Metáforas del poder

José María González García

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Alianza. Madrid (1998). 250 págs. 1.400 ptas.

La metáfora es una imagen que se introduce por sorpresa en el orden del discurso. A causa de este carácter sorpresivo, toda metáfora revela vínculos inesperados entre objetos cotidianos. Por eso, por su gran potencial de descubrimiento, de declaración de aspectos inéditos, la metáfora es una de las principales formas de creación artística. Pero ¿únicamente de creación artística? No, también de creación política. Y creación política no sólo en el sentido estético (cuando se utiliza la metáfora para embellecer un discurso parlamentario), o retórico (como cuando se usa para persuadir a seguidores o rivales). Creación política en sentido “constitutivo”: la metáfora crea pensamiento político, es capaz de sintetizar, completar y reforzar ideas políticas que estaban dispersas o en estado germinal.

Quien conozca el perfil intelectual de José María González García no se extrañará de su interés por la metáfora política, pues este profesor trabaja desde hace años tanto en la literatura alemana (Las huellas de Fausto, Madrid 1992), como en el pensamiento político moderno (Teorías de la democracia, Anthropos, Barcelona 1988), desde el punto de vista de la sociología. Este ensayo es un trabajo sólido y bien fundado que combina el interés por la profundidad con el hacer las cosas inteligibles a un público no especializado.

El autor pone algunos ejemplos de grandes tratadistas, principalmente de la época barroca, que acertaron a utilizar con gran rendimiento esta virtud político-constitutiva de la metáfora. Uno de los más conocidos es Hobbes, autor del Leviatán (1605). Como se sabe, el Leviatán es una figura bíblica, un monstruo enorme y escamoso con forma de serpiente (Isaías 27,1). Thomas Hobbes (1588-1679) tomó esta imagen y la transformó en la figura de un rey gigante con la espada desenvainada en la mano derecha y el báculo episcopal en la mano izquierda, vestido con una malla escamosa de pequeños hombrecitos, tejidos a modo de cota. El resultado es, a todas luces, monstruoso (de ahí lo de Leviatán), pero representa plásticamente la concepción del Estado y del príncipe moderno: un único sujeto en el que se unen los intereses colectivos (razón de Estado), los poderes militar, judicial y religioso (poder absoluto), que está por encima de cualquier otro poder terreno (soberanía), etc.

Además de esta metáfora, González comenta muchas otras utilizadas por los pensadores políticos del barroco: el theatrum mundi, la sociedad concebida como un juego de máscaras y de reparto de roles (figura de gran eficacia en una época en el que el teatro tenía un influjo tan grande como hoy el cine); el reloj mecánico, como alegoría del Estado absoluto (imagen muy adecuada para la era de la concepción mecanicista del universo); la nave del Estado, la diosa de la Fortuna, etc.

González lleva su historia de las metáforas hasta la época liberal y romántica: el mito de Fausto, utilizado por Goethe, que sirve para explicar los compromisos a que muchas veces se ven obligados los políticos: pactar con el mal para obtener el bien; el mito del Yo, de la autenticidad, tan útil para crear la conciencia individualista (Rousseau) como para definir la misión del pueblo, la originalidad de la propia colectividad (que Herder aplicó al Volk alemán y a su deber de emanciparse culturalmente del influjo francés, etc.).

Conforme avanza la lectura, uno se va persuadiendo de que muchas de estas imágenes han colaborado a que la opinión pública comprendiera y apoyara teorías políticas (absolutismo, liberalismo, nacionalismo) que, de otra forma, hubieran amontando polvo en el cajón de las opiniones académicas.

En fin, José María González ha intentado hacer ver que las metáforas no son simples recursos literarios sino verdaderas armas políticas, dotadas de gran eficacia en la difusión de ideas y que fácilmente se pueden poner al servicio de la propaganda de masas.

Gabriel Vilallonga

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