Los fundamentos de la bioética

TÍTULO ORIGINALThe Foundations of Bioethics

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Paidós. Barcelona (1995). 545 págs. 4.800 ptas. Edición original: Nueva York (1986).

Cuando apareció la edición original de la obra de H.T. Engelhardt, causó cierta expectación en el ambiente bioético anglosajón. El motivo para esta repercusión fue su defensa en Medicina de una postura liberal radical, que lleva hasta sus últimos extremos algunas ideas presentes en la sociedad estadounidense.

El punto de partida de la obra es la observación del pluralismo moral que se observa en la sociedad. Este hecho es muy real en la sociedad donde el autor vive. Según Engelhardt, ante esta diversidad de principios morales, la bioética tiene el papel de descubrir qué argumentos son de recibo en el heterogéneo cóctel social. Las opiniones de un determinado subgrupo deben quedar para él, mientras que en el escenario de una sociedad abierta se impone la tolerancia absoluta con las opiniones de los otros grupos. El objetivo de la bioética es alcanzar unos principios de aceptación general entre los grupos sociales, de modo que sea posible la coexistencia de los grupos heterogéneos. Por tanto, el primer principio es que ningún grupo puede arrogarse la posesión de la verdad y que todos debemos plegarnos a unos principios generales firmemente establecidos. Engelhardt los determina y expone en su obra: se sitúa así por encima de las discusiones de los demás mortales.

Esos principios, que ocupan un plano superior privilegiado, deben apoyarse en sólidos fundamentos científicos y, en primer lugar, en lo que determina un estudio cientifista de lo que significa ser persona. El resultado es lo que está en muchos ambientes bioéticos estadounidenses: persona es lo que tiene autoconciencia y, en virtud de ella, puede ejercer un papel en las relaciones sociales. Aunque la solidez de la argumentación de Engelhardt es, más que discutible, difícilmente aceptable, una vez llegado a sus conclusiones, deduce coherentemente de ellas que, por ejemplo, los no nacidos, los recién nacidos, los dementes y los comatosos, quedan casi reducidos a cosas que sólo deben recibir atención sanitaria si alguien, sin razones científicas que lo sustenten, lo quiere así. El aborto, el infanticidio, la eutanasia y otros atentados contra la vida deberían estar socialmente admitidos; aunque algún grupo, debido a sus convicciones particulares, no los quiera practicar, no puede pretender imponer su punto de vista al resto de la sociedad.

La prestación de servicios por parte de los médicos está también regida por esta moral en dos planos: el médico puede tener las convicciones personales que desee, pero, a la hora de ejercer su profesión, no puede pretender aplicarlas a su ejercicio profesional. Por la cuenta que le trae, deberá ayudar a los demás, si luego desea que los demás le ayuden a él, haciendo lo que los demás desean que les hagan.

Y eso, a pesar de que, consideradas desde su punto de vista personal, las pretensiones de los demás estén equivocadas. Anula, de este modo, la posibilidad de una coherencia de vida en el profesional sanitario. En todo caso, admite que, para los grupos de personas con convicciones irreductibles (por ejemplo, los católicos), se podrían organizar sistemas paralelos de atención sanitaria, que no ofrecerían todos los servicios sanitarios que se ofrecen a la población general, y que no podrían imponer su modo de pensar a la sociedad en su conjunto: serían un ghetto aceptado precisamente por tolerancia a sus convicciones socialmente insostenibles. El buen médico es el que accede a todo lo que pide el cliente, siempre que no afecte negativamente a terceros. De aquí que el cliente tenga todos los derechos: a la reproducción asistida, a ser informado o no informado de la enfermedad que padece, a que le sometan al tratamiento que desea aunque sea inútil, etc.

La respuesta de Engelhardt a la cuestión de asignación de recursos escasos es coherente con esta defensa de la autonomía del paciente a toda costa: el liberalismo económico a ultranza en sanidad. Quien tiene dinero y puede pagar, que pida lo que quiera a los médicos. Quien no, debe aceptar su destino, lo que le ha tocado en suerte. Aunque no descarta que una comunidad pueda ponerse de acuerdo para subvencionar con recursos públicos la atención sanitaria, quienes forman parte de ella tienen siempre el derecho de salirse de ese convenio si ven que no les favorece. En suma: una sanidad que se mueve por el dinero en una sociedad insolidaria.

Aunque, como se puede ver, el contenido de esta obra es deletéreo para todo planteamiento verdaderamente trascendente y solidario del ejercicio de la Medicina, Engelhardt tiene la virtud de no detener su exposición por cuestiones de conveniencia o de buena consideración social de sus tesis: su honradez intelectual le lleva a construir una exposición articulada de una visión ilustrada de la sociedad y de la Medicina, llevada hasta el final. Una construcción postmoderna, de ética blanda, donde el pluralismo se impone con la fuerza de un dogma religioso. Lo que hace posible ver sus debilidades intrínsecas, completamente insalvables.

Antonio Pardo