Gregorio Marañón

Mariano Gómez-Santos

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Plaza & Janés. Barcelona (2001). 553 págs. 20,13 €.

Se habla de una transición política española y la palabra parece justa porque, al menos para el ciudadano de a pie, sucedió de manera gradual y sin traumas. En cambio, es difícil hablar de una transición cultural. Más bien resulta un hiato. Quizá porque las expresiones de la cultura son más volátiles y dependen mucho de las líneas editoriales de la prensa diaria. El hecho es que los nombres de Ortega, Azorín, Menéndez Pidal, Unamuno, Madariaga, Cajal o, por decirlo de un golpe, el panteón cultural español del siglo XX, con la rápida evolución del último cuarto del siglo, parece haberse quedado al otro lado de la brecha y sin continuidad. Ni los que permanecieron, ni los que se fueron, ni los que volvieron, ni los recuperados han sobrevivido bien. Es como si se hubiera perdido la memoria y preferido empezar de nuevo.

De aquel panteón distanciado, Gregorio Marañón (1887-1960) es una de las figuras que merecen ser rescatadas. Médico áulico, investigador precoz, humanista y biógrafo de gran éxito, conferenciante y académico. Tomó en su día el pulso a la España real y oficial. Y por su cigarral de Toledo pasó lo más notable del momento, desde el general De Gaulle al premio Nobel Fleming. Pupilo y amigo de Galdós y Menéndez Pelayo, confidente de Unamuno, de Azorín, de Cajal y Pérez de Ayala, íntimo de Zuloaga y Juan Belmonte. Su prosa inteligente enriquece, aunque algún acento retórico pueda resultar desfasado. Sus estudios biográficos mantienen su fuerza. Y, sobre todo, son dignos de admiración su sentido de las cosas públicas, su talante, su cultura y su inmenso espíritu de trabajo: “Descansar es empezar a morir”, decía. Su mundo era, en términos sociológicos y demográficos, más pequeño que el nuestro (se conocían todos). Pero esa rica trama de relaciones también debía mucho a su espíritu abierto y a su sentido de la amistad.

Marino Gómez Santos, que lo frecuentó en sus últimos años, compuso en su día un libro de conversaciones (1958). Y en 1971 publicó una biografía, de la que ésta es heredera y deudora. Se ha simplificado la trama y añadido retazos vivos de su correspondencia.

En conjunto, sobre un fondo histórico levemente esbozado, se recogen en el libro anécdotas biográficas y circunstanciales, aunque siempre todas ellas reveladoras de una gran personalidad. El contexto pasó, pero el talante liberal en el sentido humanístico de esta venerable palabra sigue siendo necesario para puentear las trincheras culturales y al mismo tiempo enriquecer la vida social.

Juan Luis Lorda