Historia del impresionismo

Histoire de l'impressionnisme

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Seix Barral. Barcelona (1994). 540 págs. 2.600 ptas.

Bien dice el título: Historia del impresionismo, no de los impresionistas ni de sus correspondientes aportaciones. Lo que Rewald propone es considerar esta escuela como grupo relativamente homogéneo y como movimiento con un discurso propio a lo largo de los años 1860 a 1890.

Los impresionistas provocaron la ruptura del (relativo) consenso estético dominante todavía en el momento de su aparición (Ingres era la máxima autoridad en el París de los años 50, mientras Delacroix permanecía en el ostracismo) y propusieron la quiebra de una tradición cuya unicidad se pretendía precisamente conculcar. Lo que Monet, Pissarro y compañía descubrieron, reclamaron y prolongaron fue la existencia de “otra” tradición visible en artistas tan conocidos como Rembrandt, Hal, Velázquez o Turner, así como en otros más ignorados (Jongkind, Corot, Daubigny, Courbet, etc.). En contra de la preceptiva neoclásica aún vigente en los talleres donde se fraguó la formación de algunos impresionistas, se defendía la preeminencia de la naturaleza, de su observación directa, de la captación de los efectos de la luz en un instante y la consiguiente atrofia del dibujo, en beneficio del propio color, la técnica au plein air, la agilidad de la pincelada, el interés por las japonneries, la escasa composición y la aplicación de los descubrimientos de Chevreul.

Seurat, con su pretensión de cientifismo, restauraría la primacía del taller. Y las divergencias se sucederían: Degas rechazaba la “sola impresión”; Pissarro se veía atraído por el puntillismo; también Van Gogh durante algún tiempo, para pasar después a su expresionismo trágico de Arlés y Auvers-sur-Oise; Cézanne acabaría centrando su interés precisamente en la composición y la construcción volumétrica de las figuras, y Whistler se alejaría de la “ortodoxia” impresionista ya desde la segunda exposición del “Salon des Indépendants”.

La historia del grupo, sin embargo, había supuesto una notable aceleración en la marcha de la pintura, la revelación de una crisis y la consiguiente proliferación de propuestas. El camino fue, no obstante, largo y difícil. En esta documentada narración, Rewald muestra incluso los problemas más cotidianos -conyugales, sociales y, sobre todo, económicos- a los que tuvieron que enfrentarse aquellos pintores durante su prolongada lucha con el Salón Oficial. Parece que valió la pena.

Gabriel Insausti

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