Un hombre, adulto pero de edad imprecisa, viaja desde España a una pequeña hacienda perdida en la Pampa argentina. No sabe cuánto tiempo estará allí. Tampoco está del todo claro el motivo: una mujer, dueña de la finca y con la que guarda algún tipo de relación en España, le ha recomendado “un cambio de aires” antes de entregarle la llave. Él se ha comprometido a escribirle. Y en eso consiste el libro: el relato de lo que ve, lo que le sorprende, las personas que va conociendo y los lugares y situaciones a las que le conducen esas nuevas relaciones. De fondo, una sensación como de un dolor profundo, una herida que se ha vuelto urgente curar.
Pocos mimbres para una historia, se podría pensar. Sin embargo, Las crines es un gran libro. La clave está, por un lado, en el paisaje: la belleza de la Pampa, que es la belleza de lo inmenso y lo humilde, de lo salvaje y a la vez sometido a una especie de condena trágica (la imagen del caballo es recurrente en el libro). También las personas participan de esta austeridad, de esta humildad y de esta belleza; son como emanaciones del paisaje. Es admirable cómo, con unos pocos trazos, se graban en la memoria personajes como el “loco” don Emilio, que acumula chatarra en la oscura cueva en la que ha convertido su casa y se ofrece por entero al protagonista, a pesar de su miseria; o su hija Rosita, permanentemente encerrada en un rincón de esa cueva, quizás escondiéndose de alguien o de algo, convertida en una presencia más animal que humana; o Alejandro y Catalina, un matrimonio joven, “casi adolescente”, trabajadores incansables acostumbrados a una servidumbre sin servilismo.
La otra clave de Las crines es la mirada del protagonista y narrador. Un dolor callado pero quemante es lo que le ha empujado a marcharse. Él –nos dice en los pocos y breves fragmentos en los que habla de sí mismo– siempre se ha sentido invisible, casi un hombre sin atributos. Y le gusta, porque le permite observar sin ser observado. Con todo, se intuye que este rasgo puede ser también la consecuencia de una herida que todavía duele: fue un niño sin padres, criado entre orfanatos y familias de acogida que le dispensaban un amor “protocolario y ministerial”: “Los niños, si crecen solos, pierden algo de dentro, parte de su relleno. Hay algo que se atrofia, que se reseca, que se desprende. Una especie de órgano. Y quedan así, desgajados, simulando para siempre a los demás. Admiran el amor”. Este extrañamiento ante su propia biografía es lo que le hace conectar con otros personajes igualmente silenciados por la vida. Es una fraternidad en el dolor.
En sintonía con estos sentimientos, la prosa es aparentemente sencilla y humilde, pero a cada poco hay una metáfora que es como una fugaz deflagración de belleza. Por eso, y por la humanidad de los personajes, el libro termina y su efecto permanece. Las crines te hace más sabio.