Memoria de la ética

Emilio Lledó

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Taurus. Madrid (1994). 319 págs. 2.250 ptas.

Recorrer las páginas de la Ética a Nicómaco no se parece en nada a hacer arqueología filosófica en busca de la curiosidad erudita; es descubrir las primeras formulaciones racionales de cuestiones que todos nos planteamos. Entre otras relevantes aportaciones de la antigüedad griega, los desarrollos de Aristóteles, especialmente, han acuñado los parámetros mentales y lingüísticos de la memoria histórico-moral de Occidente. Quizá un análisis penetrante hubiera aclarado el auténtico sentido de ese lenguaje, pero con el peligro de perder la gran perspectiva del ethos en el que surgió. El libro de Lledó, catedrático de Historia de la Filosofía y académico de la Lengua, tiene el mérito de no desatender el bosque, aun hablando de cada árbol.

Resulta interesante descubrir, en los textos mismos de Aristóteles, el significado profundo de conceptos como el de lo público, la felicidad, la virtud, la vida buena, la libertad, la praxis, la amistad, etc., algunas de cuyas defectuosas interpretaciones no deja de señalar el autor. Y ver, al propio tiempo, su génesis en los prototipos heroicos de Homero y su proyección en lo que acabará siendo el ámbito y el lenguaje moral en el que, pese a no pocas divergencias, todos nos entendemos.

Hay dos claves importantes para entender el discurso aristotélico en materia ética, que Lledó no deja de subrayar: la importancia del lenguaje (son de gran interés las consideraciones que hace en el capítulo primero, relativo a los tópicos homéricos, en torno a la necesidad de que lo bueno sea proclamado) y la dimensión pública de las virtudes morales. Es justo subrayar estos aspectos, pues son esenciales para comprender el verdadero sentido de la paideía griega (la formación del ciudadano, del hombre libre, que es esencialmente el animal político) y, en general, de la filosofía práctica de Aristóteles. Pero quizá los términos en que se expresa Lledó caen en alguna exageración, probablemente debido a que ambos elementos confluyen en la moderna categoría de la “intersubjetividad”. Entiendo que en este sentido la hermenéutica llevada a cabo por Lledó -verdaderamente pulcra en otros aspectos- conduce a un planteamiento excesivamente colectivista de la ética aristotélica.

El texto discurre con fluidez, sin desviarse de las fuentes aristotélicas, desplazando la erudición a las notas y apéndices documentales. Ahí se concentra todo el aparato crítico, en el que demuestra Lledó un notable dominio de la literatura más relevante. Esta distribución facilita la lectura y la hace también accesible a un público culto no especializado. Pese a todo, no está exento de pasajes más farragosos ni de algunas repeticiones, quizá porque el libro es la recopilación de diversos trabajos, aunque con una estructura unitaria bien conseguida.

José María Barrio Maestre