La belleza que salva. Comentarios a la Carta a los artistas de Juan Pablo II

María Antonia Labrada

Rialp. Madrid (2006). 151 págs. 11,50 €.

El libro se inicia con una breve presentación de la editora, María Antonia Labrada, profesora de Estética y Teoría de las Artes de la Universidad de Navarra, en la que expone cómo surgió el deseo de comentar entre varios profesores la “Carta a los artistas”, después del fallecimiento de Juan Pablo II.

Entre estos comentarios, dos cuestiones adquieren principal protagonismo: el de la vocación artística, y el de la relación entre arte y religión. Y advierte una dualidad nuclear en el pensamiento de Juan Pablo II: intuición y expresión; intuición como lo absoluto instantáneo de la inspiración, y expresión como su reflejo en la obra de arte. En general, se insiste demasiado en que el reflejo, la obra de arte, es prácticamente un fracaso ante la intuición de lo absoluto.

La misma editora, María Antonia Labrada, es autora también del primer comentario, titulado “El artista, imagen del Dios Creador”. Otros comentarios incluidos en el libro son: “La especial vocación del artista”, de Nieves Acedo, doctora en Historia del Arte , y “Alianza fecunda entre Evangelio y Arte”, de Gabriel Insausti, profesor de Literatura Universal.

David Armendáriz, doctor en Filosofía, con su comentario “La vocación artística al servicio de la Belleza”, da del arte una visión positiva y profunda, y abre un diálogo con el artista y su quehacer que sin duda puede ser fecundo.

Los comentarios “El artista y el bien común” de Juan José García Noblejas, profesor de Poética en la Università della Santa Croce (Roma), y “Los principios” de José Manuel Mora, doctor en Filología, quedan un tanto ahogados -en detrimento de la comprensión del arte- en lo científico de la filología y de la semiótica.

“El Medievo”, de Joaquín Lorda, profesor de Historia de la Arquitectura, es un muy interesante recorrido por lo que él mismo llama “el eslabón obligado que, en la ‘Carta a los artistas’, une las consideraciones generales con la llamada a los artistas a crear una nueva belleza, que conduzca más vivamente hacia la belleza de Dios”.

En general, los comentarios filosóficos están faltos de una comprensión del arte y de la creación artística. Un aristotelismo de fondo que hace ni fluido ni rico el diálogo con el pensamiento de la “Carta a los artistas”.

De otro orden son los dos comentarios finales, planteados desde el ámbito teológico: “La Iglesia tiene necesidad del arte”, de Pablo Blanco, profesor de Teología Dogmática, y “La Belleza que salva”, de María Antonia Frías, profesora de Estética y Teoría de la Arquitectura. Con la teología el diálogo ha sido tradicionalmente mucho más fecundo, y la comprensión más plena, quizá por eso mismo, por tratarse de teología.

Pero no queda reducido el interés del libro a sólo los comentarios señalados, sino que todos, o en sí mismos, o por contraste de ideas, aportan sin duda un enriquecimiento intelectual, avivan el pensamiento para un mejor entendimiento de la vocación artística, y de la relación del arte y Dios, Belleza Infinita.

Pedro Antonio Urbina

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