La selva del lenguaje. Introducción a un diccionario de los sentimientos

José Antonio Marina

GÉNERO

Anagrama. Barcelona (1998). 310 págs. 2.500 ptas.

José Antonio Marina es un ensayista brillante, profundo y seductor, una especie de Midas que convierte lo que le gusta en libro apasionante. Desde que ganó el Premio Anagrama y el Premio Nacional de Ensayo con Elogio y refutación del ingenio, nos ha ido acostumbrando a recibir cada año un nuevo título: Teoría de la inteligencia creadora, Ética para náufragos, El laberinto sentimental, El misterio de la voluntad perdida y La selva del lenguaje. Cada nueva entrega le encarama a los primeros puestos en las listas de libros más vendidos, quizá porque su receta es mezclar rigor y buen estilo, ciencia y estética, objetividad y entusiasmo, seriedad y humor, verdad y belleza.

La selva del lenguaje es un ameno paseo por la lingüística provocado por la urgente necesidad de recuperar sus raíces humanas. Porque, desde que a Chomsky se le ocurrió escribir que «la gramática es autónoma e independiente del significado», todos los estructuralismos, formalismos y objetivismos lingüísticos han olvidado que el lenguaje es creación de seres humanos concretos, empantanados en su cieno biográfico. Por eso, «todas las teorías formales son verdaderas y engañosas, como un texto de medicina que enseñara fisiología sin mencionar el sufrimiento». A partir de esta carencia, Marina se propone bucear en el lenguaje para explicar su estructura ideal desde la estructura real del sujeto hablante, desde la configuración mental y las operaciones subjetivas que producen la actividad lingüística.

Pero la espeleología subjetiva es tarea ardua. El mismo Chomsky reconoce que «las cuestiones centrales relativas al aspecto creador del lenguaje siguen siendo tan inaccesibles como siempre». Entre otras razones porque comprender, más que captar el significado de un signo es captar la intención de una persona. Y porque, más que un perfectísimo código, el lenguaje es la presencia del mundo en nuestra subjetividad, permite la comunicación con nosotros mismos, es la base de nuestro comportamiento voluntario, nos relaciona con los demás, hace posibles nuestros afectos y funda las grandes creaciones humanas que ennoblecen nuestras vidas, por ejemplo, el derecho. Marina lo ejemplifica con la radiografía léxica de muchos sentimientos, y justifica así el subtítulo del libro.

La metáfora del título es muy apropiada. Al término del recorrido por la selva, el lector poco atento ha podido perderse y desorientarse varias veces en medio de una exuberancia compleja. Pero Marina sale a su encuentro en el epílogo para que al menos le quede clara la sorprendente conclusión de sus libros anteriores: si la primera función de la inteligencia es dirigir la conducta para navegar con éxito en medio del agitado mar de la vida, la ciencia se justifica por la ética. Y entonces el lenguaje, que debe buscar y comunicar verdades, queda englobado entre las funciones de la inteligencia ética. En las noventa páginas que siguen al epílogo encontramos un extenso apéndice documental, repleto de notas y comentarios bibliográficos, y nos creemos que el autor haya acabado «con la lengua fuera, con la fatiga del perro perdiguero que está a punto de caer derrengado después del esfuerzo». Y se lo agradecemos.

José Ramón Ayllón

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