Publica el autor, Ignacio Eufemio Caballero, su segundo poemario, tras la buena acogida que obtuvo Siempre promete amanecer, dedicado al impacto sentimental que le provocó la muerte de su abuelo. En Hijos del polvo no existe un motivo concreto ni específico que sea el motor del libro, sino que el autor muestra en clave poética las estaciones de un esforzado peregrinaje personal y espiritual.
En la parte final del poemario, hay un breve texto en prosa que lleva por título “Reflexión del autor” y que contiene algunas declaraciones interesantes. Por ejemplo, como se refleja en la primera parte del libro, la importancia de varios viajes realizados por el autor al norte de Europa, a Escocia y a Japón, que supusieron fuertes aldabonazos para su formación como poeta y para su anclaje espiritual. También la lectura de otros poetas universales, que le abrieron las puertas a sensaciones e intuiciones que el autor descubre en su interior. Y la influencia de lo mejor de la poesía española.
Todo esto, más el entronque en su propia cultura, historia y realidad, le proporcionan los ingredientes necesarios para convertir su peregrinaje poético en un camino hacia el encuentro con la verdad y con la fe, no sin antes atravesar “páramos de ceniza” y superar crisis y heridas que hacen mella en el “pobre caminante de polvo” que tiene un purgatorio en su corazón.
El que se autodenomina “penitente de mi propia hondura”, superando naufragios, alentado por “un jardín de plegarias” que le ayudan a ilustrarse, cruza umbrales, realiza un dolorido éxodo y termina por encontrar el amor “que vence a la muerte”.
“En estas páginas –escribe en la reflexión final el autor– he querido ir a las profundidades del tiempo y del alma”. Y lo hace recurriendo a un estilo propio, con imágenes exuberantes y épicas, con sentimientos heroicos y caballerescos, con ritmos de cantares antiguos que remiten a la poesía de Tolkien, uno de los escritores favoritos del autor, a canciones nórdicas antiguas, poesías celtas y gaélicas, y a intuiciones impactantes que proceden de un imaginario japonés.
Es este estilo, profundo, fragmentado, simbólico, en ocasiones oscuro, lo más significativo de Hijos del polvo. Eso sí, a veces recarga de manera innecesaria algunos versos con imágenes excesivamente rebuscadas, como cuando escribe “llamaré al umbral níveo de la casa del alba cóncava”. Hay más ejemplos de este recargamiento, que frena en ocasiones la naturalidad expresiva.
Poemario que hay que leer dejándose llevar por el ritmo impetuoso y por unas imágenes que evocan, con palabras nuevas y expresiones insólitas, otros mundos. Caballero tiene claro el principio de todo, y también su anhelado final.