Recupera la editorial Rosamerón este texto autobiográfico del editor y divulgador cultural Joan Llarch (1920-1987), autor hoy olvidado que escribió especialmente sobre los años anteriores e inmediatamente posteriores a la Guerra Civil. Los días rojinegros es una recreación de lo que él vivió en persona en los años treinta del siglo XX, con apenas dieciséis años, cuando tuvo que abandonar los estudios y empezar a trabajar en la fábrica textil Mercader, situada en el barrio barcelonés de Clot.
Llarch nació en una familia muy humilde de este barrio, que conoce y recrea muy bien. Uno de los aciertos del libro es cómo describe el ambiente obrero de Clot, marcado por el ritmo que imponían las sirenas de las fábricas. Llarch habla de sus padres, de sus vecinos, de sus compañeros de colegio. También de sus muchos compañeros de trabajo, tanto de los aprendices como de los que ya llevaban décadas gastando su vida en un trabajo duro, agobiante, en unas condiciones extremas que se convirtieron en el caldo de cultivo para que en tantas fábricas de Cataluña arraigase con fuerza el movimiento anarcosindicalista.
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Con mucha nostalgia, Llarch, militante anarquista, recuerda cómo había calado en el movimiento obrero la posibilidad de la revolución del proletariado. Imperaba en todos ellos el deseo de imitar lo sucedido en la URSS, país que se convirtió en el exclusivo modelo para las transformaciones sociales que deberían llevarse a cabo. En el caso de Cataluña, fueron los anarquistas los que canalizaron el descontento social, provocando un clima de protesta y también de violencia que marcó la vida social de Cataluña tanto antes como durante la Guerra Civil española.
La primera parte de la novela muestra la vida en la fábrica Mercader. Son unas páginas de gran valor costumbrista y sociológico. Las últimas páginas de esta primera parte están dedicadas al estallido de la Guerra Civil en Barcelona (páginas que en el desarrollo de los hechos recuerdan a las que ha escrito Ángel Rodríguez de Bodas en su libro memorialístico Un miliciano de Vallecas). La segunda parte va detallando día a día lo que sucede en la ciudad condal durante el mes de julio de 1936, el levantamiento militar –prontamente sofocado–, y el control que el movimiento anarcosindicalista tuvo, poco a poco, de la ciudad y de todas las instituciones. Como afirma Llarch, los anarquistas se convirtieron en los dueños de Barcelona. Liberaron a los presos de la cárcel Modelo, se apropiaron de las armas de los Guardias de Asalto y del Ejército, construyeron barricadas, realizaron detenciones, provocaron incendios en iglesias y en centros y colegios católicos y, bajo el idealismo de implantar una revolución obrera, autogestionaria y libertaria, sometieron a la ciudad a un férreo y represivo control ideológico.
En el texto de Llarch, aunque se señalan algunos desmanes cometidos por los anarquistas, se destaca sobre todo la positiva ilusión de convertir la revolución en un nuevo y luminoso periodo histórico.
Con esta novela autobiográfica, Llarch quiere rendir homenaje a aquellas personas de los barrios trabajadores de Barcelona que lucharon por una utopía. Su deseo, como escribe Dolors Marín, responsable de la edición, es “rescatar del silencio todo aquello que había vivido” en una Barcelona periférica y clandestina.
En 1938, Llarc fue llamado a filas en la llamada Quinta del Biberón, donde llegó incluso a ser brigada. Tras la batalla del Ebro, fue hecho prisionero por las tropas nacionales y recorrió diferentes campos de concentración. En 1945, empezó a escribir y publicar. Fue un prolífico escritor de novelas populares, muchas de ellas del oeste, que aparecieron –con seudónimo, al principio– en la editorial Ferma, y luego en editoriales especializadas en este tipo de literatura. También escribió un conjunto de novelas autobiográficas y destacó como guionista y editor.