Los judíos

Luis Suárez Fernández

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Ariel. Barcelona (2003). 659 págs. 30 €.

En la copiosa y sesuda obra de Luis Suárez siempre llama la atención el afán por ajustar el peso de los hechos al sentido de la historia. Es un principio de proporción para dar rigor a lo que se cuenta y al mismo tiempo una cortesía con el lector. Dicho esto, las más de seiscientas páginas que componen este texto son esencia a presión de múltiples lecturas y ejemplo de erudición apabullante. Nos propone Suárez el examen del judaísmo como necesidad apremiante en nuestra condición de occidentales y de “gentiles”, ya que su huella es perfectamente rastreable en el gran almario de nuestra cultura.

La obra abarca desde los orígenes del pueblo judío hasta la primera mitad del pasado siglo, dejando sin devanar los últimos cincuenta años en los que ha tenido lugar la consolidación del Estado de Israel, corolario del tránsito del judaísmo al sionismo, del “Amarás a tu Dios” a “Mañana en Jerusalén”. El relato discurre por dos cauces paralelos que la propia historia acerca y separa. De un lado, los episodios que configuran la historia del pueblo judío: hechos políticos, militares y sociológicos; de otro, las ideas, con especial referencia a las personalidades intelectuales y religiosas responsables del culto y la creencia.

Si bien la obra nos va describiendo el proceso de configuración interna de lo que comenzó siendo un pueblo-religión -cuyo fundamental monoteísmo, ni la antropología cultural ni la historia comparada de las religiones son capaces de explicar por influencias exteriores-, no lo hace con el mismo detalle y extensión en los distintos periodos históricos. Su desarrollo se hace más denso y profundo al ocuparse de la Edad Media y de la Moderna. Ahí se analiza con mayor sutileza la evolución del pensamiento hebreo ante el valor significante de los hechos.

Al mismo tiempo, recorre la historia política de las sociedades en las que van a convivir las tres “religiones del Libro”. Suárez afina mucho al ocuparse de esta convivencia de signo cambiante e ineludible. Informaciones documentales muy precisas dan al traste con axiomas tan solemnes como falsos y de libre circulación en nuestros días. Muchas sorpresas nos esperan -y con documentos por delante- a través de las páginas de este libro.

Luego todo resulta más apresurado, menos decantado. También, más sociológico, quizás porque la cohesión del judaísmo, disminuida tras las “persecuciones / conversiones” y la trashumancia obligada, se relaja en un pragmatismo de supervivencia. El dogma se difumina, y queda ensombrecido por el cientifismo del XVIII y la proliferación de las ideologías laicas que sobrevuelan Europa. Al mismo tiempo, la aparición de múltiples fiduciarios del legado original, da lugar a disidencias y sectarismos que cuartean la cohesión del pasado.

Los últimos sesenta años no aparecen por ningún lado y son necesarios a la altura que estamos, cuando el judaísmo formal ha tomado una efigie más laica, cuyas causas sí están recogidas en la obra: la deriva de judaísmo-religión a judaísmo-sionismo. Y todo inmerso en la crisis de espiritualidad que envuelve a las sociedades desarrolladas.

La enorme información que se nos ofrece hubiera exigido un mayor orden expositivo. El zigzagueante curso del relato, unido al exotismo de nombres de ciudades y personas, obliga al lector a mortificantes ejercicios de memorización o a vagos propósitos de relectura.

Santiago Medina

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