Ensayos sobre música, teatro y literatura

Thomas Mann

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Alba. Barcelona (2002). 332 páginas. 19 €. Selección y traducción: Genoveva Dieterich.

La ensayística de Thomas Mann ha sido durante años una asignatura pendiente de la edición española. Laguna tanto más difícil de excusar cuanto que Mann es un gran novelista de ideas. En 1998 Plaza & Janés (Obras completas, tomo 3) impulsó una recopilación de ensayos mannianos caracterizados por la desafortunada traducción. De entonces para acá, el lector de habla española apenas ha podido resarcirse, con tomitos como el Schopenhauer, Nietzsche, Freud.

Por todo ello, la publicación de esta miscelánea, a cargo de Alba, resulta oportuna y reparadora. He aquí doce trabajos escritos entre 1929 y 1955 y que, por su variedad de temas y enfoques, dan una idea bastante cumplida de la pluralidad de intereses del autor. Desconocemos qué criterios ha seguido la antóloga y traductora al elegir estos textos y no otros. La edición, con ser literariamente correcta, adolece de falta de notas y de una presentación que concatene los distintos ensayos. Los dos cortísimos dedicados a Strindberg y Zola no aportan nada al conjunto.

Se percibe pronto una nota común a la mayoría de piezas: Mann entra en diálogo póstumo con otros creadores, sean éstos de su esfera congenial, la alemana (Wagner, Goethe, Schiller, Fontane), o de otros ámbitos radicalmente diferentes (Cervantes, Dostoievski, Tolstoi, Chejov). Mann parte de un a priori emotivo (la admiración, estado que considera el más noble del ser humano), y, llevado de este fervor, prueba a desentrañar la esencia del genio de cada una de estas figuras.

A diferencia de un Stefan Zweig, que se extasía ante la intrepidez vital de los grandes hombres, Mann sondea sobre todo el misterio de su arte, interrogándose sobre los enigmáticos procesos que hacen que un Goethe con poco más de veinte años alumbre Werther o que un Fontane a los setenta y tantos geste Efie Briest. Afloran aquí cuestiones significativas para el autor. Por ejemplo: hasta qué punto la obra de arte es fruto de la laboriosidad y el combate (“el genio es una larga paciencia”, decía Balzac) o es más bien el producto de un estado de gracia, de un regalo de los dioses (y aquí el invocado es Goethe, quien aristocráticamente afirmaba: “Hay que ser algo para hacer algo”).

Mann suscita también la interesante cuestión de cómo el artista llega a verse desbordado por la autonomía interna de sus creaciones, que en su pujanza y expansividad imponen a su depositario metas mucho más insospechadas y vastas. Mann, en fin, al hilo de Dostoievski o Nietzsche, se pregunta si para que ciertas conquistas del alma sean posibles, no será necesaria la aparición ocasional de enfermos geniales que paguen con su salud y su cordura el descubrimiento de nuevas regiones espirituales.

Ensayos sobre música, teatro y literatura tiene en definitiva enjundia y una unidad de tono, que viene puntuada por la eterna interrogación manniana sobre el artista y su pacto fáustico.

Marta Onandía

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