No matarían ni una mosca. Criminales de guerra en el banquillo

Global Rhythm Press. Barcelona (2008). 216 págs. 18,50 €. Traducción: Isabel Nuñez.

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En 1961 Hannah Arendt fue la encargada de cubrir para el semanario estadounidense The New Yorker el juicio contra Adolf Eichmann. Sus impresiones fueron publicadas años después en el libro Eichmann en Jerusalén (1968), en el que Arendt asentó su tesis sobre la “banalidad del mal”. El líder nazi es presentado allí como un funcionario gris, padre de familia, sin ambiciones, que sin embargo organizó las deportaciones masivas de los judíos.

Cuarenta años después de la publicación del libro de Arendt, la escritora y periodista croata Slavenka Drakulić repite fórmula para adentrarse en el corazón de las tinieblas balcánicas. En No matarían ni una mosca, Drakulić reflexiona sobre lo observado en los juicios celebrados en el Tribunal Internacional de La Haya contra acusados por crímenes de guerra en la ex Yugoslavia. A través de una decena de casos, muestra cómo la guerra puede convertir a personas corrientes en genocidas despiadados.

La elección de los personajes que hace Drakulić no es arbitraria. Están los peces gordos como Slobodan Milošević, ex presidente de Serbia y de Yugoslavia; Radislav Krsti, primer condenado por genocidio en La Haya; o Ratko Mladić, jefe del ejército serbobosnio. Pero también están los insignificantes, gente anodina que aparentemente era “incapaz de matar a una mosca”: estos son los que más preocupan a Drakulić.

Uno de los casos más estremecedores es el juicio a tres serbios bosnios -un chófer, un camarero y un vendedor- acusados de violaciones masivas. También es sobrecogedor el caso de un croata, ciudadano modélico y aficionado a la pesca, que durante dieciocho días torturó y mató a más de cien prisioneros. O el de un joven serbio que se alistó en el ejército para sacar adelante a su familia, y acabó fusilando a unos setenta u ochenta civiles musulmanes.

¿Cómo fueron posibles tantas atrocidades? Lo que clarifican estas páginas es que esos crímenes los han cometido personas normales.

Para que el odio, la brutalidad o la limpieza étnica sean aceptados es necesario un elemento clave: “la construcción del otro como objeto de odio”. Según explica Drakulić, no hace falta que las razones sean racionales ni ciertas; lo más importante es que sean convincentes para que la gente las acepte, aunque normalmente se basan en mitos y prejuicios. La propaganda se encarga de transformar la diferencia (etnia, ideología, nacionalidad…) en motivo para dar la impresión de que el “otro” es una amenaza.

Lo decisivo es despojar a los otros de sus rasgos individuales, para reducirlos a miembros del grupo enemigo. “Cuando una persona se ve reducida de ese modo a una abstracción, uno es libre de odiarla porque el obstáculo moral ya ha sido abolido”. A partir de ahí, gente normal puede cometer crímenes.