Intervenciones. Una vida en la guerra y en la paz

Taurus.

Madrid (2013).

405 págs.

23 €.

Traducción: Belén Urrutia.

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email

El ghanés Kofi Annan, secretario general de las Naciones Unidas entre 1997 y 2006, ha sido un personaje controvertido, pues le tocó vivir varias crisis internacionales y guerras, y su relación con algunos de los grandes Estados fue todo menos sencilla, en particular tras la invasión de Irak en 2003. La contradicción estaba servida desde el momento en que el secretario general abogaba por una mayor visibilidad y protagonismo de la organización universal, lo que chocaba con los intereses de los Estados miembros que, con frecuencia, suelen olvidar que el preámbulo de la Carta de la ONU está encabezada por una referencia a “Nosotros, los pueblos”, y no a los Estados.

Por otra parte, el origen africano de Annan ha influido, en su trayectoria pública, pues procede de una cultura, la de los ashanti, en la que está muy presente la negociación entre partes enfrentadas y donde existe el “árbol de la palabra”, un lugar para reunirse y hablar para buscar salidas. Pero desgraciadamente, según recuerda y ha vivido el propio autor, la evolución del África subsahariana, tras las independencias, no ha ido por ese camino y han dominado los defensores de la retórica abstracta de la unidad absoluta e incondicional de los pueblos bajo la autoridad de un Gran Hombre, que se aferraba al consabido discurso de que la culpa de todos los males la tenía el colonialismo y la ineficacia de las ayudas exteriores. Ha sido precisamente un secretario general de la ONU africano el que ha denunciado sin tapujos esta situación, algo que en otro habría supuesto acusaciones de racismo.

Con todo, el tema principal del libro se centra en las intervenciones humanitarias, en lo que tradicionalmente se conoce como operaciones de mantenimiento de la paz, pues Annan fue responsable de dichas operaciones cuando era vicesecretario general de la organización mundial. El autor pretende salir al paso de las acusaciones de pasividad hechas a la ONU por atrocidades cometidas con la población civil y una de sus principales objeciones reside en la falta de coordinación, no pocas veces deliberada, entre el Consejo de Seguridad, el secretario general y los Estados participantes en las misiones.

Pero el quid de la cuestión reside en que si los Estados no tienen un interés directo en el país de la intervención, serán reacios a intervenir si esto le supone riesgos de bajas. De hecho, el fracaso de la intervención humanitaria de EE.UU. en Somalia en 1993, mal recibida por la opinión pública y el Congreso, contribuyó al año siguiente a la pasividad de las grandes potencias ante el genocidio de Ruanda. Sin embargo, Annan tiene muy claro que las tropas de paz han de considerarse siempre autorizadas para defender a la población civil y nunca han de mantenerse al margen. Expone además sus reflexiones sobre el derecho de protección, que no debe ser un pretexto para hacer la guerra, y considera acertadamente que las tareas de protección serán siempre secundarias en un conflicto y no pueden aspirar a modificar el equilibrio de fuerzas. Por tanto, la resolución del conflicto corresponderá a los bandos enfrentados por medio de negociaciones, que habrán de incluir, si es preciso, a gobernantes de la misma catadura que un Sadam Hussein o un Gadafi, con los que el Annan tuvo que entrevistarse.

Es loable el propósito del autor de dar primacía al individuo y a la sociedad civil en el mundo actual y recuerda que la ONU nació fundamentada en ideales de justicia, pero los Estados ponen el acento en el poder. Esto lleva en la práctica a dar prioridad al principio de la soberanía estatal sobre el respeto de los derechos humanos, y en este sentido no apreciamos muchas diferencias entre las potencias tradicionales y las emergentes. Quizás los que puedan contribuir a cambiar el mundo son los individuos, con mayor educación y aspiraciones de libertad, y no tanto las organizaciones internacionales, que no son entes diferentes de los Estados que las componen.

newsletter
cabecera_aceprensa

Reciba semanalmente por correo electrónico nuestros titulares