Filosofía del medio ambiente

TÍTULO ORIGINALEnvironmental Philosophy

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Tecnos. Madrid (2005). 453 págs. 30 €. Traducción: Inés Gutiérrez González y Amalia Vijande Martínez.

El principal valor de “Filosofía del medio ambiente” es poner de relieve y argumentar de forma persuasiva que las actuaciones decisivas en materia ecológica son de naturaleza ética. La ecología es una ciencia que puede proponer determinadas soluciones, pero la adopción de las mejores medidas no es algo que dependa en definitiva ni de la política ni de la dinámica del mercado. Si se dejan las mejores soluciones ecológicas al juego de los partidos o al juego del mercado, casi nunca se llevarán a cabo.

Amplios capítulos sobre “Problemas”, “Causas”, “Soluciones: las urnas y el mercado”, “Soluciones. Teoría moral”, “Animales”, “Vida” (se refiere a la de las plantas), “Ríos, especies y Tierra”, “Ecología profunda”, “Valor”, “Belleza” y “Seres humanos” permiten enumerar la casi totalidad de las cuestiones ecológicas que se han planteado hasta hoy. En ese sentido se trata de una obra muy valiosa.

Otra cosa son las soluciones. Si se trata de una cuestión ética se trata sobre el bien. Pero, ¿cómo se llega a definir el bien propio que una ética del medio ambiente debería intentar realizar? Para ese punto, esencial y básico, en este libro no hay suficientes respuestas claras.

El autor recurre a un método antiguo -sin ir más lejos, el de la escolástica medieval, por no remontarnos a Sócrates-: hacer una afirmación y, a continuación, proponer serias objeciones a su validez. “Sic et non”, así y no así. Pero este método es bueno si luego es posible una respuesta que, haciéndose cargo de las objeciones, replantee la tesis. Aquí casi todo queda en el aire. Y es que hay una tradición de miedo a la seguridad, a la certeza.

Una cosa es que la ciencia esté en continuo progreso y otra es no atreverse a afirmar algo con garantías de verdad. La cosa se agrava en una materia -la medioambiental- en la que abundan los procesos irreversibles si no se actúa a tiempo.

Una prueba de todo esto es el resumen del capítulo final sobre los “seres humanos”. Dice Belshaw: “Una [cuestión] versa sobre si los seres humanos son en sí mismos algo bueno. He optado por una posición intermedia. Aunque no hay buenas razones para pensar que las personas son valiosas sin importar cómo sean o lo que hagan, tampoco las hay para pensar que nuestros efectos nocivos sobre el medio ambiente son tan pronunciados, o están tan poco mitigados por lo bueno, como para que fuera mejor que dejáramos de existir”. Aparte de lo insólito del planteamiento, ¿no es mejor afirmar con claridad la obligación ética de aumentar la cuota de bien en el cuidado del medio ambiente hagan lo que hagan algunos?

El planteamiento de Belshaw está lastrado por el empirismo: se observa la variedad de experiencias y se trata de encontrar una especie de media.

La ética es otra cosa: se propone el bien propio de cada acción y se apela a la libertad para que lo realice. Y mucha gente lo hace, compensando con el bien el mal que también se da. Este enfoque es más favorable al medio ambiente y es el que intuitivamente la mayoría pone en práctica.

Rafael Gómez Pérez