La crítica de arte

Anna Maria Guasch (Coordinadora)

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Ediciones del Serbal. Barcelona (2003). 341 págs. 25 €.

El pintor Degas definía al crítico como alguien que explica a otro cosas que no puede hacer. Una colección de las imágenes que los artistas les han dedicado a los críticos arrojaría unos resultados nada benevolentes.

También entre el público ha corrido esa opinión -que en algunos casos permanece- según la cual los críticos no son sino artistas frustrados. Tal vez fue Cossío del Pomar quien difundió esta idea en España con un texto (Crítica de arte. De Baudelaire a Malraux, 1956) que, hasta la aparición del que aquí se reseña, viene a ser la única referencia bibliográfica autóctona dedicada exclusivamente a este tema. Dejamos aparte el libro de Juan Antonio Gaya Nuño, Historia de la crítica de arte en España (1975), porque su título queda muy pequeño para lo que realmente hay detrás de él, y los textos dispersos del crítico español de arte comme il faut más representativo, Francisco Calvo Serraller. Éste defendía que el crítico es un creador (o re-creador), y con él Diderot, Baudelaire y Oscar Wilde, el último desde un libro de título explícito, El crítico como artista.

Desde el libro que coordina Anna Maria Guasch y en el que participan ocho autores más, también se defiende que la crítica es el modo de pensamiento más característico de la modernidad, y, en concreto, en el mundo del arte. Hoy los críticos y los artistas, con independencia de las miradas que se lancen, saben que son interdependientes. Y lo son más allá del papel en el que se escribían las críticas, porque uno de los cometidos del crítico hoy le permite llevar a cabo su labor sin él, seleccionando a lo artistas que deben estar presentes en una exposición, en una feria.

La historia que cuenta el nacimiento del crítico y su paso por los papeles hasta la crítica sin ellos es la que se nos cuenta en la primera parte de este libro más que solvente. Su subtítulo (Historia, teoría y praxis) nos informa sobre las otras dos. Si la crítica literaria disfruta de un número de publicaciones relativamente abultado, la del arte está de enhorabuena por ver la aparición de este libro riguroso -aun contando con el desigual nivel de una participación tan numerosa- sobre una actividad que Eugenio d’Ors definía como profesión de riesgo: “Por esta razón nunca hemos querido ser críticos de arte”. A lo que apostillaba Gaya Nuño: “¡Vaya si lo era…!” ¿Conseguirá este libro que esta profesión deje de verse como una vergonzante tarea de charlatanes? Si encuentra lectores, sí.

José Ignacio Gómez Álvarez

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