La gran transición. Rusia, 1985-2002

Rafael Poch-de-Feliu

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Crítica. Barcelona (2003). 440 págs. 30,35 €.

Rafael Poch-de-Feliu fue corresponsal del diario catalán La Vanguardia en Moscú entre 1988 y 2002. Tras cambiar la corresponsalía de Moscú por la de Pekín, nos ha dejado este libro de historia contemporánea de Rusia que arranca en realidad de los últimos años de Breznev y dedica gran parte de su análisis retrospectivo al período de la perestroika, sin olvidar tampoco la época de la nueva Rusia de Yeltsin, calificada por el autor como un “Estado de mercado”. La obra ha sido publicada a la vez en ruso y cuenta con un prólogo del historiador y ex disidente, Roi Medveded.

En su elaboración hay que valorar un seguimiento diario sobre el terreno de destacados acontecimientos -el autor pudo entrevistar personalmente a Gorbachov tras el fracaso del golpe de Estado- y un nutrido acopio de entrevistas y contactos personales a lo largo de los años en el espacio de la antigua URSS. El resultado es un libro profundamente crítico con los personajes y las situaciones analizadas.

De Gorbachov alaba la sinceridad de sus proyectos de reforma interna. Al mismo tiempo le reprocha unas decisiones en política exterior que no fueron muy acertadas, pues apearon a Rusia de la categoría de gran potencia. Según el autor, Gorbachov se dejó llevar de su buena fe al creer en valores cosmopolitas y en el Derecho Internacional en un mundo en el que estaba destinada a asentarse la exclusiva hegemonía de los Estados Unidos. De ahí que la percepción que tiene Poch de la influencia de Rusia sea la de un continuo retroceso al compás de la ampliación de la OTAN y de los intereses geoestratégicos norteamericanos: Europa Central, el Báltico, Asia Central y previsiblemente el Cáucaso, son los jalones de las progresivas renuncias de Rusia desde Gorbachov hasta Putin. Poch certifica, en definitiva, que Rusia ha vuelto al antiguo estatuto prerrevolucionario de dependencia de Occidente.

La lectura de este libro puede suscitar en ocasiones la duda de qué habría sucedido si la perestroika se hubiera planteado de un modo distinto. Si las reformas para preservar el sistema se hubieran emprendido en la década de 1960 y no en la de 1980, cree el autor que quizás la URSS habría podido sobrevivir. Veinte años después, la perestroika se limitó a criticar el sistema, sin ofrecer un plan ni una ideología definida. Pero la perestroika no era la vuelta a una mínima iniciativa privada como la NEP en 1921 o a las tesis “derechistas” de Bujarin, perseguidas por Stalin. Nadie creía en estas reformas preservadoras del sistema político, y en 1989 eran mayoría las voces que resaltaban los desastres del régimen y olvidaban sus logros materiales.

También censura Poch la muerte programada de la URSS en diciembre de 1991 a manos de los presidentes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia, haciendo uso de la expresiva imagen de los hijos que quieren repartirse la herencia de la madre y le desconectan el respirador que aún la mantiene con vida. De todo lo anterior acaso se desprendería que este libro manifiesta cierta nostalgia del pasado soviético, al menos en cuanto a estructura estatal preservadora del caos nacionalista. Sin embargo, el epílogo se asienta sobre bases más realistas, pues Poch señala que Rusia vive desde hace una década los años más libres de su historia. Reconoce que ha comenzado la “occidentalización popular” de Rusia y que esta libertad recién adquirida, en medio de tantas desigualdades, habrá de traer un cambio de mentalidad que aparte al pueblo ruso de modos autoritarios de gobierno y le haga valorar el principio de la división de poderes.

Antonio R. Rubio

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