un colegio de enseñanza media, hace un análisis profundo y asequible de esta virtud, acercándose a ella desde diversos prismas; como madre y profesora, pero también con la profundidad intelectual de quien se ha planteado las bases de la obediencia, así como los requisitos que ésta debe cumplir para que su ejercicio suponga un enriquecimiento moral.

Intenta primero la autora despojar al concepto de obediencia de los múltiples añadidos que desfiguran la imagen original. La obediencia como acto de libertad, inteligente y amorosa, se contrapone al servilismo: “Porque hay una obediencia que libera y una obediencia que esclaviza”. Es preciso purificar de elementos contaminantes términos como “libertad”, “conciencia”, “autoridad”, “rebeldía”, “espíritu crítico”, para encontrar el verdadero sentido de la obediencia.

Aprender a obedecer es un arte, como lo es el mandar, y no siempre se ejercitan adecuadamente ni uno ni otro en la escuela y en la familia. La autora hace un análisis de las patologías de la autoridad y de las patologías de la obediencia, mucho más amplias de lo que parece a primera vista.

Definido bien el concepto, afirma la autora: “El niño tiene derecho a ser educado en unos valores objetivos que le salven del caos interno y que le sean presentados con autoridad”. La verdadera educación tiene poco que ver con el relativismo ético.

Dedica unas páginas a analizar la legítima desobediencia y concluye que si obedecer bien es difícil, desobedecer bien todavía lo es más. Posteriormente hace un recorrido por las tareas del educador y por los condicionantes que encuentran los jóvenes en el desarrollo de su personalidad. También aborda en un capítulo la obediencia y la desobediencia según la concepción cristiana. En las páginas finales, la autora -en su afán por aportar más ideas- aborda quizá excesivos temas.

El conjunto del libro aporta una visión certera y completa de la obediencia, así como su encuadre en la vida escolar. Libro especialmente apropiado para todas las personas que ejercen, en sentido amplio, una labor educativa.

José Manuel Mañú