Lo que queda por descubrir

TÍTULO ORIGINALWhat Remains to Be Discovered

GÉNERO

Debate. Madrid (1999). 375 págs. 3.500 ptas. Traducción: Juan Manuel Ibeas.

Entre la alta divulgación y el escrito científico hay una difusa frontera: en ella quiere el autor situar esta obra. Exdirector de Nature, y físico de formación, ambas circunstancias afloran en cualquier fragmento de su escritura. Ha dividido su obra en tres secciones: «La materia», «La vida » y «Nuestro mundo»; en cada uno de los capítulos se aprecia el esfuerzo realizado para traducir la jerga científica y técnica, incluso cuando recorre ciertos caminos de la actual matemática sin hacer uso siquiera de las más elementales notaciones algebraicas. La vocación divulgativa queda así satisfecha, pero el rigor se resiente.

La cosmología de vanguardia, por ejemplo, ha llegado a unos niveles de abstracción y complejidad que obligan a sus investigadores a expresarse mediante el uso de metáforas desconcertantes para el no iniciado por su apariencia literaria, musical o incluso pictórica; pero ha llegado a ello después de un recorrido matemático que ha agotado el lenguaje disponible. A partir de ese punto, los especialistas convienen nuevos significados para términos de uso común. Surge entonces el peligro de divulgar estos términos y fomentar su uso entre quienes no han recorrido el camino previo: la impropiedad genera esquematismo, y éste genera error. Maddox, por cierto, lo tiene muy en cuenta, y batalla contra el fenómeno, y sale victorioso en ocasiones.

Las páginas sobre la hipótesis del universo inflacionario y sobre sus discrepancias con el modelo del Big Bang constituyen una de las más brillantes explicaciones que sobre esas materias se han puesto a disposición del público. Son también muy meritorias las luchas de Maddox contra algunos errores ya tópicos acerca del hipotético poder de la biotecnología y, especialmente, acerca de la grosera vulgarización de ciertos conceptos tenidos por darwinianos, y otros relacionados con el ecologismo político, y de tan desastrosas consecuencias en ámbitos extracientíficos (e incluso científicos). En otros momentos, sin embargo, se pone en evidencia la dificultad del proyecto, y la escritura misma se convierte en argumento contrario a las intenciones que expresa: por ejemplo, llegar a mencionar el adenosín-trifosfato y «su papel fundamental» en la estructura del ADN, y dejarlo ahí, sin describir las peculiaridades de los enlaces del fósforo porque son «de gran complejidad», es proporcionar cimientos de aire a las extensísimas explicaciones ulteriores.

Todo ello es una opción, aunque discutible, válida. En definitiva, la alta divulgación es probablemente el género menos cultivado de la ensayística, que más a menudo ofrece obras para especialistas o vulgarizaciones de trazo grueso. John Maddox se esfuerza en trazarse un camino por un territorio poco transitado, y son inevitables todavía ciertos pasos en falso entre pisadas firmes. Así, Lo que queda por descubrir es más bien una historia de lo ya descubierto en algunos campos: hay omisiones notorias (física del estado sólido, superconductividad, etología, entre otras), y se adjudica al lector la tarea de contestar a la pregunta implícita en el título. Se diría que el género está todavía sentando las bases desde las cuales se acabará descubriendo, quizá, como acercar al público, sin pérdida de rigor, los conocimientos científicos. Esta interesantísima obra puede ser un buen avance en esa dirección.

Rafael Rodríguez Tapia

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