La del alba sería

Fernando Sánchez Dragó

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Planeta. Barcelona (1996). 386 págs. 2.900 ptas.

El famoso incidente del “Padrenuestro” que Sánchez Dragó pronunció en un programa de televisión frente a Gonzalo Puente Ojea, nuestro “ateo oficial” -como le llama el propio Sánchez Dragó- está en el origen de este libro, que el autor subtitula “Mis encuentros con lo invisible”.

El insólito acontecimiento del escritor recitando en directo una oración cristiana ante las cámaras, cuando lo que más le va es repetir un “mantra” budista, ha hecho creer a más de uno que Sánchez Dragó ha sufrido una conversión paulina y se ha transformado en paladín de la religión católica.

Nada más lejos de la realidad, como el propio autor deja bien claro en su libro, en el que hablando en serio se define como seguidor de Ken Wilber, discípulo de Carl Jung. Con un texto del primero explica que no cree en “una religión mítica, terriblemente concreta y literal, que cree que Moisés separó las aguas del mar Rojo, que Cristo nació de una virgen…”. Lo suyo, dice, es una “religión mística o esotérica”, que no te exige que tengas fe en nada, ni te sometas dócilmente a ningún dogma, ni tiene que ver “con moralinas ni sermoncillos sobre el alcohol, el tabaco y el sexo”.

La religión esotérica de Sánchez Dragó consiste “en un conjunto de experimentos personales que llevas a cabo científicamente en el laboratorio de tu propia conciencia”, una gnosis que sería el arte o la ciencia de descubrir y conocer “lo que normalmente permanece oculto, lo que no se manifiesta a través del cauce de los sentidos ni mediante el puro ejercicio lógico de la razón”.

A partir de esa premisa, el escritor juega después a invocar su ángel custodio, los amigos muertos, sus viajes y su infancia y adolescencia, todo con abundantes autocitas. Amén de explicar con detalle lo bien que se lo pasaba durante un “viaje” de LSD o lo buenos que son los “porros”. En fin, un auténtico Fernando Sánchez Dragó sin posibilidad de equívocos.

Miguel Castellví

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