Guerreros. Reflexiones del hombre en la batalla

TÍTULO ORIGINALThe Warriors. Reflections on Men in Battle

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Inédita Editores. Barcelona (2004). 254 págs. 21 €. Traducción: Mónica Garrido.

J. Glenn Gray, un doctor en filosofía norteamericano que fue soldado durante la Segunda Guerra Mundial, publicó en 1960 estas reflexiones sobre el comportamiento del guerrero en la batalla. Incluyen numerosas referencias a sus diarios y cartas, escritos durante su combate en Europa, y también un conjunto de consideraciones sobre la guerra en la literatura. Un prólogo de Hannah Arendt, de 1969, destaca la originalidad de este libro, que sin grandes lanzamientos ha encontrado un público lector a lo largo de los años.

Gray se pregunta por qué nos fascina la guerra y afirma que el ser humano encuentra en ella tres atractivos: ver acontecimientos singulares, experimentar la camaradería y el placer de destruir. Los dos primeros adquieren tintes peculiares en la guerra: en particular el segundo, pues raramente, aparte de en la guerra, puede sentirse la grandeza del sacrificio por los amigos y de los amigos por uno. El tercer placer es casi exclusivo de la guerra, y es una perversión que deriva de la lucha por la defensa propia hasta el deseo de destruir.

Gray presenta un panorama sincero de la debilidad humana: para él, es raro que un soldado se convierta totalmente en un desalmado, ya que los momentos que favorecen la locura destructiva en una guerra son limitados. Por otra parte, la guerra moderna, alejando cada vez más a los enemigos gracias a la técnica, facilita que el sujeto de la destrucción no perciba lo que está realmente haciendo, e incluso sienta cierto placer estético cuando lo que está haciendo es matar. Para Gray, es muy difícil que, en la práctica, un soldado se libre de cometer injusticias -él mismo reconoce haberlas hecho-, ya que en los momentos de tensión es demasiado fácil pasar la línea que separa la defensa propia y colectiva de la pura destrucción del otro.

Hay puntos discutibles en las reflexiones de Gray, como su justificación de determinadas aventuras amorosas para suplir la falta de cariño que encuentra el soldado, o su identificación del soldado-cruzado con la actitud de Eisenhower, poco caballerosa respecto a sus enemigos. Su inquietud fundamental es, sin embargo, cómo evitar futuras guerras, y su respuesta es correcta: el afán de destruir es algo que, desgraciadamente, todos llevamos dentro, y nunca encontraremos un antídoto contra las guerras. Lo más que podemos hacer es fomentar el sentido de la justicia, para ayudar a los soldados a no dejarse llevar por la furia destructiva. La virtud sólo puede basarse en la fe en Dios, que está por encima de la débil voluntad humana, sea ésta individual o colectiva, pues también es frecuente en la guerra la furia colectiva.

Santiago Mata