Juan Ramón Jiménez. Pasión perfecta

Rafael Alarcón Sierra

GÉNERO

Espasa. Madrid (2003). 305 págs. 12,50 €.

Juan Ramón Jiménez (1881-1958), Premio Nobel de Literatura en 1956, ocupa un lugar central en la poesía española, desde finales del XIX hasta su muerte. Su poesía fue una novedad, con tres etapas, como a él le gustaba dividirla: una primera de colorismo impresionista, una segunda de modernismo consciente y una etapa final que él consideraba reflexiva y abstracta. Más o menos se corresponderían con los grandes periodos de su vida: formación andaluza y madrileña, madurez en Madrid, en el ambiente de la Residencia de Estudiantes, y exilio en Estados Unidos y Puerto Rico.

Le gustaron Poe y Whitman. Admiró y trató a Rubén Darío y Antonio Machado; congenió con Federico García Lorca; se distanció de Azorín. Apadrinó, renegó, se reconcilió y sospechó de los «nuevos», Pedro Salinas, Gerardo Diego, Dámaso Alonso, Rafael Alberti; y, sobre todo, se peleó, intermitente pero concienzudamente, con Jorge Guillén. Con todo, el amor de su vida fue su mujer y compañera de trabajo, Zenobia Camprubí. Uno de los aspectos más hermosos de la biografía es la devoción que se tuvieron. Y la atención con que Zenobia supo rodear a su difícil marido. Él era perfectamente consciente de cuánto le debía. Y sintió como una mueca del destino que el anuncio de la concesión del Premio Nobel coincidiera con los últimos momentos de su mujer.

Juan Ramón era un hombre hipersensible, con una vocación explícita y consciente por la poesía, con una conciencia de misión espiritual, que él entendía, quizá influido por sus notables ediciones de Tagore, casi como una religión sin Dios personal. Pulcro, trabajador, corrector obsesivo de sus escritos. Promotor de revistas y de iniciativas poéticas. Y editor empedernido. Al repasar su vida, llaman la atención sus repetidos proyectos de sus obras completas, agrupando sus libros de todas las formas posibles. Quizá sean más de veinte, finalmente abandonados cuando en sus últimos años se siente incapaz de ordenar el inmenso montón de sus escritos. Había un punto maníaco evidente. Toda su vida arrastró problemas de salud psíquica y una marcada hipocondría, que le hizo imprescindible vivir siempre en la cercanía de un médico.

Rafael Alarcón ha construido un relato correcto y entretenido, basándose especialmente en testimonios directos, diarios de Zenobia y correspondencia. Esta es su virtud y su límite. El texto es fundamentalmente cronológico, y en él destacan los viajes, estancias y relaciones personales y amistades del matrimonio. En cambio, apenas aparecen subrayadas las cuestiones de fondo: no se explica el alcance de la crisis económica familiar, ni la importancia de los enamoramientos (con suicidio incluido). Y, sobre todo, no se recoge una línea de poesía, sino que se comentan en términos generales sus libros. En este sentido, al relato literario la falta la fuerza y el colorido del magnífico retrato al óleo de Sorolla que figura en la portada. Quizá haya habido algún problema con los derechos de autor, aunque el libro recoge en apéndice varios curiosos e interesantes retratos que el poeta de Moguer hizo de sí mismo.

Juan Luis Lorda

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