Los dos caminos de la filosofía. Sócrates y Heidegger: ideas para un tiempo trágico

Tusquets. Barcelona (2010). 261 págs. 18 . Traducción: Nuria Viver Barri.

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El último libro de André Glucksmann trata de temas más estrictamente filosóficos que otros anteriores del autor, que suele cultivar el ensayo político cargado de abundantes referencias literarias. En cualquier caso, es un libro de filosofía práctica, en el que Glucksmann opta decididamente por Sócrates frente a Heidegger. Trata de rescatar al filósofo griego en un mundo en el que se han perdido todas las coordenadas, seguramente desde que Europa vivió la gran tragedia colectiva de 1914.

Para Glucksmann, el trabajo de Sócrates consiste en preguntarse qué es lo que está podrido en la sociedad, pregunta incómoda en una atmósfera de nihilismo posmoderno que renuncia a cuestionarse nada. La ironía socrática se contrapone así al legado de Heidegger, cuya filosofía es, según nuestro autor, “un método para pensar la deconstrucción, piedra a piedra, de la civilización occidental”. Pero el espíritu dominante es el de Heidegger, aunque para sus partidarios sea incómodo recordar sus vinculaciones con el nazismo. Europa es hoy, sin embargo, el reino de Heidegger, un territorio posmoderno en el que la acción humana se asemeja a la novela de una novela, o al cine dentro del cine, por emplear las expresivas imágenes del autor.

La nada reina, pero no habla” es la desoladora expresión de Glucksmann, que pide un Sócrates que ponga al descubierto las falacias de sofistas y nihilistas, capaces incluso de reducir al filósofo griego a un gentil portavoz de la bondad humana, pues dijo que nadie era malo voluntariamente. Sin embargo, Glucksmann nos descubre otro sentido de la cita: la maldad mata la voluntad. En cualquier caso, el mal está en el corazón del hombre. Sócrates nos diría que es imposible que el mal desaparezca.

No estamos ante un libro amable y tranquilizador, y probablemente sea uno de los más complejos de Glucksmann. Es una obra que nos recuerda que después de la caída del muro, la Historia sigue siendo trágica, por mucho que algunos se empeñen en olvidarlo. Toca, pues, al filósofo ser un héroe trágico, desempeñar el incómodo papel de Antígona y el de Casandra al mismo tiempo, pues predica el conocimiento de uno mismo, como Sócrates, lo que se da de bruces con la mentalidad posmoderna. Se diría que Glucksmann es uno de los últimos disidentes, del estilo de los que vivieron en los países comunistas, un espíritu perdido y contradictorio en su afán de atreverse a pensar libremente en un mundo al que le siguen molestando las preguntas socráticas.

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