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La humanidad amenazada: gobernar los riesgos globales

Paidós.
Madrid (2011).
336 págs.
19,90 €.

Javier Solana, tras sentarse en todos los Consejos de Ministros de España desde 1982 hasta 1995, ocupó el cargo de Secretario General de la OTAN y ha sido también el Alto Representante para la Política Exterior y de Seguridad Común de la UE. Daniel Innerarity es catedrático en la Universidad de Zaragoza y ensayista. Juntos han compilado aportaciones de pensadores coetáneos quizá no muy conocidos para el gran público: Ulrich Beck, Michael Zürn, Elena Pulcini, Andreas Metzner-Szigeth, Gurutz Jáuregui, Michael Wieviorka, Ignacio Aymerich Ojea, etc. Aportan claves de las tendencias en política “global”, aunque con un lenguaje quizá demasiado artificioso y propio de la ONU.

Frente al enfoque “neoconservador” que enfatizaba la nación propia, la civilización occidental y la erradicación de las tiranías, los promotores de la “gobernanza global” sostienen que el nuevo sistema internacional estriba en compartir la gestión de riesgos que son iguales para todos los países. Así, se anulan en el concierto mundial los intereses particulares de cada Estado.

Según lo expuesto en el libro, la ONU y otras entidades supranacionales deben llevar el protagonismo de este tipo de gobierno. Si durante el siglo XX, las organizaciones internacionales determinaban las relaciones entre Estados, en el siglo XXI afectan de manera directa a la sociedad, las empresas, etc., con una intermediación nacional menguante. Los principales asuntos y “riesgos” son los relativos al “desarrollo sostenible”, la limitación de recursos naturales, los desastres del modelo económico, el “cambio climático”, el terrorismo islámico, o la gestión de la tecnología y sus “excesos”. En este contexto, naciones como la India o China han de contar con mayor voz y voto. Por otro lado, en el libro se niega que ese nuevo orden implique un único Estado mundial, sino más bien “una gobernanza sin gobierno”.

Se trata de una visión preventiva, de abierto sesgo timorato, que postula una “gobernanza” a cargo de políticos profesionales, para “corregir” los errores de los tecnócratas y avizorar “riesgos posibles aun improbables”. La postura de los autores sobre la democracia y la limitación del poder público resulta confusa: al mismo tiempo que Wieviorka recela de los lobbies, encuentra en las ONG el canal de participación ciudadana. El mismo Wieviorka, tras criticar el referéndum suizo sobre las mezquitas, aspira una nueva forma de democracia.

Durante la presentación del libro, pregunté a Solana e Innerarity si esta compilación de ensayos supone un ejercicio de voluntarismo político, en especial dada la escasa participación de los europeos en las elecciones al Parlamento continental, o las movilizaciones diversas contra la manera de conducirse de los partidos políticas –ya sea el Tea Party en EE.UU. o los “indignados” en España–. La respuesta de ambos autores fue clara: les parece muy apropiado el voluntarismo político.

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